Enciclopedia de la Literatura en México

José María Vigil

Ángel Muñoz Fernández 1995 / 03 ago 2017 20:17

Nació en Guadalajara, Jalisco, en 1829 y murió en la Ciudad de México en 1909. Humanista, poeta y periodista. Profesor del Liceo Jalisco. Emigró a Estados Unidos de América durante la intervención francesa y el Imperio. Al triunfo de la República regresó a México. Fue diputado. Magistrado de la Suprema Corte de Justicia. Director de la Biblioteca Nacional y presidente de la Academia Mexicana de la Lengua. Políglota. Colaboró en los periódicos El Álbum, La Aurora Poética de Jalisco, El Ensayo Literario, El Nuevo Mundo, La Prensa, El Siglo Diez y Nueve, El Porvenir, El Monitor Republicano. Editó la Revista Filosófica y El Federalista.

 

Notas: Se conocen dos impresiones de este autor, sin portadas, sin títulos e inconclusas. Una de ellas comienza en la página 1 y termina en la 240 con un encabezado que dice "Capítulo I" y se interrumpe en el "Capítulo XI". La otra comienza en la página 1 y termina en la 216. Empieza con "Cantares mexicanos" en la pág. 1 y se interrumpe en "El Padre de la Patria" en la página 216.

 

José Luis Martínez 1993 / 26 sep 2017 08:36

Un liberal y un investigador

Fue José María Vigil —oriundo de la ciudad de Guadalajara donde nació el 11 de octubre de 1829— hombre en cuya personalidad se entrelazaron sin perturbarse dos aptitudes y dos vocaciones, la cívica y la del estudio. Había aprendido latinidad y filosofía en el semi­nario y cursaba las materias finales de jurisprudencia en la Univer­sidad cuando se inició la revolución en defensa del Plan de Ayutla que destruiría la tiranía santanista. Entonces, el joven Vigil, que contaba veinticinco años, abandona las aulas para dedicarse ente­ramente a ejercer el periodismo político en defensa de aquel pro­grama que aspiraba al decoro nacional y a la implantación de la reforma liberal.

Comienza a escribir en La Revolución, periódico radical fundado en 1855, y al año siguiente se le confía la dirección de El País, pe­riódico oficial del Estado; y poco más tarde, es oficial mayor del Congreso Local. Al sobrevenir la Intervención francesa en 1862, Vigil emigra a San Francisco California donde funda el periódico El Nuevo Mundo. Restablecida la República, vuelve a Guadalajara y en 1869 va a México como diputado. En la capital pasará la se­gunda mitad de su vida. Más tarde, en 1875, se le nombra magis­trado de la Suprema Corte y por estos años publica, en colaboración con Juan B. Híjar y Haro, su Ensayo histórico del Ejército de Occi­dente. Cuando se emprende la publicación monumental de México a través de los siglos, en 1889, Vigil, que ya tiene sesenta años, recibe el encargo de redactar el tomo V, la Historia de la Reforma, la Intervención y el Imperio. Las 883 grandes páginas del volumen eran sin duda la obra de un expositor disciplinado y erudito y la ima­gen que hoy nos entregan de estos años decisivos en nuestra historia política nos parece justa a quienes compartimos las convicciones de Vigil. Pero no juzgaron lo mismo sus opositores quienes pensaron, y piensan aún hoy, que aquella era la obra de un partidarista y que carece de la "absoluta imparcialidad que fuera deseable". Le había sido confiada a Vigil la época más espinosa de nuestra historia y quienes así lo hicieron confiaron tanto en las ideas liberales de don José María como en su rectitud histórica; y no se equivocaron. "Sostengo que la historia debe ser escrita con iracundia y con en­tusiasmo", había afirmado en 1866 uno de los discípulos de Mommsen. Y así lo hizo Vigil, leal con las convicciones políticas que mantuvo durante toda su vida.

Pero al lado de estas actividades políticas en las que se mantuvo siempre al lado de la causa republicana y liberal, José María Vigil realizó otra carrera de hombre de estudio, leal asimismo a otra causa paralela, la de la cultura nacional. Hacia los veinte años, en 1849, comienza Vigil su carrera literaria en Guadalajara donde publica sus primeros versos y participa en la fundación de las sociedades literarias La Esperanza y La Falange del Estudio; es también uno de los escritores jaliscienses que intervienen en La Aurora Poética de Jalisco (1851) donde se dieron a conocer jóvenes que luego alcan­zarían fama. Cuando había abandonado ya sus estudios de juris­prudencia y andaba ocupado en trabajos de periodismo político, procura su subsistencia enseñando latín y filosofía en el Liceo de Varones. En 1861, recibe el encargo de organizar la biblioteca pú­blica del Estado, cargo que reasumirá al regresar de su destierro en 1867. Durante los primeros cuarenta años de vida, transcurridos en su mayor parte en Guadalajara, sólo publica un volumen de dramas y dos de versos que no lo inmortalizarán. "Yo no reclamo para mí más parte -—escribía Vigil al finalizar el prólogo al tomo de sus versos, reunidos bajo el título de Flores del Anáhuac— que la que se concede a la buena intención de un corazón recto". El cual sin duda poseía, pero que no encontraba en la poesía su mejor provecho. La poesía parece aclimatarse más con la iluminación, la pasión y la angustia que no con los corazones rectos y ordenados, y así José María Vigil sólo llegó a ser —como decía su contemporáneo Enri­que de Olavarría y Ferrari— "un poeta de sosegada inspiración, sen­cillo en las imágenes y claro en la manera de expresar su pensamiento." Otro contemporáneo y correligionario suyo, Vicente Riva Pa­lacio, bajo el seudónimo de "Cero" hacía amistosa burla de los versos de Vigil en estos términos:

Los versos de Pepe muy amado son verdaderamente trabajo chino; no hay palabra que no se use en su verdadera acepción; los acentos, como los abonados del teatro, llegan siempre a su propio lugar; las sílabas están medidas con micrómetro, y las reglas tan bien y escrupulosamente observadas como quisiéramos que se observaran las leyes de Reforma en algún Estado. Pero... ese pero me asesina; pero le falta empuje, le falta entusias­mo, le falta inspiración. Vigil, como literato, es notable; como poeta no lo es mucho; le sobra erudición, le falta fuego.

Y aún añadía Riva Palacio como para justificar la arremetida: "Quizá sea esto debido al carácter tranquilo de Vigil".

En efecto no era éste su camino, pero pronto iba a encontrarlo para permanecer en él definitivamente y clausurar, cuando menos públicamente, sus incursiones líricas. Su camino verdadero iría a ser el de las investigaciones literarias que emprendería desde sus primeros años de residencia en la Ciudad de México. Sus grandes estudios literarios van a ser su ejercicio más importante desde 1871, en que publica su prólogo a las Flores silvestres de la poetisa de Ocotlán Esther Tapia de Castellanos, hasta el año de su muerte, 1909. En que deja inconclusa la impresión de su Reseña histórica de la lite­ratura mexicana.

Mas al mismo tiempo, es profesor de gramática y más tarde de filosofía en la Escuela Nacional Preparatoria, y de historia y geo­grafía en la Escuela Secundaria de Niñas. En 1880 Vigil es nombra­do director de la Biblioteca Nacional, cargo en el que sucede al licenciado Joaquín Cardoso que lo había desempeñado inútilmente durante cinco años. La actividad de Vigil al frente de la Biblioteca Nacional va a ser memorable. Instalada ya aunque provisionalmente en el antiguo templo de San Agustín, Vigil, con la ayuda del sub­director José María de Agreda y Sánchez, se dio a la tarea de sacar de 797 cajones los libros que no estaban en servicio, de clasificar y catalogar el acervo completo de la biblioteca siguiendo el sistema de Namur, modificado, y de promover la realización de las obras materiales de adaptación del edificio el cual pudo ser inaugurado, con la asistencia del presidente de la República y de las personalidades distinguidas de la época, el 2 de abril de 1884. Para aquella ocasión Vigil escribió un excelente informe en el que detallaba el sistema empleado en la catalogación y ordenación de la biblioteca y ponderaba la significación que aquel acto tenía para la cultura nacional, informe que debió leer en su lugar Julio Zárate, por en­contrarse Vigil enfermo a causa del excesivo trabajo desarrollado. Esa ceremonia se completó con poemas alusivos de Guillermo Prieto y Rafael López Mendoza y con la interpretación de composiciones de tres distinguidos músicos mexicanos: Melesio Morales, Ricardo Castro y Gustavo E. Campa, quien escribió expresamente para el acto un Himno Sinfónico. Vigil continuó al frente de la Biblioteca Na­cional hasta el año de su muerte y continuó, asimismo, sirviéndola eficazmente. En 1885 expidió el Reglamento que norma su funcio­namiento; en 1893 estableció, en la capilla que fue de la Tercera Orden, la biblioteca nocturna con los duplicados de la biblioteca principal; en 1899 creó el Instituto Bibliográfico Mexicano cuya aspiración era la de formular la bibliografía general de México, as­piración que aún hoy no hemos podido satisfacer, y en 1904 inició la publicación del Boletín de la institución que, con algunas inte­rrupciones, sigue publicándose.

Otra institución nacional, la Academia Mexicana, habría de ca­nalizar las funciones culturales de José María Vigil. Electo acadé­mico para la silla número XV el 18 de febrero de 1881, en 1884, al ocurrir el fallecimiento de don Joaquín García Icazbalceta que dirigía la Academia desde 1883, es electo director de la corporación don José María, cargo que desempeñará, asimismo, hasta el año de su muerte. Durante su dirección, la Academia editó tres volúmenes de sus Memorias, en los cuales publicó Vigil algunos de sus estudios y traducciones más importantes y, por gestiones suyas, la Academia pudo hospedarse en la parte baja del edificio de la Biblioteca Na­cional donde se hallaba inicialmente la dirección.

 Reflexiones sobre la literatura mexicana

De sus numerosos estudios sobre literatura mexicana, las secciones que me parecen más importantes —y las más modernas, me atrevería a añadir— son sus reflexiones sobre la historia y la índole de nuestra literatura, y sus sagaces, precursoras exploraciones sobre la literatura prehispánica.

Durante el último tercio del siglo XIX, los escritores mexicanos, acaudillados por Ignacio Manuel Altamirano, iniciaron un coherente movimiento de restauración y se propusieron un programa nacionalista. Aspiraban a que nuestra literatura fuera una expresión original y a que, rindiendo culto a nuestras tradiciones y a nuestros héroes y patricios y expresando nuestro paisaje y nuestras costumbres, con­tribuyera a la formación de nuestra conciencia cívica.

Sin embargo, aquel programa formulado por el maestro Altami­rano parecía poner más énfasis en el logro de metas políticas que en las condiciones intelectuales que era indispensable no perder de vista. Y a pesar de que la corriente más importante de las letras mexicanas habría de seguir el camino señalado por Altamirano, las objeciones y las polémicas no se hicieron esperar. Francisco Pimen­tel, escritor casticista y de precario talento, se enzarzó con Altami­rano en una pintoresca discusión de la cual pueden darnos idea estas frases cruzadas en el Liceo Hidalgo. Cuenta Pimentel, en efecto, que en cierta ocasión había dicho Altamirano "que así como en México había habido un Hidalgo, el cual en lo político nos hizo independientes de España, debía haber otro Hidalgo respecto al lenguaje", a lo cual don Francisco le contestó "que no sólo un Hidalgo de ésos, sino varios, se hallaban en el portal de Santo Domingo de México y eran los escritores públicos, bárbaros e ignorantes, a quienes nuestro pueblo llama evangelistas, los cuales en toda su plenitud usan la jerigonza recomendada por don Ignacio". Ni Altamirano quería otra cosa que la incorporación normal al lenguaje de las palabras de nuestro acervo nativo ni Pimentel pretendía otra cosa que conservar la pureza académica de la lengua; mas en el fondo de todo conti­nuaba dirimiéndose una vez más la lucha entre el liberal puro que era Altamirano y el conservador intolerante que era Pimentel.

Pero las doctrinas nacionalistas de Altamirano dieron ocasión no sólo para el agrio debate con Pimentel sino también para reflexio­nes críticas más profundas en las que se procuraba afinar los tér­minos de este programa literario. En dos ensayos, de 1872 y 1876 respectivamente, de los más lúcidos que se escribieron en nuestro siglo XIX, José María Vigil definió con notable precisión intelectual el concepto de una literatura nacional y las condiciones que juzgaba necesarias para su realización y, además, llegó a establecer una clara distinción entre nacionalismo y originalidad. El primero de estos ensayos, titulado Algunas observaciones sobre la literatura nacional, fue leído en el Liceo Hidalgo, el 6 de mayo de 1872. Se inicia con una evidente alusión a las exposiciones de Altamirano sobre este tema.

Frecuentemente —dice Vigil— he oído quejarse a algunos de nuestros más ilustres literatos de que no exista en México una lite­ratura propiamente nacional, insinuando al mismo tiempo la idea de que los esfuerzos de todas las personas que especialmente se de­dican a las bellas letras deben dirigirse a crear esa literatura, a cuya idea dan hasta cierto punto un carácter patriótico.

Tal es el propósito, pero ¿cuál es el concepto y cuál el contenido de una literatura nacional?

En todos los pueblos de la tierra —explica Vigil— sus poetas se han ocupado preferentemente de cantar sus glorias na­cionales, de lamentar sus desgracias presentes, de condenar la corrup­ción que engendra esas desgracias y de presentar a lo lejos, como una intención profética, la realización de grandes esperanzas por la preponderancia de su nación y de su raza; y esto es, sin duda, lo que en su más grande significado representa la idea de una literatura nacional.

¿Cuáles han sido las circunstancias que han existido en el desa­rrollo de la literatura mexicana? En la época colonial Vigil advierte que la sociedad mexicana llevaba una doble vida, "la una ideal, que la ligaba por los lazos tradicionales con la madre patria, y la otra positiva, digámoslo así, que la fijaba al suelo que poseía", lo que determinó que tuviera los ojos cerrados a la realidad que la rodeaba. Para probar su aserto, Vigil mencionaba como los únicos rastros nativos que ha encontrado en las letras coloniales una descripción enco­miástica de la Ciudad de México en la comedia El semejante a sí mismo de Ruiz de Alarcón, y un elogio de la fecundidad y de la riqueza de América en un romance de Sor Juana, dirigido a la dama portuguesa doña María Guadalupe de Alencastre.

Con la Independencia, sigue exponiendo Vigil, se abrió para México un horizonte nuevo, se despertaron energías desconocidas, y la musa mexicana comenzó a pronunciar las primeras palabras. To­das las aspiraciones populares se concretaron en el objetivo de conquistar la Independencia.

La poesía entonces empleó sus acentos más terribles para inculcar el odio a los tiranos, para ponderar las dulzuras de la libertad, para enaltecer los derechos del hombre... se evocaron las sombras gloriosas de los antiguos aztecas, las inhuma­nidades cometidas en la conquista, los más bellos episodios de nuestra historia antigua, no porque se creyera posible restablecer las cosas tales como se hallaban en el tiempo de Moctezuma, sino porque en tales circunstancias se busca todo aquello que halaga el amor patrio...
Desde esa época —dice más adelante Vigil— puede decirse que se echaron las bases de una literatura propia, literatura que ha venido tomando las formas adecuadas a los tiempos en que vivimos y a las exigencias de nuestra sociedad...
[Pero como] la literatura no es más que el reflejo de lo que en la sociedad pasa, se comprende desde luego que su originalidad debe estar en proporción a la origi­nalidad de los pueblos en que se produce y a sus tendencias indi­viduales. En el siglo en que estamos hay entre los pueblos civilizados cierto carácter cosmopolita que es el resultado de un fondo común de ideas y sentimientos que conmueven de una manera análoga a todos los espíritus, a pesar de las diferencias de las lenguas y de an­tecedentes históricos...
Si la idea de una literatura nacional —con­tinúa exponiendo José María Vigil— significa, pues, una cosa exclu­sivamente nuestra, sin puntos de contacto con ninguna otra, sería preciso renunciar a ella. La misma lengua que hablamos nos liga invenciblemente a una literatura a cuyo íntimo parentesco nos es imposible renunciar. Las sociedades, por otra parte, no se transfor­man en un día. Debajo de las teorías políticas que revolucionan las formas de gobierno, se conservan y persisten las costumbres, los hábi­tos, las preocupaciones, que constituyen el verdadero espíritu de los pueblos...

Este esfuerzo para acentuar la literatura nacional es el que, según piensa Vigil, está reservado a la sociedad literaria El Liceo Hidalgo, y sus poetas deben ser tan audaces como sus compañeros sudamericanos. Nuestra poesía ha sido más castiza, más ajustada a los modelos antiguos, y por ello ha expresado más débilmente los sentimientos de nuestra sociedad y las bellezas de nuestra naturaleza.

En México —concluye Vigil— existen todos los elementos pro­pios para constituir una literatura nacional... nuestra historia, tanto antigua como moderna, abunda en hechos que se prestan admirablemente a todos los géneros de la poesía; nuestra sociedad tiene sus modos de ser individual, sus aspiraciones, sus sufrimientos y hasta sus temores para el porvenir. Todo esto puede considerarse como un campo vastísimo para el genio de nuestros poetas, que encontrarán en él fuentes inexploradas semejantes a las imponderables riquezas que encierra nuestro inmenso territorio.

Cuatro años más tarde, José María Vigil continuaba preocupado por la necesidad de ajustar estos conceptos, y en otro ensayo suyo, publicado en El Federalista en septiembre y octubre de 1876, que lleva por título "Algunas consideraciones sobre la literatura mexicana", expuso nuevos puntos de vista acerca del tema. Se detuvo especialmente en la distinción entre literatura nacional y literatura original, conceptos que por entonces solían andar confundidos. Para Vigil literatura nacional era la que expresaba a un pueblo que tuviese un modo de ser particular, aunque ello no implicara ni expresara una independencia política. Literatura original, en cambio, era aquella que no revelara, ni por el fondo ni por la forma, la imitación servil de modelos existentes. Objetivo este último mucho más difícil de alcanzar que el primero. Mas no se detenía aquí el análisis de Vigil, quien se proponía a continuación establecer en dónde radicaban aquellos elementos que pudiesen hacer posible, en México, la realización de una literatura nacional y original. Consideraba que en las literaturas existen elementos cultos y elementos populares, pero que son estos últimos, es decir los populares, los que expresan más fielmente a la sociedad y los que, por ello mismo, pueden proporcionar mejores elementos para una relativa originalidad. Mas ¿por qué no hemos logrado esta originalidad? Vigil lo explica con mucha agudeza. Por dos motivos. México, afirma, ha conseguido su independencia política, pero aún subsisten en su seno elementos antagónicos que, si por una parte ofrecen ellos mismos un vasto campo temático para el escritor, retardan —sobre todo los elementos retrógrados o conservadores— la expresión nacional y original. Por otra parte Vigil, anticipándose a observaciones sociológicas contemporáneas, señala como el segundo obstáculo para la expresión nacional y original de las letras mexicanas, un sentimiento de inferioridad —que hoy llamamos complejo—, heredado de la colonia y que engendra en los mexicanos una timidez que no se atreve a expresar lo nuestro y nos lleva a las imitaciones serviles y al estudio exage­rado de las literaturas extranjeras. La solución es pues clara. Sólo se conseguirá que nuestra literatura complete su misión cuando los escritores mexicanos vuelvan los ojos a su propia realidad, la expre­sen, exploren su propia vitalidad y reproduzcan fielmente el espíritu de su país. 

Estudios históricos sobre nuestra literatura

En los últimos veinte años de vida, es decir entre sus sesenta y sus ochenta años, habría de volver en dos ocasiones José María Vigil al estudio de la literatura mexicana, aunque ya no para reflexionar acerca del curso de las ideas y las doctrinas sino para examinarla históricamente.

Para conmemorar el cuarto centenario del descubrimiento de América, en 1892, la Academia Española encargó a Marcelino Menéndez y Pelayo que formara una antología general de la poesía hispanoamericana desde la conquista hasta fines del siglo XIX. Para auxiliar la tarea de don Marcelino, la Academia solicitó de sus correspondientes en Hispanoamérica el envío de sus antologías respectivas, precedidas de una reseña histórica. De acuerdo con esta invitación, la Academia Mexicana designó a Casimiro del Collado y a José María Roa Bárcena para que formaran la antología y a José María Vigil para que escribiera la reseña. De la Antología de poetas mexicanos se haría una primera edición provisional en 1892 y una segunda, definitiva en 1894. (Y una reimpresión facsímil en 1975.)

En el momento en que Vigil escribió su "Reseña histórica de la poesía mexicana" —fechada en diciembre de 1891—, que es el nombre que puso al prólogo de la Antología, ya se había publicado la primera versión de la Historia crítica de la poesía en México (1883) de Francisco Pimentel, en donde se resumían las informaciones y juicios hasta entonces existentes acerca de los poetas y dramaturgos mexicanos. Vigil se apoyará a menudo en el libro de Pimentel, aunque sin seguirlo en sus despropósitos, pues Vigil tenía conocimientos directos y firme gusto literario. Así pues, la "Reseña" de Vigil, a pesar de que desde el punto de vista erudito conserve en sus líneas generales los esquemas ya practicados, es uno de nuestros mejores panoramas de la poesía mexicana, porque está escrito con proporción y elegancia, con juicio reposado y comprensivo. El tratamiento de la poesía de los siglos coloniales posee un justo equilibrio entre la erudición y la apreciación cordial de los valores literarios, destacándose entre estas páginas las que dedica a Sor Juana. Vigil participa aún del criterio neoclásico que condenó como faltas al buen gusto los excesos verbales del gongorismo, y no deja, por tanto, de censurar el barroquismo de Sor Juana, aunque sea evidente también que siente por ella una viva simpatía —de la que ya había dado muestras en su discurso sobre Sor Juana de 1874— como pueden atestiguarlo estas palabras:

Si algunas veces —escribe Vigil— la religiosa de San Jerónimo pagó tributo al mal gusto que dominaba en su época, fácil es notar la elegante sobriedad de su dicción poética cuando dejaba correr la pluma a impulsos de la noble inspiración que llenaba su alma. La gracia y la frescura se desbordan en deliciosa espontaneidad, revistiendo las bellas formas la profundidad de la idea y las pudorosas vibraciones de una sensibilidad exquisita.

Algo más sumario es su tratamiento de la poesía en el siglo XIX sin que falten por ello apreciaciones que nos sorprenden por su justa concisión, como esta rápida enumeración de los poetas que entonces eran los jóvenes: "Nadie puede desconocer —apunta don José María— la nerviosa valentía de don Salvador Díaz Mirón, la originalidad descriptiva de don Manuel Othón; la profunda sensibilidad de don Luis G. Urbina; la elegante vaguedad de don Manuel Gutiérrez Nájera…" Al final de su "Reseña" vuelve Vigil a exponer sus ideas, que ya había tratado en 1876, a propósito de la distinción que debe hacerse entre poesía original y poesía nacional, para concluir con la afirmación de que "poseemos una poesía propia, una historia literaria nacional, pobre si se quiere, pero harto comprensiva para el filósofo, a cuyos ojos no hay fenómeno social indiferente ni evolución insignificante en la marcha providencial del progreso humano".

Sin que pueda precisarse cuándo, en los últimos años de su vida José María Vigil emprendió la redacción de una historia de la lite­ratura mexicana. Después de su muerte se encontraron en la Biblioteca Nacional pliegos impresos de esta obra hasta la página 232 y nunca se ha precisado si, como es de suponerse, don José María había escrito el resto de la obra o algo más de lo conocido. Junto con estos pliegos existían asimismo otros de una obra paralela en la que se juntaban algunos de los estudios críticos sueltos de Vigil —impresos hasta la página 216—, todos ellos ya publicados con anterioridad en revistas o folletos, como los que se refieren a los Cantares mexicanos prehispánicos, a Nezahualcóyotl, a Sor Juana Inés de la Cruz, a Guillermo Prieto y a Juan Valle más algunos discursos cívicos.

La historia literaria incompleta de Vigil, que se conoce con el nombre de Reseña histórica de la literatura mexicana, es la promesa de un panorama de nuestras letras muy superior a los existentes hasta aquellos años. A pesar de que la exposición peca de cierta difusión y tiene una amplitud discursiva que la hace poco didáctica, su autor era hombre que poseía un conocimiento muy vasto de las letras mexicanas y que, antes que sentir por ellas esa especie de rencor y verlas con esa "mala sangre" que nunca abandonó a Pimentel, las consideraba con amor y cuidado, con ánimo sereno, deteniéndose inclusive a reproducir en apéndices textos fundamentales por entonces desconocidos, como el Desposorio espiritual entre el pastor Pedro y la Iglesia Mexicana, de Juan Pérez Ramírez, primera obra teatral conocida de autor nacido en América.

Vigil inicia su Reseña con un capítulo en que resume los cono­cimientos de la época acerca de la literatura indígena, lo cual cons­tituía una revolucionaria novedad a la que sólo hemos vuelto en los últimos años, aunque todavía existan manuales que prescinden de la poderosa y rica literatura prehispánica, que era ya mexicana. Los diez capítulos restantes se refieren a la literatura colonial desde sus orígenes hasta mediados del siglo XVII —en que se interrumpe la obra— y en ellos se destacan, por su información de primera mano, las exposiciones referentes al teatro indígena prehispánico y al teatro primitivo colonial, el juicio sobre Ruiz de Alarcón y las páginas en que narra los conflictos entre criollos y peninsulares. 

Exploraciones sobre la literatura indígena

El conocimiento que hoy poseemos acerca de la literatura de los pueblos indígenas de México y singularmente de la literatura en lengua náhuatl ha sido el fruto de un largo esfuerzo. Las fuentes originales más importantes de ese conocimiento son los himnos ritua­les que recogió Sahagún en su Historia general de las cosas de Nueva España y un manuscrito anónimo del siglo XVI conocido con el nom­bre de Cantares mexicanos que contiene numerosos poemas recogi­dos, probablemente también por Sahagún, de sus informantes indí­genas. Como en ambos textos sólo se da el texto náhuatl, su traduc­ción competente al español fue obra que apenas se está coronando en los días que corren.

Aquellos poemas en lengua náhuatl habían de recorrer un largo camino antes de llegar correctamente traducidos al español. En 1887 un norteamericano, Daniel G. Brinton, publica en Filadelfia una versión al inglés con texto original de algunos de los poemas del manuscrito Cantares mexicanos, versión a la que los expertos conceden poca autoridad; y en 1890 un alemán, Eduardo Seler, publica en Berlín una versión alemana, con "acuciosos comentarios", de los himnos rituales. Que habían sido más diligentes los america­nistas extranjeros en explorar y estudiar nuestra literatura prehispánica era evidente, y ello sin duda implicaba un tácito reproche para los estudiosos mexicanos. José María Vigil fue uno de los pri­meros mexicanos en preocuparse seriamente por remediar esta omisión.

Desde 1874 había escrito una erudita disertación biográfica sobre el rey poeta Nezahualcóyotl, la más completa de las existentes, y en 1877 y 1878 había editado, en la imprenta de su coterráneo Ireneo Paz, y como volúmenes iniciales de una proyectada Biblioteca Mexi­cana, la Historia de las Indias de Fray Bartolomé de las Casas y la Crónica mexicana de Fernando Alvarado Tezozómoc, anotada por Manuel Orozco y Berra y precedida del Códice Ramírez. Pero en 1889 Marco Antonio Canini, un escritor italiano, publica en la Re­vista Nacional de Ciencias y Letras un estudio sobre "La poesía erótica de los pueblos hispanoamericanos" en el que pregunta a Vigil, "ardiente patriota y distinguido escritor mexicano", qué ha sido de aquel precioso manuscrito que existía en la Biblioteca Na­cional con el título de Cantares mexicanos. Esta interpelación del señor Canini, y cierta frase suya según la cual "los literatos ameri­canos [...] poco se han cuidado hasta ahora de la literatura de los pueblos indígenas", picaron el amor propio de Vigil, y aunque él excepcionalmente sí había dado muestras de su aprecio por esta literatura, se apresuró a dar respuesta a aquel llamado y con ello a iniciar la divulgación en español de nuestra poesía indígena. En efecto, Vigil no sólo dio puntual noticia de haber encontrado el manuscrito indígena, "mezclado entre multitud de volúmenes haci­nados" en la Biblioteca Nacional, sino que, además, informó de la traducción de Brinton al inglés de los poemas indígenas y vertió al español los que le parecieron más hermosos. Al final de su importan­te artículo sobre los "Cantares mexicanos" (1890), Vigil hacía votos porque los estudiosos mexicanos no se dejaran arrebatar la primacía en lo que se refiere a su propia historia, ya que el conocimiento de estas obras literarias primitivas es indispensable no sólo por su trascendencia filosófica, sino también para la precisión de nuestros conocimientos históricos y geográficos y en atención a la belleza mis­ma de aquellos textos.

Tras de esta incursión inicial de Vigil, que no tenía más que la importancia de señalar un camino, puesto que estaba limitado por su desconocimiento del náhuatl, habrían de venir, años más tarde, las versiones imprecisas de Mariano Jacobo Rojas, y, desde el año de 1940, las traducciones directas y los estudios de Ángel María Garibay y Miguel León-Portilla, que nos han dado un conocimiento sabio de nuestra literatura aborigen. 

El amigo de las poetisas

El cortés caballero que fue siempre José María Vigil tuvo un aspecto muy peculiar en su obra literaria: la afectuosa, comprensiva consi­deración por las poetisas mexicanas que tan gracioso cortejo forman en nuestro romanticismo. La atención de Vigil para nuestras poetisas se inició con el estudio con que prologó, en 1871, las Flores silvestres de la jalisciense Esther Tapia de Castellanos, cantora no sólo de sus tiernos sentimientos conyugales, y filiales, de su inflamado fervor patrio sino también de los encantos del lago de Chapala:

Bordan la fértil ribera
las dulces, flexibles cañas;
huertas de verde pepino,
de riquísimas guayabas,
de dulcísimas sandías,
melón cuyo aroma embriaga,
y huamúchil blanco y rojo
de flor olorosa y blanca
en cuyas ramas reposa
el huitlacoche que encanta.

Años más tarde, Vigil pronuncia en el Liceo Hidalgo, la noche del 12 de noviembre de 1874, su hermoso discurso sobre Sor Juana Inés de la Cruz que, pese a sus limitaciones de juicio, inicia la revaloración definitiva de nuestra ilustre poetisa al apreciar no sólo el mérito de su poesía sino el relieve extraordinario de su personalidad, la cual considera don José María que

…no sólo fue superior a la época en que vivió, sino que hoy mismo, a pesar de los grandes progresos realizados, no habría podido encontrar un medio social a propósito para sus aspiraciones, sino en un pueblo como los Estados Unidos de América, los más próximos a resolver el problema de la emancipación de la mujer.

Resulta curioso advertir cómo este juicio de Vigil, que revela un sagaz entendimiento del espíritu de Sor Juana, iría a coincidir con otro pronunciado más de medio siglo más tarde, en 1940, por un excelente poeta y crítico español, Pedro Salinas, en su ensayo titulado En busca de Juana de Asbaje. Según la opinión de Salinas, que aun en su tiempo causó cierto escándalo entre los conspicuos sorjuanistas, Sor Juana era radicalmente una extemporánea en su México del siglo XVII. Imaginando cuál pudo haber sido su "tiempo verdadero", Salinas imaginaba a Sor Juana a sus anchas en una de las cortes renacentistas de los siglos XV o XVI, porque ella compartía con los hombres y las mujeres del Renacimiento "ese ingenuo ardor por el saber sin límites; la curiosidad por todas las ciencias equilibradas con el ejercicio de artes exquisitas como música, poesía, pintura"; o bien en otro ambiente, no tan cargado de prestigio pero que hubiera dejado a Juana de Asbaje "mayores libertades de realización": el de las modernas universidades o colleges de los Estados Unidos, donde el ideal de vida culta y sosegada de Sor Juana hubiera podido cumplirse. Los posibles retratos de la hermosa Sor Juana hubieran podido ser, agrega Salinas, "un rostro de perfil en lienzo italiano, collar de preciosa orfebrería en la base del delgado cuello, y arranque del busto ceñido por un corpiño de terciopelo recamado como en figura de Botticelli o del Bronzino", o bien tampoco estaría fuera del lugar "retratada por una máquina Kodak con melena corta suelta en el aire, sweater rosa o amarillo, pedaleando aceleradamente en su bicicleta a través de uno de esos maravillosos paisajes verdes de universidad americana y con las gafas inevitables de la estudiante que ya a los diecisiete años se ha deshojado sobre los libros".

Una nueva muestra de su devoción por nuestras poetisas dio José María Vigil en el largo discurso que pronunció al ingresar en la Academia Mexicana, en diciembre de 1881, el cual dedicó a estudiar la obra y la personalidad de Isabel Prieto de Landázari que, aunque española de origen, pasó la mayor parte de su vida en Guadalajara. La poetisa había sido compañera de Vigil en juveniles intentos poéticos y fue su constante amiga. A la edad de cuarenta y tres años había muerto en Hamburgo, donde su esposo era cónsul de México, de aquí que el discurso de Vigil, que luego aparecerá como prólogo al frente de las Obras poéticas de Isabel Prieto que se publican en 1883, sea sobre todo un homenaje algo desproporcionado a la amistad. Sin duda la poetisa era una mujer dotada de cultura poco común y era una diestra, sentida y correcta versificadora, hábil lo mismo para poetizar sobre los afectos hogareños que para revivir las leyendas románticas alemanas; pero la amistad en este caso llevó demasiado lejos a José María Vigil al parangonar desproporcionadamente la vida y la obra de Isabel Prieto de Landázuri con las de Sor Juana y al advertir incluso un signo de paralelismo en la coincidencia de la edad en que ambas murieron.

Testimonio memorable del aprecio de José María Vigil por las poetisas mexicanas fue la suntuosa y elegante antología que de la obra de nuestras líricas en los siglos XVI, XVII, XVIII y XIX formó y prologó en 1893, para cumplir un encargo de la Junta de Señoras que deseaba exponer en Chicago una muestra de "la cultura literaria alcanzada por la mujer mexicana". El excelente estudio de Vigil al volumen de las Poesías mexicanas nos permite apreciar el continuado florecimiento que desde los días iniciales de la Colonia había tenido la poesía en corazones femeninos y cómo el auge de nuestras poetisas en el siglo XIX era la culminación de un largo entusiasmo. Con la ilustre excepción de Sor Juana en los días coloniales, lo más sobresaliente de la antología vienen a ser de nuevo, aunque sólo nos produzcan un moderado entusiasmo, el tono elevado y sobrio de Isabel Prieto de Landázuri y el fino sentido colorista de Esther Tapia de Castellanos. En las demás poetisas encontraremos aciertos pasajeros: unas estrofas de severa elegancia en la elegía "A la noche" de Salvadora Díaz, algunos sentidos poemas de Refugio Barragán de Toscano, los impulsivos cantos de Dolores Guerrero, la sorpresa de que Virginia Fábregas hubiera escrito también versos con soltura y los apasionados lamentos de Laura Méndez de Cuenca, inspiradora ella misma de dos poetas a los que sobreviviría largamente, como otra Carlota de México.[1]

 Traducciones y estudios diversos

Además de sus obras históricas, de sus tareas como bibliotecario, de sus reflexiones sobre literatura mexicana, de sus exploraciones en el campo de la literatura indígena y de su afecto por las poetisas, aspectos sobresalientes de la obra de José María Vigil, quedan aún muchos otros trabajos notables de su pluma que sólo enumeraré brevemente.

Varón de amplios conocimientos en lenguas extranjeras, Vigil hizo traducciones de autores italianos como Petrarca, de alemanes como Schiller, de franceses como Balzac, Parny y Ponsard y de norteamericanos como Irving y Longfellow. Sin embargo, sus versiones más celebradas son las que hizo de las Sátiras de Persio (1879) y de XXX epigramas de Marcial (1895), por las que merece un lugar eminente entre nuestros humanistas. De la traducción de Vigil de las Sátiras de Persio, uno de los textos latinos más oscuros y difíciles, decía Menéndez Pelayo en carta a Francisco Sosa, que las consideraba "un verdadero modelo en este género tan difícil de trabajos".

En diversas épocas de su vida escribió Vigil numerosos estudios literarios como los dedicados a Juan Valle, a Ruiz de Alarcón, a Guillermo Prieto, a Manuel Orozco y Berra y a Joaquín García Icazbalceta; prologó libros de Clemente Villaseñor, Agapito Silva y Diego Baz; publicó una Revista Filosófica (1882) con el fin de contrarrestar el influjo creciente del positivismo; redactó un Método teórico y práctico de la lengua latina para uso de sus discípulos y que aún permanece inédito; pronunció discursos sobre temas cívicos, históricos y culturales de los cuales corren impresos treinta y tres, y, al finalizar sus días aún se atrevió con la figura de Lope de Vega, en un espléndido estudio intitulado sobriamente Lope de Vega, impresiones literarias (1905), que mereció ser reeditado en 1935 como contribución de México al tercer centenario de la muerte de Lope. El estudio de Vigil le ganó el aplauso de la crítica.

Parecía —escribió José López Portillo— que después de lo escrito por Montalbán, Castro, Durán, Gil y Zárate, la Barrera y Menéndez y Pelayo, nada nuevo ni valioso podría decirse del Fénix de los Ingenios. De México parte ahora una nueva ráfaga gloriosa que va a prenderse a la aureola de Lope, para aumento de su fama; pero esa ráfaga no sólo sublima a ese grande hombre, sino también al penetrante crítico que la ha hecho flamear a los ojos de esta generación. He aquí cómo Vigil, al enaltecer las prendas de su autor favorito, ha acrecentado sus propios merecimientos y dado nuevo lustre a su nombre, como Homero se hizo inmortal cantando la gloria de Aquiles.

Un sabio y un patriota

Fue José María Vigil uno de esos excelentes varones que dio nuestro liberalismo en el siglo XIX, varones en quienes se aliaba de manera natural el amor a la patria, la vigorosa profesión de sus ideas políticas, el más pulcro e íntegro decoro personal y una laboriosidad que no esperaba nunca el justo pago, ni siquiera el reconocimiento público. Las litografías de la época nos han conservado su figura: delgado y de vestir cuidadoso, de rostro fino y sereno, gruesos bigotes canosos y perilla al uso romántico, mirada reposada y reflexiva. Pero nuestros liberales del siglo XIX fueron de varias especies: los hubo iluminados, triunfantes, desordenados y discretos. Ignacio Ramírez e Ignacio Manuel Altamirano fueron nuestros grandes iluminados, los de las voces resonantes y precursoras; Justo Sierra fue uno de los triunfantes, de los que siempre vivieron frente a la gloria y la fama; Manuel Payno y Guillermo Prieto, con todo y sus méritos y su simpatía, fueron desordenados, oscilantes en sus convicciones, desaliñados en su obra; Francisco Zarco y José María Vigil son perfectos ejemplos del liberal discreto y laborioso. José María Vigil agotó su vida en el periodismo y el magisterio, clasificando y registrando los doscientos mil volúmenes que en su tiempo tenía la Biblioteca Nacional, escribiendo y estudiando, y no alcanzó nunca ni honores ni riqueza. Su obra no tiene proporciones geniales ni fue revolucionaria en ningún concepto, pero aclaró y ordenó muchos conceptos, iluminó valores culturales y abrió el paso para conocimientos importantes y por ello fue una obra útil para nuestra cultura. Es la obra de un sabio y de un patriota.


1. José María Vigil, Estudios sobre literatura mexicana (recopilación, anotación e introducción, Adalberto Navarro Sánchez), 2 vols., Guadalajara, Et Caetera, 1972.

Seudónimos:

  • J.M.V.

Instituciones, distinciones o publicaciones


Academia Mexicana de la Lengua