Rafael Delgado


Nació en Córdoba, Veracruz, en 1853 y murió en Veracruz, Veracruz, en 1914. Novelista, cuentista, poeta y dramaturgo. Profesor de lengua castellana en Xalapa. Rector del Colegio Preparatorio de Orizaba. Director general de educación de Jalisco. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua.


Notas: Rafael Delgado fue un escritor realista, el mejor en su época.

Última actualización: 27 de junio de 2014 a las 08:54

Escritor de pulcra pluma, colorista y poético, el veracruzano Rafael Delgado (teatro, poesía, crítica y perspectiva) queda retratado de cuerpo entero en sus novelas de sencillo encanto descriptivo y trama elemental: La Calandria, Angelina, Los parientes ricos, Historia vulgar, La apostasía del padre Arteaga, acaso sean miniaturas en que valen más los pormenores que los conjuntos. 

Última actualización: 27 de junio de 2014 a las 09:05

Verdad innegable, cuyas causas dejo que investiguen quienes tengan tiempo y vagar suficientes para ello, es que mientras nuestra poesía se ha consagrado a revolver Roma con Santiago, luciendo por toda gala el decir en lenguaje sibilino, razones destiladas por alquitara, la novela ha medrado grandemente, y en pocos años puede presentar ya modelos que compiten con lo mejor del género en cualquier país.

Iniciaron ese movimiento verdaderamente fecundo y duradero, las obras de Sancho Polo, preciosos estudios que sucedían a las caricaturas de Facundo y a los romanticismos de Castillo, Orozco y Berra y Díaz Covarrubias; siguiéronlas los cuadros de Micrós, el pintor que mejor ha sorprendido en las escenas de la tierra, la luz y el espacio, la línea y el colorido; y como efecto de mágica evocación aparecieron Rivera, Alba, Leduc, Tablada y Puga y Acal. ¿Qué más? Los mismos que en verso hacen o aplauden las mayores demasías, cuando se calzan el sueco vulgar llegan a realizar tales aciertos que todo el mundo se pregunta sorprendido cómo es posible que quien acaba de encontrar algo personal, íntimo y vibrante, se despeñe a poco andar por el abismo de la afectación y del mal gusto.

Amado Nervo, que en su Bachiller nos pintó escenas dignas de la pluma de Ferdinand Fabre, en sus Místicas acertó, por excepción, con una nota honda y potente; Olaguíbel, poeta de verdad, lo es más en su novelita Pobre bebé que en algunas rimas de su Oro y negro, muestra de estilo voulu y amanerado; Ceballos, a quien nadie puede negar la posesión de un léxico rico y elegante y de un estilo propio, y Couto con sus tremendas y desarregladas imaginaciones, tienen en sus premiosas y trabajadas obras más de un cuadro que refleja la vida y la verdad.

No parece sino que el verso es como los dones diabólicos, que trastornan y enloquecen a quien pretende poseerlos, y la prosa droga benéfica que sana mejor que el eléboro de tres Anticiras. Nadie se ha consercado, en verdad, más distante de ese contagio que Rafael Delgado, prosista cuyos méritos han opacado los que de poeta podía ostentar, con ser éstos múltiples e importantísimos.

Roberto de la Sizeranne comienza así un estudio reciente acerca de Puvis de Chavannes: “En una columna antigua que se guarda en Roma, se ve lo siguiente: una rama de yedra trepa desenvolviéndose, se divide en dos porciones que vuelven sobre sí mismas en la forma propia de los caduceos; y cruzándose y separándose de nuevo, sin cambiar su arabesco, se torna esa yedra en laurel, que, a su vez, ascendiendo más alto, se trueca en rama de encina. Y se sueña en una vida que, sin cambiar de rumbo ni de dirección, fuera primero fiel como la yedra, gloriosa luego como el laurel y concluyera por producir al ánimo la idea de fuerza como la encina.”

Tal es para mí el símbolo de Rafael Delgado: fiel al arte como la yedra, glorioso por el arte como el laurel, fuerte por el arte como la encina.

Cuando vimos aparecer La calandria  en las páginas del único ensayo de revista que en país se ha hecho, todos nos preguntamos quién era el advenedizo que sin antecedentes ni consecuentes pretendía lo que tantos otros no habían logrado hasta entonces: hacer una novela netamente nacional, en que la intriga fuera perfecta, en que los tipos no resultaran ni caricaturescos, ni desmayados, ni flojos, ni faltos de verdad; en que el cuerpo y el alma, la forma y el fondo estuvieran compenetrados y confundidos de manera de constituir el todo armónico que el artista desea siempre para su obra.

Y La calandria cumplió todas sus promesas, sobrepasó a todas sus esperanzas, se conquistó todas las admiraciones.

Si se me pregunta quién, de entre los artistas mexicanos, posee más claramente caracterizado lo que Nietzsche llamaba la embriaguez apolínea, esto es, la que produce la irritación del ojo otorgándole la facultad de la visión estética, contestaría que ese artista es Rafael Delgado.

Sus percepciones, lo mismo de seres que de sentimientos, tienen como distintivos la fuerza y la plenitud; su ideal artístico se manifiesta, como decía el amigo de Wagner, por una formidable expulsión de los caracteres principales del objeto, de manera que los otros rasgos del mismo desaparecen.

Poco he visto mejor, más claramente pintado que el camino de Pluviosilla a Xochiapan, que el panorama de Villaverde, que la cena de Noche Buena relatada en Angelina, y sobre todo, que ese espléndido patio de San Cristóbal, proveniente del en que Monipodio imperaba, del mesón del Sevillano o de las almadrabas del Zahara, “finibusterre de la picaresca”.

¡Y los personajes! Oh, los personajes se atropellan y saltan por salir y mostrarse al espejo del entendimiento, todos exactos, todos completos, todos con encantador y sin igual relieve. Malenita pasea de bracero con Muérdago; Arturito aparece puliendo espinelas chirles; Jurado escribe petrinismos y paulinismos; Linilla cultiva sus flores; y Lolita y Alberto Rosas, y Tacho y Enrique y Rodolfo viven en nostros, les vemos diariamente, son carne de nuestra carne y huesos de nuestros huesos. Y es que Delgado, a semejanza del prosista Melo, ha deseado mostrar los ánimos, no los vestidos de seda, lana o pieles.

Algunas veces es triste, ya que “no hay modo de referir tragedias sino con términos graves”, y que “es condición de las llagas no dejarse manejar sino con dolor y con sangre”; pero esto pasa pocas veces y el poeta vuelve luego a su apreciación suave y honrada del mundo. Ni aun para Rosas, el seductor, tiene censuras acres ni calificativos destemplados; casi podría creerse que le absuelve, que le explica como producto del medio, de la inercia de los individuos de su clase, de la admiración que produce el dinero en pueblos tan jóvenes como el nuestro. A don Eduardo le retrata en cuatro pinceladas maestras, como el prototipo de los burgueses indígenas que, como dice Carlyle, respetan más que nada el bolsillo, esa glándula pineal de la existencia común; y que, como los gatos de fábula,  juzgan caso de conciencia el comerse el asador cuando han devorado ya el pollo. Dibujó con verdadero cariño, con paciencia de pintor flamenco, al licenciado Castro Pérez, picapleitos, pedantón, cerebro lleno de Labyrintus creditorum, de Conde de la Cañada y de Solórzano, y vacío de seso y de buen sentido, y al lado suyo puso a sus hijas dos solteronas malas, pero no pervertidas, deseosas de casorio, pero no de infamia.

El gran mérito de Delgado estriba para mí en haber descrito admirablemente la vida de las poblaciones cortas con sus chismes, sus rivalidades, sus fiestas y sus tristezas. Yo encuentro a Villaverde (perdóneme Galdós) más cierta que a Orbajosa, más llena de tinte de realidad que ella, porque Orbajosa es la población española de corto vecindario, y Villafuerte es un lugarcillo mexicano que el autor conoce y en que de seguro ha vivido.

Al hablar de un escritor de la talla de Delgado, diserto observador, insigne analista, hábil y entendido psicólogo, no se puede pasar por alto su estilo limpio, terso, elegante, tan lejano de los primores de ciertos hablistas que se quiebran de sutiles, como del descuido de otros que pasan de llanos a pedestres y que se venden por artistas de ley.

Delgado, que por fortuna no se cuenta en el número de los que creen estudiar español en francés sea procedimiento digno de loa, y que se niegan a conocer y saborear a los grandes autores peninsulares so pretexto de que los clásicos habent virtutem dormitativam y que los modernos no están de moda en París, maneja incesantemente y amorosamente los libros de sus escritores favoritos, los maestros del idioma. A él podría, en otro sentido, aplicarse aquella comparación del poeta Chénier que Menéndez Pelayo toma para Fray Luis: como la espartana, que junto al lecho en que se hallaba próxima al parto veía las más hermosas y acabadas imágenes de dioses para apacentar su vista en ellas y hacer que de su vientre salieran frutos que emularan los dechados de belleza y fuerza antiguas, Delgado tiene siempre a la vista y en el oído aquellas cláusulas tan sonoras y tan artísticas, tan armoniosas y tan ricas de color.

Así es como se ha adueñado ese estilo brioso y suave, lleno de fuerza y de gracia, elegante y cercano a la prosa ideal, pues con dificultad se concibe cómo se puede dar idea de los objetos con menos palabras y cómo esas palabras estuvieran mejor colocadas.

Literatos como Delgado sí pueden sacar de la cantera de nuestra idiosincrasia, de nuestras costumbre y de nuestro medio social, lo artístico, lo espontáneo y lo propio.

Y si la juventud quiere un modelo que seguir, que busque al ingenio cuya vida es fiel como la yedra, gloriosa como el laurel y fuerte como la encina.

Victoriano Salado Álvarez

Última actualización: 06 de septiembre de 2013 a las 16:02

Ficha de diccionario de

Verdad innegable, cuyas causas dejo que investiguen a quienes tengan tiempo y vagar suficientes para ello, es que mientras nuestra poesía se ha consagrado a revolver Roma con Santiago, luciendo por toda gala el decir en lenguaje sibilino, razones destiladas por alquitara, la novela ha medrado grandemente, y en pocos años puede presentar ya modelos que compiten con lo mejor del género en cualquier país.

Iniciaron ese movimiento verdaderamente fecundo y duradero, las obras de Sancho Polo, preciosos estudios que sucedían a las caricaturas de Facundo y a los romanticismos de Castillo, Orozco y Berra y Díaz Covarrubias; siguiéronlas los cuadros de Micrós, el pintor que mejor ha sorprendido en las escenas de la tierra, la luz y el espacio, la línea y el colorido; y como efecto de mágica evocación aparecieron Rivera, Alba, Leduc, Tablada y Puga y Acal. ¿Qué más? Los mismos que en verso hacen o aplauden las mayores demasías, cuando se calzan el sueco vulgar llegan a realizar tales aciertos, que todo el mundo se pregunta sorprendido cómo es posible que quien acaba de encontrar algo personal, íntimo y vibrante, se despeñe a poco andar por el abismo de la afectación y del mal gusto.

Amado Nervo, que en su Bachiller nos pintó escenas dignas de la pluma de Ferdinand Fabre, en sus Místicas acertó, por excepción, con una nota honda y potente; Olaguíbel, poeta de verdad, lo es más en su novelita Pobre bebé que en algunas rimas de su Oro y negro, muestra de estilo voulu y amanerado; Ceballos, a quien nadie puede negar la posesión de un léxico rico y elegante y de un estilo propio, y Couto, con sus tremendas y desarregladas imaginaciones, tienen en sus premiosas y trabajadas obras más de un cuadro que refleja la vida y la verdad.

No parece sino que el verso es como los dones diabólicos, que trastornan y enloquecen a quien pretende poseerlos, y la prosa, droga benéfica que sana mejor que el eléboro de tres Anticiras. Nadie se ha conservado, en verdad, más distante de ese contagio que Rafael Delgado, prosista cuyos méritos han opacado los que de poeta podía ostentar, con ser éstos múltiples e importantísimos.


Roberto de la Sizeranne comienza así un estudio reciente acerca de Puvis de Chavannes: “En una columna antigua que se guarda en Roma, se ve lo siguiente: una rama de yedra trepa desenvolviéndose, se divide en dos porciones que vuelven sobre sí mismas en la forma propia de los caduceos; y cruzándose y separándose de nuevo, sin cambiar su arabesco, se torna esa yedra en laurel, que, a su vez, ascendiendo más alto, se trueca en rama de encina. Y se sueña en una vida que, sin cambiar de rumbo ni de dirección, fuera primero fiel como la yedra, gloriosa luego como el laurel y concluyera por producir al ánimo la idea de fuerza como la encina.”

Tal es para mí el símbolo de Rafael Delgado: fiel al arte como la yedra, glorioso por el arte como el laurel, fuerte por el arte como la encina.

Cuando vimos aparecer La calandria en las páginas del único ensayo de revista que en país se ha hecho, todos nos preguntamos quién era el advenedizo que sin antecedentes ni consecuentes pretendía lo que tantos otros no habían logrado hasta entonces: hacer una novela netamente nacional, en que la intriga fuera perfecta, en que los tipos no resultaran ni caricaturescos, ni desmayados, ni flojos, ni faltos de verdad; en que el cuerpo y el alma, la forma y el fondo estuvieran compenetrados y confundidos de manera de constituir el todo armónico que el artista desea siempre para su obra.

Y La calandria cumplió todas sus promesas, sobrepasó a todas sus esperanzas, se conquistó todas las admiraciones.


Si se me preguntara quién, de entre los artistas mexicanos, posee más claramente caracterizado lo que Nietzsche llamaba la embriaguez apolínea, esto es, la que produce la irritación del ojo otorgándole la facultad de la visión estética, contestaría que ese artista es Rafael Delgado.

Sus percepciones, lo mismo de seres que de sentimientos, tienen como distintivos la fuerza y la plenitud; su ideal artístico se manifiesta, como decía el amigo de Wagner, por una formidable expulsión de los caracteres principales del objeto, de manera que los otros rasgos del mismo desaparecen.

Poco he visto mejor, más claramente pintado que el camino de Pluviosilla a Xochiapan, que el panorama de Villaverde, que la cena de Noche Buena relatada en Angelina, y sobre todo, que ese espléndido patio de San Cristóbal, proveniente del en que Monipodio imperaba, del mesón del Sevillano o de las almadrabas del Zahara, “finibusterre de la picaresca”.

¡Y los personajes! Oh, los personajes se atropellan y saltan por salir y mostrarse al espejo del entendimiento, todos exactos, todos completos, todos con encantador y sin igual relieve. Malenita pasea de bracero con Muérdago; Arturito aparece puliendo espinelas chirles; Jurado escribe petrinismos y paulinismos; Linilla cultiva sus flores; y Lolita y Alberto Rosas, y Tacho y Enrique y Rodolfo viven en nosotros, les vemos diariamente, son carne de nuestra carne y huesos de nuestros huesos. Y es que Delgado, a semejanza del prosista Melo, ha deseado mostrar los ánimos, no los vestidos de seda, lana o pieles.

Algunas veces es triste, ya que “no hay modo de referir tragedias sino con términos graves”, y que “es condición de las llagas no dejarse manejar sino con dolor y con sangre”; pero esto pasa pocas veces y el poeta vuelve luego a su apreciación suave y honrada del mundo. Ni aun para Rosas, el seductor, tiene censuras acres ni calificativos destemplados; casi podría creerse que le absuelve, que le explica como producto del medio, de la inercia de los individuos de su clase, de la admiración que produce el dinero en pueblos tan jóvenes como el nuestro. A don Eduardo le retrata en cuatro pinceladas maestras, como el prototipo de los burgueses indígenas que, como dice Carlyle, respetan más que nada el bolsillo, esa glándula pineal de la existencia común; y que, como los gatos de fábula, juzgan caso de conciencia el comerse el asador cuando han devorado ya el pollo. Dibujó con verdadero cariño, con paciencia de pintor flamenco, al licenciado Castro Pérez, picapleitos, pedantón, cerebro lleno de Labyrintus creditorum, de Conde de la Cañada y de Solórzano, y vacío de seso y de buen sentido, y al lado suyo puso a sus hijas, dos solteronas malas, pero no pervertidas, deseosas de casorio, pero no de infamia.

El gran mérito de Delgado estriba para mí en haber descrito admirablemente la vida de las poblaciones cortas con sus chismes, sus rivalidades, sus fiestas y sus tristezas. Yo encuentro a Villaverde (perdóneme Galdós) más cierta que a Orbajosa, más llena de tinte de realidad que ella, porque Orbajosa es la población española de corto vecindario, y Villaverde es un lugarcillo mexicano que el autor conoce y en que de seguro ha vivido.

Al hablar de un escritor de la talla de Delgado, diserto observador, insigne analista, hábil y entendido psicólogo, no se puede pasar por alto su estilo limpio, terso, elegante, tan lejano de los primores de ciertos hablistas que se quiebran de sutiles, como del descuido de otros que pasan de llanos a pedestres y que se venden por artistas de ley.

Delgado, que por fortuna no se cuenta en el número de los que creen que estudiar español en francés sea procedimiento digno de loa, y que se niegan a conocer y saborear a los grandes autores peninsulares so pretexto de que los clásicos habent virtutem dormitativam y que los modernos no están de moda en París, maneja incesantemente y amorosamente los libros de sus escritores favoritos, los maestros del idioma. A él podría, en otro sentido, aplicarse aquella comparación del poeta Chénier que Menéndez Pelayo toma para Fray Luis: como la espartana, que junto al lecho en que se hallaba próxima al parto veía las más hermosas y acabadas imágenes de dioses para apacentar su vista en ellas y hacer que de su vientre salieran frutos que emularan los dechados de belleza y fuerza antiguas, Delgado tiene siempre a la vista y en el oído aquellas cláusulas tan sonoras y tan artísticas, tan armoniosas y tan ricas de color.

Así es como se ha adueñado de ese estilo brioso y suave, lleno de fuerza y de gracia, elegante y cercano a la prosa ideal, pues con dificultad se concibe cómo se puede dar idea de los objetos con menos palabras y cómo esas palabras estuvieran mejor colocadas.

Literatos como Delgado sí pueden sacar de la cantera de nuestra idiosincrasia, de nuestras costumbres y de nuestro medio social, lo artístico, lo espontáneo y lo propio.

Y si la juventud quiere un modelo que seguir, que busque al ingenio cuya vida es fiel como la yedra, gloriosa como el laurel y fuerte como la encina.

 

Victoriano Salado Álvarez

Última actualización: 27 de junio de 2014 a las 10:49

Aunque nació en Córdoba, vivió desde pequeño en Orizaba, lugar en que se había establecido su padre. Allí cursó sus primeros estudios en el Colegio de Nuestra Señora de Guadalupe. A los 11 años se trasladó a México e ingresó al Colegio de Infantes de la Colegiata de Guadalupe, que abandonó en febrero de 1866, cuando las tropas republicanas preparaban el sitio de la capital de la República. En 1868 se inscribió en el Colegio Nacional de Orizaba, donde terminó sus estudios preparatorianos y del que sería catedrático de 1875 a 1893. En su juventud escribió algunos ensayos dramáticos y cultivó la poesía lírica. En 1881 ingresó a la Sociedad Sánchez Oropeza, que lo dio a conocer en sus veladas y en las páginas literarias de su Boletín.

En publicaciones periódicas de Orizaba aparecieron sus primeros cuadros de costumbres y sus artículos de crítica literaria. En 1890 escribió La calandria, su primera novela. En 1892 ingresó como miembro correspondiente a la Academia Mexicana de la Lengua y como individuo de número en 1896. Además de asistir a las reuniones de la academia leyó algunos de sus estudios en el Liceo Altamirano. En 1893 escribió Angelina y en 1894 se trasladó a la Ciudad de México en donde trabajó en el despacho de una empresa minera, además de colaborar en El Tiempo, El País y la Revista Moderna. En 1898 regresó a Orizaba; en 1901 se trasladó a Xalapa, en donde enseñó literatura y lengua castellana en el Colegio Preparatorio. A principios de 1913, el escritor José López Portillo y Rojas, entonces gobernador de Jalisco, lo invitó a hacerse cargo de la Dirección General de Educación Pública de ese estado. Sólo seis meses ocuparía ese puesto, pues regresó a Orizaba, en donde murió al poco tiempo. Aunque más conocido como novelista —La calandria (1890), Angelina (1893), Los parientes ricos (1901-1902) e Historia vulgar (1904)—, Delgado también cultivó la crítica y la literatura preceptiva y destacó por la gran calidad de sus poemas.

Última actualización: 27 de junio de 2014 a las 10:06

Seudónimos:

  • Lumo Revo

Catálogo de seudónimos, anagramas, iniciales y otros alias usados por escritores mexicanos y extranjeros que han publicado en México, de María del Carmen Ruiz Casañeda y Sergio Márquez Acevedo (México: Universidad Nacional Autónoma de México / Instituto de Investigaciones Bibliográficas [Instrumenta Bibliographica; 6], 2000).

AUDIO

 
 
  • Rafael Delgado. Mi única mentira

    Lectura a cargo de: Guillermo Henry
    Estudio de grabación: Radio UNAM
    Dirección: Eduardo Ruiz Saviñón
    Operación y postproducción: Esteban Estrada/ Cristina Martínez/ Sonia Ramírez
    Año de grabación: 2008
    Género: Narrativa
    Temas: Rafael Delgado (1853-1914) fue cuentista, ensayista, poeta e incursionó en el teatro con algunas piezas dramáticas. Nació en Orizaba, Veracruz, lugar cuya vivencia marcaría sus escritos con la cotidianidad de paisajes regionales. Se desempeñó como profesor y colaboró en diversas revistas culturales. Su formación literaria se afinca en textos clásicos latinos, griegos y españoles, producto de una instrucción casi de seminarista. En sus novelas puede percibirse una influencia de la literatura del Siglo de Oro, así como del mexicano Ignacio Manuel Altamirano. El presente texto fue seleccionado por el escritor Vicente Leñero para esta serie. D.R. © UNAM 2008
  • Angelina

    Producción:  Radio Educación
    Productor: Alejandro Ortiz Padilla
    Guion: Verónica Esparza León
    Música: Vicente Morales
    Género: Radionovela
    Temas: Literaturaa. Novela mexicana del siglo XIX.
    Participantes:
    Locución: Graciela Orozco; Actuación: Mercedes Pascal, Eugenio Sánchez-Aldana, Armando de León
    Fecha de producción: 1981
    Duración de la serie: 08:20:00



 
 
Grabado: Julio Ruelas
Grabado: Julio Ruelas

Rafael Delgado

20 de agosto de 1853
Córdoba, Veracruz
20 de mayo de 1914
Veracruz, Veracruz

Obra en dominio público
Puede incluir obras con registro de perpetuidad

Derecho de autormostrar

Decreto sobre propiedad literaria del 3 de diciembre de 1846

Código Civil de 1884


OBRA PUBLICADA


BIBLIOGRAFÍA RELACIONADA