La Academia Mexicana de la Lengua, correspondiente de la Española



Con la instauración de la corte borbónica en España, al principiar el siglo XVIII, se establecieron en este país muchas instituciones a imitación de las que había en Francia. La Academia Española fundada a semejanza de la francesa, establecida a instancias del cardenal Richelieu en 1635, tuvo los mismos fines.

La primera reunión de la Real Academia Española se efectuó en 1713 y su primer director fue Juan Manuel Fernández Pacheco, marqués de Villena y duque de Escalona. Con el lema “Limpia, fija y da esplendor” la corporación se propuso legislar en cuestiones de lenguaje dentro de la tradición del clasicismo de los Siglos de Oro. Para realizar su propósito publicó el Diccionario de autoridades, entre 1726 y 1739, que contiene citas de autores de los siglos XVI y XVII. Más tarde publicó la ortografía y la gramática castellanas, así como el Diccionario de la lengua, cuya finalidad era también la de fijar la lengua.

Un siglo después, en noviembre de 1870, el director de la Real Academia, don Mariano Roca de Togores, marqués de Molins, y otros académicos pensaron establecer en América academias que cooperaran en la realización del mismo fin. Los sitios escogidos para estos centros fueron: Colombia, Venezuela, Ecuador, San Salvador, Perú, Bolivia, Chile, Argentina y México.

La instalación de la Academia en México se retrasó algún tiempo, por causas políticas. La fecha que puede señalarse como punto de partida de sus actividades es el 13 de abril de 1875. Memorias de la Academia Mexicana, Correspondiente de la Española, México, Imp. SEP, 1945, t. VII. Integraron el primer grupo de académicos Sebastián Lerdo de Tejada, entonces presidente de la república; Juan Bautista Ormaechea, obispo de Tulancingo; José María Bassoco, Alejandro Arango y Escandón, Casimiro del Collado, Manuel Moreno y Jove, Joaquín Cardoso, José Fernando Ramírez, Joaquín García Icazbalceta y José Sebastián Segura.

La primera junta directiva la formaron Bassoco como presidente y García Icazbalceta como secretario, pero más tarde, cuando llegó el documento creador de la academia, la directiva quedó legalmente integrada por José María Bassoco como director, Alejandro Arango y Escandón como bibliotecario, Manuel Peredo como censor, José María Roa Bárcena como tesorero y Joaquín García Icazbalceta como secretario.

En 1877 se nombraron nuevos académicos, entre ellos Francisco de P. Guzmán, Ignacio Montes de Oca, Melesio de Jesús Vázquez y don Anselmo de la Portilla, que sustituyó a Bassoco cuando éste murió, y quien a su vez fue sustituido por Ignacio Aguilar y Marocho en 1880. Más tarde, Ramón Isaac Alcaraz tomó el lugar de Joaquín Cardoso.

El primer miembro honorario de la academia fue Alfonso Herrera. Siguiéronle los colombianos Miguel Antonio Caro y Rufino José Cuervo, autor de las Apuntaciones sobre el lenguaje bogotano.

Para la mejor organización de la Academia de la Lengua y con el fin de aumentar su radio de acción, ésta nombró corresponsales en algunos lugares de la república. Estos nombramientos recayeron en los escritores José López Portillo y Rojas, en Jalisco; Manuel José Othón, en San Luis Potosí; monseñor Joaquín Arcadio Pagaza, en Tenango del Valle; Andomaro Molina, en Yucatán; José M. Oliver y Cázares, en Campeche; Silvestre Moreno Cora, en Orizaba, Veracruz; Rafael Delgado, en Morelos y Atenógenes Silva, en Michoacán.

Poco a poco fueron ingresando nuevos académicos. En 1881 el poblano Tirso Rafael Córdoba ingresó en lugar del historiador Manuel Orozco y Berra, junto con el escritor José María Vigil, Ignacio Mariscal, Francisco del Paso y Troncoso, Alfredo Chavero, Cecilio A. Robelo, Luis Gutiérrez Otero y José María Marroquí. Francisco Sosa, Justo Sierra y Joaquín Baranda fueron admitidos en 1892. Cuatro años después fueron académicos José Peón y Contreras, Porfirio Parra y Francisco Pascual García.

La Academia de la Lengua fue dirigida durante el siglo XIX por los distinguidos académicos José María Bassoco, Alejandro Arango y Escandón, Joaquín García Icazbalceta y José María Vigil.

Las sesiones tuvieron lugar los días 6 y 16 de cada mes, en la calle de Medinas número 6, casa de Alejandro Arango y Escandón.

Los primeros trabajos que se propusieron a la academia fueron la formación de un diccionario de provincialismos y una historia literaria de México. El primero lo realizó García Icazbalceta, y aunque la corporación tuvo que renunciar a la realización del segundo, muchos de sus miembros escribieron contribuciones muy importantes para la integración de aquella historia.

Entre los trabajos de mayor mérito presentados por los académicos del siglo XIX deben citarse los de Joaquín García Icazbalceta en su Bibliografía mexicana del siglo XVI; de Francisco Pimentel en sus numerosos capítulos dedicados a la Historia crítica de la literatura y de las ciencias en México; de Rafael Ángel de la Peña con sus Estudios críticos; de José María Roa Bárcena con su Historia de la invasión norteamericana; de Manuel Orozco y Berra en la Historia de la conquista de México; las traducciones del latín realizadas por especialistas como el obispo Montes de Oca y José María Vigil, que tradujeron a Píndaro y Juvenal, respectivamente. También gozaron de singular prestigio los Cuentos coloniales de don Artemio del Valle-Arizpe, las novelas de José López Portillo y Rojas; las poesías del obispo Joaquín Arcadio Pagaza, de Cacasús y de Manuel José Othón, que cantaron a la naturaleza. Fue también muy importante la actividad lexicográfica desarrollada por los académicos Manuel G. Revilla, Joaquín García Icazbalceta, José López Portillo y Rojas, Cecilio A. Robelo, Darío Rubio y A. Chávez. A lo anterior debe añadirse las contribuciones poéticas de José Fernández Granados, Balbino Dávalos, Luis G. Urbina, Enrique González Martínez y Rafael Delgado.

La biblioteca de la academia comenzó a formarse con la colaboración de los académicos, quienes siguiendo el ejemplo de García Icazbalceta, donaron a la corporación diversos ejemplares de sus estudios publicados.

El señor Bassoco propuso el 22 de junio de 1876 que, con el fin de “tratar de poner un dique a los barbarismos que hoy corren sobre todo en la prensa periódica, es deber de la Academia publicar un periódico con el fin de llenar aquel objeto”. Alejandro Arango y Escandón respondió que lo que debía hacerse era formar las Memorias con los trabajos de los académicos.

Una vez aprobado lo propuesto por Arango y Escandón apareció el primer tomo de las Memorias formado por cuatro cuadernos, el último de los cuales se publicó en 1878. De 1880 a 1884 se formó el segundo tomo, entre 1886 y 1891 el tercero. Publicóse el cuarto con las contribuciones de los años de 1895 a 1899.

En esos cuatro volúmenes colaboraron asiduamente José María Bassoco, Joaquín García Icazbalceta, Rafael Ángel de la Peña, José María Roa Bárcena, Casimiro del Collado, Alejandro Arango y Escandón, Bernardo Couto, el obispo Ignacio Montes de Oca, José María Vigil, el obispo Joaquín Arcadio Pagaza, Alfredo Chavero, Joaquín Baranda, Silvestre Moreno Cora, el señor Labastida, Luis Gutiérrez Otero, Francisco Sosa e Ignacio Mariscal.

A la muerte del insigne historiador Joaquín García Icazbalceta en 1894, la academia organizó una velada en el paraninfo de la Universidad, a la cual asistieron el presidente de la república don Porfirio Díaz, sus ministros, el cuerpo diplomático, senadores y diputados. En ella tomaron parte don Justo Sierra, el obispo Montes de Oca, Casimiro del Collado, Luis Gutiérrez Otero y Rafael Ángel de la Peña, secretario perpetuo de la academia.

Si consideramos detenidamente la labor emprendida por la Academia Mexicana de la Lengua Correspondiente de la Española, podemos advertir que el solo hecho de haberse establecido en México es ya un reconocimiento cultural por parte de España, del que México debe enorgullecerse, pues este pueblo lo conquistó en unos cuantos años de Independencia. Desde luego sus actividades son importantísimas: empieza por mantener la lengua en toda su pureza (recordemos al respecto la anarquía que reinó en cuestiones relativas al lenguaje después de la Independencia, y que dio lugar a la fundación de la Academia de la Lengua establecida en 1835 para corregir estos vicios). Los barbarismos estaban a la orden del día, la inestabilidad política del país se reflejaba hasta en el habla y la escritura, aun las publicaciones de cierta categoría incurrían en graves defectos lingüísticos. Por esta razón la misión principal de la academia, y ésta así lo consideró, fue frenar esa corrupción en el lenguaje para encauzarlo por las más puras formas castellanas, cosa que había de lograr gracias a los incansables esfuerzos de sus miembros, que redactaron libros de texto para las escuelas de las cuales salieron jóvenes que hablaron y escribieron correctamente su lengua.

La supervivencia y engrandecimiento de la academia hasta nuestros días es la prueba más evidente de la capacidad intelectual seleccionada de sus miembros al servicio de la lengua y de las letras de nuestra patria.



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Grupo
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