Enciclopedia de la Literatura en México

Joaquín García Icazbalceta

Ángel Muñoz Fernández 1995 / 29 nov 2017 08:43

Nació en 1825 y murió en 1894 en la Ciudad de México. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Durante la invasión norteamericana peleó en el batallón Victoria. Políglota, impresor y autor de estudios bibliográficos, históricos y literarios. Filólogo y lingüista, fue, según Menéndez Pelayo, el "gran maestro de toda erudición mexicana". En Memorias de la Academia Mexicana publicó Provincialismos mexicanos.

Notas: Algunos de sus primeros trabajos aparecen en el Diccionario Universal de Historia y Geografía (1852-56). Editó y prologó innumerables documentos.

 

Alfonso Reyes 1958 / 17 sep 2017 10:54

[Fue el] “maestro de toda la erudición mexicana”, como lo llamó Menéndez y Pelayo. Traduce y adiciona a Prescott; contribuye al ya citado Diccionario universal de historia y geografía, publica importantes colecciones de documentos, estudios sobre lenguas indígenas, una biografía de Zumárraga, la Bibliografía mexicana del siglo XVI, de las más perfectas y excelentes que posea nación alguna, y que es muchísimo más que una mera bibliografía. Hombre de cuantiosa fortuna, la consagró toda a resucitar la tradición mexicana. Fue autodidacto, porque pisaba terreno virgen, y lo dejó fecundizado con su intensa labor. Aún llegó a contar con imprenta propia para mejor cuidar sus publicaciones. Escribe exactamente la prosa que conviene a sus disciplinas. 

José Luis Martínez 1993 / 01 oct 2017 11:09

Los Escritos infantiles

La presente obra[1] recoge algunos de los escritos infantiles de Joaquín García Icazbalceta, que nos permiten conocer las primeras manifestaciones de la singular personalidad de quien llegaría a ser nuestro más eminente historiógrafo.

Su padre fue don Eusebio García Monasterio,[2] miembro de una familia de cosecheros de vino de las provincias de Rioja y Andalucía, que se trasladó a México con capital y estableció un negocio en ese ramo. Su madre fue doña Ana Ramona Icazbalceta y Musitu, de familia mexicana acomodada, a quien pertenecía la hacienda de Santa Clara Montefalco; los hermanos de doña Ana Ramona poseían las haciendas de Santa Ana Tenango y de San Ignacio Urbieta, en el estado de Morelos, que luego pasarían a ser de don Eusebio.

El décimo hijo de don Eusebio y doña Ana Ramona fue Joaquín. Nació el 21 de agosto de 1825 en la Ciudad de México, en la calle de la Merced número 3, hoy Venustiano Carranza número 135, donde en 1925, centenario del nacimiento de García Icazbalceta, la Academia de la Historia colocó una placa conmemorativa.

Eran aquéllos los primeros azarosos años de la República Mexicana. Gobernaba el primer presidente Guadalupe Victoria. Y en el año del nacimiento de Joaquín ocurriría la capitulación de San Juan de Ulúa, último reducto de la resistencia española, la conspiración del padre Arenas y levantamientos antiespañoles en varios lugares del país.

Las tensiones contra los españoles radicados en México culmina­rían en las leyes que decretaron su expulsión en 1827, en 1829 y en 1833. La segunda medida, del 20 de marzo de 1829, que fue general y sólo exceptuaba a los enfermos, le tocó aplicarla al segundo presi­dente, Vicente Guerrero, quien a pesar de haberse conmovido por los ruegos de las esposas e hijos de los españoles nada pudo hacer contra la ley expedida por el Congreso.

Los García Monasterio tuvieron que partir también en 1829. Los barcos estaban congestionados de refugiados. Encontraron medios para viajar primero a Nueva Orleáns y poco después a Burdeos, donde residieron por algún tiempo. Luego pasaron a Cádiz y don Eusebio volvió al negocio de vinos. La familia permaneció en España hasta 1836, en que reconocido el gobierno de México por la anti­gua metrópoli, se reanudaron las relaciones diplomáticas y los ex­pulsados pudieron volver a su país. Joaquín vivió, pues, en España de sus cuatro a sus once años de edad. Nunca más viajaría fuera de México.

En el apunte autobiográfico que poco antes de 1880 escribió García Icazbalceta para Victoriano Agüeros,[3] anotó: "Nunca he es­tudiado en parte alguna, ni aun he pisado una escuela de primeras letras; nada aproveché tampoco con los maestros que me propor­cionaron mis buenos padres". En los años de su infancia en Cádiz, lo más probable es que la primera enseñanza la recibiera sobre todo de sus padres o de sus hermanos mayores. Su vocación de escritor y de indagador de hechos y circunstancias nació al final de aquel periodo. A partir de 1835 y hasta 1840, de sus diez a sus quince años de edad, comienza Joaquín a escribir pequeños periódicos, diarios y misceláneas de apuntes y observaciones, que prefiguran en cierta manera su vocación de historiador y erudito.

El primer conocimiento directo de uno de estos escritos lo debo a Francisco Giner de los Ríos. En mayo de 1977, en su casa de Atocha, en Madrid, llena de libros y memorias mexicanos, me obsequió El Ruiseñor, número 3, fechado en México, 1836, cuadernito que a su vez se lo había regalado José Porrúa en una Navidad hacia 1951. Prometí entonces a Francisco que daría a conocer esta curiosidad pero antes me propuse indagar si existían otros de estos escritos infantiles de don Joaquín. Sólo logré encontrar los que guarda el doctor Ignacio Bernal, de la estirpe de don Joaquín: un número más, el 6, de El Ruiseñor, sin fecha; El Elefante, número 1, de Cádiz, 1835, y la Miscelánea número 2, sin fecha, que debe ser de 1839-1840. Gracias a su amistad, se reproducen también en la presente obra. No he podido dar con el paradero de otros.

En el apéndice que puso Luis García Pimentel y Elguero al libro de Manuel Guillermo Martínez sobre García Icazbalceta, antes citado,[4] dice que tiene en su poder "muchas hojas en cuarto impresas con versos efusivos para don Eusebio García Monasterio padre de mi abuelo, en el día de su santo y esos versos unos están firmados por don Joaquín y otros por sus hermanos. Todos están impresos por él, y muy bien".

Además, en este libro, don Luis transcribe y reproduce en parte el relato Mes y medio en Chiclana, fechado en Cádiz, 1835, que es probablemente lo primero que conservamos de la pluma de don Joaquín, y reproduce también tres fragmentos de El Ruiseñor —que parece haber sido la publicación infantil más constante del niño Joaquín—: la primera página del manuscrito del número 20, de 1838, un prospecto impreso de México, 1839, y la primera página, impresa del tomo II, número 29, de México, 1840, estos dos últimos quizás los primeros impresos de don Joaquín. Consultado al respecto Felipe Teixidor, de la Editorial Porrúa, editora del libro sobre García Icazbalceta, no tenía indicios del paradero de los cuadernitos de don Joaquín. Agradezco a don José Antonio Pérez Porrúa su permiso para reproducir de esta obra estos textos y grabados. Pregunté tam­bién sobre los originales a la biblioteca de la Universidad de Texas, en Austin; pero no tenían, entre los libros y papeles de García Icaz­balceta que conservan, ninguno de estos cuadernitos.

A pesar de que los escritos infantiles de Joaquín García Icaz­balceta que se reproducen y transcriben en la presente obra sean sólo una parte de los que tenemos noticia que escribió, parecen su­ficientes para darnos cierta idea de sus peculiares inicios literarios.

No es raro que los niños comiencen a escribir obras de imagi­nación o relatos de viaje. Las páginas conocidas del diario de viaje de Cádiz a la cercana población de Chiclana, que escribió Joaquín a los diez años, no es aún ninguna empresa singular, aunque ya comienzan a ser notables las frases breves y precisas y la propiedad de las designaciones.

Aún en España, y a la misma edad, el niño Joaquín compone la revista miscelánea El Elefante, número 1. Preocupado ya con las comillas, decide emplearlas, al contrario de las reglas, para señalar lo propio y no lo copiado de otros. Suyos son pues la presentación del periódico —que no tuvo al parecer continuación—, el artículo sobre el café, la fábula "El gavilán y los dos gallos", la nota sobre el elefante y una charada; y son copiados, probablemente extrac­tados de revistas de la época, los otros textos de El Elefante, que muestran preocupación por dar "placer y utilidad" a sus lectores. Pero en el artículo sobre los "Efectos del hambre" se cita a Plinio y a la memoria de la Academia de Ciencias de 1700, y en la página 13 se confiesa una errata deslizada en el manuscrito dos páginas atrás, que hubiera sido más fácil enmendar. El gusto por las notas al pie de página no lo abandonará desde entonces.

De regreso a México, en 1836, Joaquín olvida al parecer El Elefante y decide emprender una nueva revista, El Ruiseñor, que lle­gará al menos al tomo II, número 29, en junio de 1840. Los primeros números que conocemos completos, el 3 y el 6, son cuadernitos manuscritos tan pequeños que caben en la palma de la mano. Como lo explica su autor en el Prospecto que imprimió en 1839, aumentó el formato, aún como manuscrito, hasta el número 21 y, a partir del número siguiente y hasta el 29, apareció impreso. De los primeros Ruiseñores manuscritos debió hacer dos o tres copias, y de los im­presos algunos más. Según me ha relatado Ignacio Bernal, se contaba que el niño Joaquín era muy insistente en la venta de su revista dentro de la familia y sus allegados; pero ninguno de sus clientes tuvo el cuidado de guardar una colección de ellas, y si lo hizo, ésta desapareció. Porque desde las publicaciones más antiguas que co­nocemos, los precios de venta tienen un lugar importante, y aun aumentan en El Ruiseñor, de un real el número 3, a tres y medio reales el número 6, con sus correspondientes tarifas para suscrip­ción. Pero cuando El Ruiseñor comienza a aparecer impreso, los precios bajan de nuevo a un real, y a uno y medio reales los impresos "en papel más fino".

El contenido de los números conocidos de El Ruiseñor revelan curiosidad y seriedad para explicarse las cosas del mundo, algo extrañas en un niño de once años. Así se forme este contenido con resúmenes de artículos de revistas y haya muy poco de la propia pluma del autor, lo que elige son siempre materias graves, con fre­cuentes alusiones mitológicas y menciones de autores importantes: el sueño, los nombres de los meses del año y de los días de la semana y su origen y explicación de los signos del zodiaco, todo con ilus­traciones. Antes de este último texto, incluyó Joaquín dos compo­siciones sobre el estío y el invierno, una en verso y otra en prosa, de Ignacia García, una de sus hermanas mayores, con el mismo tono circunspecto y culto y las alusiones mitológicas de los escritos de Joaquín, y las insulsas convenciones poéticas de la poesía neo­clásica de la época.

La Miscelánea número 2 es un cuaderno para anotar curiosi­dades que, tanto por algunas de las fechas que consigna como por su letra más cuidada y clara, debe ser de 1839 y 1840. Contiene poesías originales y ajenas, sin mérito: epigramas, charadas, letri­llas, de alguna manera adecuadas al gusto de los niños de entonces. Lo más frecuente son copias de datos y anécdotas al gusto de los almanaques de ayer y de hoy: recursos marítimos y terrestres de las potencias de la época, la deuda inglesa, la firma de Napoleón, esta­dísticas del contenido de la Biblia y de nacimientos y muertes, y la copia de un laborioso y extenso "Catálogo de constelaciones", más otras inserciones menudas.

Estas "variedades" provienen de periódicos ingleses, franceses, es­pañoles y del Diario del Gobierno de México. El niño Joaquín re­gistra, pues, su curiosidad por el mundo de su tiempo, pero es sorprendente advertir que, quien dedicaría su vida al estudio de las fuentes históricas de México, sólo escribe, en estos primeros intentos, dos líneas sobre su país. La única mención que encuentro de un dato relativo a México aparece en el más tardío de sus escritos infantiles, El Ruiseñor, número 29, del 14 de junio de 1840, donde registra el volumen de la acuñación de moneda realizada en México de 1787 a 1822. Acaso pueda pensarse en cierto resentimiento en contra del país que, pocos años antes, había expulsado a los espa­ñoles y a sus hijos, así formaran ya familias mexicanas.

En los años siguientes a 1840 cesan estos escritos infantiles de recreación y curiosidad. Joaquín debió proseguir, en sus años de ju­ventud, su aprendizaje de lenguas. En 1844, publica algunos artícu­los en la revista Liceo Mexicano. Y en 1849 inicia sus estudios his­tóricos con la traducción y apéndice de la Historia de la conquista del Perú, de William H. Prescott.

El niño retraído y solitario, sin escuela ni amigos, sólo rodeado por sus padres y hermanos en un ambiente religioso, grave y labo­rioso, que debió ser Joaquín García Icazbalceta, no concibe otros juegos ni otro humor que los adultos y convencionales de letrillas y charadas literarias ni otra imaginación que la curiosidad. Ni fantasía ni ternura, ni alegría ni rebeldía tienen sitio en su tempe­ramento. Intenta con timidez una poesía de tono moral, que pronto abandona, y desde el principio está obsesionado por el afán de saber y por la urgencia de registrar con orden y claridad lo que aprende del mundo. Cuando escribe a los diez años la presentación de El Elefante apunta ya una persuasión que no lo abandonará: "Bien conozco mi corta capacidad para pensar", "yo no tengo talento", pero "haré lo posible [...] para que todos encuentren en él placer y utilidad". Años más tarde, en una carta dirigida en 1850 a José Fernando Ramírez, escribirá en términos paralelos todo un progra­ma, de orgullosa humildad, de lo que sería su empresa de historiógrafo:

Mas como estoy persuadido de que la mayor desgracia que puede sucederle a un hombre es errar su vocación, procuré acertar con la mía, y hallé que no era la de escribir nada nuevo, sino acopiar materiales para que otros lo hicieran; es decir, allanar el camino para que marche con más rapidez y con menos estor­bos el ingenio a quien está reservada la gloria de escribir la historia de nuestro país. Humilde como es mi destino de peón, me conformo con él y no aspiro a más: quiero sí, desempeñarlo como corresponde, y para ello sólo cuento con tres ventajas: paciencia, perseverancia y juventud.[5]

Además de la curiosidad intelectual, otra de sus aficiones infan­tiles que persistirán en el García Icazbalceta adulto es la del comer­cio. En los periódicos y misceláneas que aquí se publican aparecen artículos sobre derechos de importación y exportación, caminos, ferro­carriles, vapores, la deuda inglesa y la acuñación en México, además de que, desde el principio, estaba convencido de que era preciso recibir una paga por sus publicaciones. En su madurez, el sabio don Joaquín mantuvo una singular alianza entre los trabajos intelec­tuales y la atención de los negocios de sus haciendas azucareras. Sus días normales e imperturbables estaban repartidos entre las letras y los números. Y nunca lo inquietó la dualidad de su vida. Hay testimonios de que fue un hacendado recto, caritativo y generoso, y además, como lo decía a su amigo español Fernández Duro:

"El 'dulce jugo' alimenta a mi familia hace más de siglo y me­dio, por lo cual hay que verle con respeto y atención [...] es mi modus vivendi [...] y el que da para calaveradas literarias como la de la Bibliografía del siglo XVI".[6

El “vocabulario de mexicanismos”

Desalentado en sus últimos años don Joaquín García Icazbalceta por penas familiares y por los ataques que se le hicieron por la cuestión guadalupana, renunció a emprender nuevas investigaciones y publicaciones. Como para llenar, a pesar de todo, con letras sus ocios, desde fines de 1892 comenzó a reunir “cedulitas” para un Vocabulario de provincialismos, como entonces lo llamaba. En sus cartas al doctor Nicolás León, entonces reside en Oaxaca, quedan constancias de las consultas que hacía a su amigo y de las intermitencias de su trabajo en aquel Vocabulario, que seguía “sin propósito de acabarlo ni aun de publicarlo”, apuntaba en carta del 20 de junio de 1893. Y un mes más tarde, añadía:

Ahora estoy muy tranquilo haciendo cedulitas para el Vocabulario para no aburrirme, y sin la menor intención de imprimirlas. Las hago como quien pudiera entretenerse en hacer jaulas o ratoneras. A propósito de eso: me dio V. en una cajetilla de cigarros la equivalencia bobo, pero me falta una descripción sucinta y vulgar de tal pescado, pues no acierto a hacerla.

Y en su última carta conocida al doctor León (del 28 de agosto de 1894), tres meses antes de su muerte, don Joaquín seguía refiriéndose a esta última empresa:

Estoy haciendo con infinito trabajo la letra G del Vocabulario. Ya podría V. ayudarme en los artículos siguientes. Garambullo, Giote (enfermedad), Guamúchil, Guachinango –etimología- descripción del pescado –por qué llaman en Veracruz guachinangos a los arribeños, etc.

Pocas semanas después, en la última carta que escribió a uno de sus corresponsales, dice haber terminado la letra G con la que piensa cerrar el primer tomo de su obra. Cinco años después de la muerte del más sabio de los historiadores mexicanos, su hijo Luis García Pimentel publicó el Vocabulario de mexicanismos hasta donde su autor llegó a terminarlo.

La preocupación de García Icazbalceta por conservar y estudiar el idioma hablado de México se remontaba a años atrás. En el excelente estudio acerca de “Provincialismos mexicanos”, que leyó en una sesión de la Academia Mexicana y se publicó en el tomo III de las Memorias (1886-1891) –reproducido por García Pimentel al frente del presente volumen- , señalaba la urgencia de registrar estos modismos en un diccionario que los conserve antes de que desaparezcan.

La destrucción –escribe- es tan rápida, que los que hemos llegado a edad avanzada podemos recordar perfectamente voces y locuciones que en la época, por desgracia ya lejana, de nuestra niñez eran muy comunes, y hoy han desaparecido por completo.

Si bien don Joaquín sólo alcanzó a disponer para su publicación hasta la letra G, había trabajado ya mucho el resto de la obra. Como es natural en este tipo de tareas, iba acopiando apuntes, papeletas y consultas que hacía a múltiples corresponsales, entre ellos a filólogos hispanoamericanos con los que procuraba establecer las relaciones de los mexicanismos con otros provincialismos. EL doctor Ignacio Bernal conserva, de su ilustre antecesor, una preciosa caja que contiene lo mismo papeletas ya terminadas, tanto de la parte impresa como de la faltante del Vocabulario, que numerosos apuntes en diverso estado de elaboración así como cartas que recibía don Joaquín con informes solicitados.

Pero si él no lograría concluir su trabajo ni pudo ver impresa su primera parte, la empresa proseguiría más de medio siglo más tarde otro filólogo, don Francisco J. Santamaría, miembro también de la Academia Mexicana. Cuando Santamaría ingresó el 2 de abril de 1954 a esta corporación, decía en su discurso que traía un libro bajo el brazo, el Diccionario de mejicanismos (1a. ed. Editorial Porrúa, México, 1959), con el que quería hacer “ofrenda votiva a un nombre excelso e inmortal”, el de don Joaquín. Y precisaba Santamaría que su Diccionario:

Está destinado a continuar hasta la Z el Vocabulario que García Icazbalceta dejó inconcluso hasta la G.

Y añadía que:

Nos ha parecido de elemental e ineludible acatamiento y reverencia a su autoridad, no emprender una obra como trabajo desligado del suyo, sino llevar a término la constitución de su obra misma, reproduciendo desde luego todo aquello que él pudo realizar, para aprovechar más de sus luces a la vez que revivir lo que parece que se va olvidando, ora por lo raro de su libro, cada vez más agotado, ora por la despreocupación o por el poco interés que existe por estas cosas del decir en el común de las gentes.

A pesar, pues, de que la obra trunca de García Icazbalceta corre incorporada –aunque modificadas o modernizadas algunas de sus definiciones- en el Diccionario de mejicanismos, de Santamaría, y por los mismos méritos de autoridad y rareza que este último autor señala, la Academia Mexicana, en ocasión de su centenario, reproduce el original Vocabulario de mexicanismos en homenaje a don Joaquín García Icazbalceta, que fuera uno de los principales animadores de la Academia en sus primeros años y su III Director.

 

1. Joaquín García Icazbalceta, Escritos Infantiles, México, FCE, 1978.

2. La fuente principal para los datos biográficos es: Manuel Guillermo Martínez, Don Joaquín García Icazbalceta. Su lugar en la historiografía mexicana (traducción, notas y apéndice, Luis García Pimentel y Elguero), México, Porrua, 1956.

3. Escritores mexicanos contemporáneos, México, Imprenta de Ignacio Escalante, 1880, p. 41.

4. Op. cit., p. 159.

5. Cartas de Joaquín García Icazbalceta... (compilación y notas, Felipe Teixidor; prólogo, Genaro Estrada), México, Porrúa, 1937, p. 5.

6. Ibid., p. 33.

Seudónimos:

  • F.M.

Instituciones, distinciones o publicaciones


Academia Mexicana de la Lengua