Vicente Riva Palacio


Escritor e historiador. Nieto de Vicente Guerrero. Luchó contra la intervención francesa y el Imperio. Ascendió a General. Participó en múltiples hechos de armas y ocupó los cargos de Ministro de Fomento, Gobernador de los estados de México y Michoacán, Ministro de la Suprema Corte Justicia y Embajador en España.  
Última actualización: 04 de octubre de 2013 a las 11:30

El general Vicente Riva Palacio, naturaleza generosa, también una de las pocas a que se ha concedido la virtud de la gracia, en quien se siente la alegría de escribir, literato de vasta cultura, guerrero de ánimo caballeresco, diplomático elegante que dejó en España un hondo recuerdo, historiador que tuvo a su cargo la dirección de la vasta obra México a través de los siglos, periodista que fundó la célebre hoja satírica El Ahuizote, cuentista de buena cepa (Cuentos del general), crítico singularmente dotado que trazó, entre burlas y veras, una preciosa galería de contemporáneos, Los Ceros por Cero; hombre “florecido de anécdotas en cien decamerones”, influido también como Payno por los géneros episódicos y folletinescos  de Europa (Scott, Sue, Fernández y González), pero muy superior al otro por todos conceptos, cultivó especialmente la novela histórica, ya de asunto moderno (Calvario y Tabor sobre las luchas contra la Intervención y el Imperio), ya de asunto colonial (Martín Garatuza; Monja y casada, virgen y mártir; Las dos emparedadas; Los piratas del Golfo; La vuelta de los muertos; Memorias de un impostor, Don Guillén de Lampart, Rey de México). Era fecundo y vivaz, gran conversador y, en conjunto, una de las figuras más seductoras de nuestras letras.

Última actualización: 14 de junio de 2016 a las 16:50

La poesía de Vicente Riva Palacio (1832-1896) no es menos inte­resante que su obra novelesca, satírica o histórica. Los aciertos que guardan Páginas en verso (México, 1885) y Mis versos (Madrid, 1893), con ser pocos, son de primera calidad. Sus poesías descriptivas, dentro de la corriente iniciada por su correligionario y amigo Alta­mirano, revelan un vivo sentimiento del paisaje y finas dotes im­presionistas. Menos fortuna tuvieron los débiles poemas que llamó "Episodios" en los que se sirvió de asuntos de historia colonial, como los que inspiraban sus novelas, o simplemente legendarios. Intacha­bles, en cambio, son algunos de sus sonetos, como "Al viento", "El Escorial" y "La vejez" cuya elegancia y grave emoción tienen pocos paralelos en nuestra lírica.

Descendiente de Vicente Guerrero, uno de los héroes de la Indepen­dencia, Vicente Riva Palacio (1832-1896) heredó junto con su nombre aquella brillante tradición patriótica. Participó destacada­mente en la lucha contra la intervención y, a la caída del imperio, dispuesto a consagrarse a las letras, abandonó la carrera militar aun­que no la política. Sirvió importantes puestos públicos y expresó con valentía sus opiniones, lo que determinó que fuera encarcelado —allí escribiría algunos de sus mejores versos—. Al final de sus días, repre­sentó dignamente a su patria en Madrid, donde murió, a la edad de sesenta y cuatro años.

José Joaquín Pesado, Ignacio Rodríguez Galván y Mariano Meléndez y Muñoz fueron los primeros cultivadores de la novedad histórica de asunto colonial que se afirmaría definitivamente con las obras de Justo Sierra O'Reilly; pero la madurez y la decadencia de esa rica veta novelesca debe adscribirse al fecundo y versátil escritor que fue Vicente Riva Palacio.

Poeta, dramaturgo, historiador y prosista satírico, el general Riva Palacio debe casi todo su renombre a sus novelas. En su primera obra de esta naturaleza, Calvario y Tabor (México, 1868), narró, con el fácil estilo que lo distingue, sus memorias de la lucha contra la intervención. Pero antes que continuar aprovechando sus recuerdos inmediatos en sus novelas siguientes, volvió los ojos al mundo abiga­rrado y rico de episodios excitantes que le ofrecía el pasado colonial. El ser poseedor de la mejor parte de los archivos de la Inquisición de México, lo impulsó a la empresa y, al mismo tiempo que se informaba para los relatos con que contribuiría en El libro rojo (México, 1871) y para la que habría de ser su historia de El virrei­nato —tomo II de México a través de los siglos (Barcelona-México, 1884-1889), cuya dirección estaba a su cargo—, deteníase en aquellos sucesos que percibía susceptibles de elaboración novelesca. Así fueron apareciendo, primero, las que llama memorias o historias de los tiempos de la Inquisición: Monja y casada, virgen y mártir; Martín Garatuza, continuación de la anterior —ambas publicadas en Méxi­co, 1868—, y Las dos emparedadas (México, 1869). A éstas les sigue una novela de asunto típicamente romántico, Los piratas del Golfo (México, 1869), inspirada, como ha hecho notar Castro Leal, en la narración de un médico holandés, Juan Esquemeling, sobre la vida y aventuras de los bucaneros del siglo XVII. Novelas históricas son igualmente las dos últimas que publica: La vuelta de los muertos (México, 1870) y Memorias de un impostor. Don Guillén de Lampart, rey de México (México, 1872), que cuenta la fantástica vida de este personaje, también relacionado con la Inquisición de la Nueva España.

A pesar del intenso sentido narrativo que poseía Riva Palacio no son sus novelas las mejores obras de su pluma. Frente a los movidos y romancescos episodios que descubría en los legajos de la Inquisición o en los viejos relatos coloniales, lo único que se le ocurría hacer era aumentar, con su viva y fácil imaginación, la natural truculencia de sus fuentes, y luego dosificarla convenientemente en las páginas de sus gruesas novelas. Sabía ciertamente hacerse leer hasta el final, manteniendo siempre suspensa la curiosidad de sus lectores, y sabía también trazar con mano maestra los ambientes de sus acciones, y dejar aquí y allá unos giros o términos arcaizantes que dieran sabor de época a su relato; pero no supo tocar otra cuerda que aquella distintiva precisamente de los narradores folletinescos, la truculencia. Sus caracteres son tan extremosos como acartonados y sus acciones oscilan siempre entre un repertorio tan reducido como largamente experimentado. Y si llegó a encontrar y a expresar algo que consideramos, gracias a él, el tono y el sabor peculiares de una época, pode­mos presumir que acaso la simplificó excesivamente reduciéndola a aquellos rasgos violentos que le ofrecían los procesos de la Inquisición. Ningún artificio o libertad lo arredró. Para adornar innecesariamente una de sus historias, Cuauhtémoc tiene unos lopescos amoríos con una dama española y se expresa en un lenguaje de cómica prosopopeya; en otra de sus novelas, cuya acción se sitúa en 1615, interviene una absurda Sor Juana Inés de la Cruz, de cuarenta y cinco años, cuando sabemos que sólo nacería en 1648, y así sucesivamente. Las novelas de Riva Palacio, excepción hecha de la primera que se refería a hechos directamente conocidos, son pues novelas históricas que si dan por primera vez una imagen expresiva del pasado a que se refieren, muestran un arte limitado y primitivo. Más que novelas históricas, son en rigor novelas folletinescas sobre asuntos históricos. Si aquellos novelistas mexicanos considerados equivocadamente como folletinescos —Inclán y Payno— sobrepasan las reglas del género para ser más bien grandes costumbristas, Riva Palacio, por el contrario, al llevar a la novela histórica mexicana del siglo XIX a su ápice, la llevó también a su disolución hasta convertirla en folletinesca.

Y es que, a pesar de los éxitos que en estas empresas conquistaba, su verdadera maestría sólo se manifestó en sus poesías líricas y en sus escritos satíricos y humorísticos. Sus preciosos Cuentos del general (Madrid, 1896) son considerados con justicia sus mejores creaciones narrativas y algunos de los más hermosos cuentos de nuestro siglo XIX. En los de asunto colonial, da con una discreta y sabrosa ironía que no acertó a expresar en sus novelas; y en todos, muéstrase castizo, gracioso e intencionado siempre y dueño de una sobriedad antes ausente de los frutos de su imaginación.

El escritor satírico que había ejercitado largamente su pluma en las páginas del "Semanario feroz, aunque de buenos instintos", que se llamó El Ahuizote (México, 1874-1876), pudo trazar, en 1882, la incisiva y picante "galería de contemporáneos" que denominó Los ceros y firmó, con más discreción que temor, con el seudónimo de "Cero". Como bien lo percibieron sus lectores y aun los aludidos, aquel libro lograba mantener un equilibrio tan difícil como peligroso. La sátira y la ironía, el tono constante de zumba y desenfado, no caían en ningún caso en la difamación ni en la maledicencia; diríase que respetaba tácitamente el decoro y la calidad de sus personajes y que, al mismo tiempo y con igual medida, los ponía frente a un espejo contrahecho que revelaba con amistosa e inofensiva burla las debilidades y los defectos de aquéllos. El peruano Carlos G. Amézaga, que visitara México unos años más tarde, comparaba Los ceros con un agudo bisturí que cosquilleaba sobre la piel de los retratados, sin herirlos nunca. Y podría pensarse, ciertamente, que con ello mos­traba Riva Palacio su nobleza personal no menos que la calidad literaria de su obra. Sólo en algún caso, como en la estampa de Justo Sierra, parece que una secreta envidia enturbia sus líneas; pero lo común es una ironía cordial e inteligente. Cuando forja pastiches de los estilos de sus modelos es insuperable; y cuando del gracejo pasa a la meditación, es capaz de dejarnos observaciones tan sagaces como ésta que aparece en el capítulo dedicado a Alfredo Bablot y que anticipa con singular precisión conceptos bien conocidos:

El fondo de nuestro carácter —escribe Riva Palacio—, por más que se diga, es profundamente melancólico; el tono menor responde entre nosotros a esa vaguedad, a esa melancolía a que sin querer nos sentimos atraí­dos; desde los cantos de nuestros pastores en las montañas y en las llanuras, hasta las piezas de música que en los salones cautivan nuestra atención y nos conmueven, siempre el tono menor aparece como ilu­minando el alma con una luz crepuscular.

 

 Una superchería del General Riva Palacio


Hacia 1872 el general Vicente Riva Palacio se encontraba en el apogeo de su carrera literaria. A los lauros obtenidos en la milicia con su brillante participación en la lucha contra la intervención fran­cesa y el Imperio de Maximiliano, añadía sus triunfos con la pluma. Había publicado ya seis de sus novelas históricas, Calvario y Tabor, Monja y casada, virgen y mártir y Martín Garatuza, en 1868; Las dos emparedadas y Los piratas del golfo el año siguiente, y La vuelta de los muertos en 1870. Con la colaboración de Manuel Payno, Juan A. Mateos y Rafael Martínez de la Torre, pero redactando él la mayor parte, dio a luz, en 1871, El libro rojo en el que continuaba explotando el rico filón encontrado en los archivos de la Inquisición. Pertenecía a las más importantes corporaciones literarias y colaboraba en los mejores periódicos y revistas de la época. Pero también escribía hermosos versos, ya descriptivos según los modelos nacionalistas que había introducido su amigo y correligionario Ignacio Manuel Alta­mirano, o ya evocadores de sus andanzas guerreras como los romances en que con tanta gallardía describe al "chinaco". Aún no llegaba a la madurez de su expresión poética que alcanzará, años más tarde, cuando en la cárcel de Santiago escribe algunos sonetos de elegante y profunda emoción. Por 1872, a la mitad de su vida —había nacido en 1832— y reciente aún el calor del triunfo, estaba lleno de entu­siasmo, y su gracia y su humor —empleados muchas veces como armas políticas— no le abandonaban.

Del espíritu satírico y bromista del general Riva Palacio se re­cuerdan sobre todo los chispeantes retratos que de algunos de sus contemporáneos hizo en Los ceros, que publicó en México, 1882, con el seudónimo de Cero, así como las estampas satíricas que dejó en sus novelas y en el tomo póstumo en que se reunieron sus Cuentos del general (Madrid, 1896), pero pocos saben cómo el bar­bado y guerrero don Vicente Riva Palacio se convirtió en una delicada y soñadora poetisa.

Desde su fundación en 1850, el Liceo Hidalgo había sido el más importante centro de reunión de los escritores mexicanos de la época, gracias a los esfuerzos de sus dos principales animadores, Francisco Zarco hasta 1869, en que muere, y Altamirano en los años siguientes. Allí se reunían los escritores de renombre para leer sus nuevas pro­ducciones; allí se discutían problemas relacionados con las letras na­cionales y de allí partían los impulsos más significativos en pro del resurgimiento de nuestra expresión literaria.

Una noche del año 1872 celebraba una de sus juntas reglamen­tarias en el Liceo Hidalgo, presidido en esta ocasión por Ignacio Ra­mírez, El Nigromante. Luego de discutir asuntos de poca impor­tancia, los asistentes pasaron a tratar aquel que ocupaba su atención: la aparición, en las páginas del periódico El Imparcial que publicaba Francisco Sosa, el laborioso biógrafo yucateco, de una notable poetisa llamada Rosa Espino. En el concurrido cortejo de las poetisas mexi­canas del siglo XIX la voz de Rosa Espino surgía graciosa y delicada, llena de pasión secreta y dueña de todos los secretos de la lírica. Así lo comprendieron desde el primer momento los socios del Liceo Hi­dalgo y por ello, cuando don Anselmo de la Portilla, escritor de origen español, propuso que se le extendiese diploma de socia honoraria del Liceo a Rosa Espino, haciendo al mismo tiempo un cálido elogio de aquella poetisa que tenía un admirador en cada uno de los liceanos, su proposición fue acordada por aclamación y se comisionó a Sosa, por cuyo conducto Rosa Espino hacía llegar al periódico sus composiciones, para entregárselo junto con las felicitaciones de la corporación. Satisfecho por su oportuna sugestión, de la Portilla, dirigiéndose a Riva Palacio que se encontraba presente, acaso con una expresión un tanto escéptica, concluyó el elogio de la poetisa con estas palabras: "Para escribir como Rosa Espino escribe, se nece­sita tener alma de mujer, y de mujer virgen. Esa ternura y ese senti­miento no los expresa así jamás un hombre". El general Riva Pa­lacio, ante tan persuasiva afirmación, inclinó cortésmente la cabeza como mostrando su acuerdo ante el consenso de la reunión que se disolvió complacida por aquel acto de justicia que acababa de con­sumar.

Los versos de la poetisa adquirieron desde entonces mayor cele­bridad. No sólo eran leídos y comentados con entusiasmo y reprodu­cidos por la prensa de la capital y de los estados cuantos aparecían en El Imparcial, sino que aun hubo poetas que, enamorados de la hechicera mujer que transparentaban aquellos dulces cantos, dedi­cábanle los suyos con muestras de rendida admiración. Tres años después, en 1875, apareció un volumen intitulado Flores del alma, con prólogo de Sosa, en el que se reunían los romances, apólogos y cantares de Rosa Espino. La edición pronto fue agotada y el prestigio de su autora fue acatado aun por los más renuentes críticos.

Llego un día, sin embargo, en que aquella admiración se trocó en sorpresa. Un secreto, celosamente guardado por unos cuantos, al fin se hizo público, y entonces los más perspicaces conocedores de las letras mexicanas tuvieron que confesarse víctimas de sutil engaño. La verdad sobre aquella graciosa superchería literaria que, si tiene paralelos en otros países, en el nuestro era verdaderamente excepcio­nal, la descubrirá, en 1885, Francisco Sosa, en su "Prólogo" a las Páginas en verso de Riva Palacio.

En los números dominicales de El Imparcial, cuenta Sosa, si­guiendo la costumbre establecida, reuníanse piezas literarias de escri­tores nacionales y extranjeros pero faltaba una poetisa que pusiera un toque de gracia en el conjunto. Antes que buscarla entre las muy numerosas que existieron en nuestro siglo XIX, los redactores de El Imparcial decidieron inventarla y nadie les pareció mejor para que compusiera las poesías que debería firmar Rosa Espino que el general Riva Palacio. Lo hizo con tal acierto que provocó la "sen­sación" que antes se ha descrito y aun los más encarnizados enemigos del general celebraron con entusiasmo la belleza de los poemas de Rosa Espino. Riva Palacio conservó el secreto mientras fue posible, pero, al divulgarse, no tuvo inconveniente en reconocer por suyos a algunos de aquellos hijos fraudulentos. En las mismas Páginas en verso las composiciones intituladas "Mi ventura", "La huérfana" y "Celos" llevan todavía al calce la firma femenina con que apare­cieron por primera vez; en otras, en cambio, originariamente de Rosa Espino, se ha omitido aquella atribución adoptándolas defi­nitivamente, aun en el volumen Mis versos (Madrid, 1893) en que su producción poética de juventud aparece seleccionada junto a poemas recientes.

Tal es la historia de cómo el general don Vicente Riva Palacio convirtióse en una soñadora poetisa.



Última actualización: 14 de junio de 2016 a las 17:00

Seudónimos:

  • Cero
  • Rosa Espino
  • El General
  • Juan de Jarras
  • Leporello
  • R.E.
  • R.P.
  • V.R.P.
  • Vicente

Catálogo de seudónimos, anagramas, iniciales y otros alias usados por escritores mexicanos y extranjeros que han publicado en México, de María del Carmen Ruiz Casañeda y Sergio Márquez Acevedo (México: Universidad Nacional Autónoma de México / Instituto de Investigaciones Bibliográficas [Instrumenta Bibliographica; 6], 2000).

VIDEO


AUDIO

 
 
  • Vicente Riva Palacio y Juan de Dios Peza. Tradiciones y leyendas mexicanas

    Editorial: UNAM / CONACULTA
    Lectura a cargo de: Guillermo Henry
    Estudio de grabación: Radio UNAM
    Dirección: Eduardo Ruiz Saviñón
    Operación y postproducción: Francisco Mejía
    Año de grabación: 2009
    Género: Narrativa
    Temas: Juan de Dios Peza (1852-1910) fue un destacado poeta mexicano. Médico de profesión, ejerció cargos como el de secretario de la legación de México en España, al lado de Vicente Riva Palacio (1832-1896), periodista liberal, con quien en 1885 publicaría Tradiciones y leyendas mexicanas, compendio del cual se han extraído los títulos que a continuación presentamos. Escritas en verso, “Don Juan Manuel”, “La mujer herrada” y “La Llorona” refieren escenas provenientes de la tradición oral, acaecidas en las rumorosas calles de la Nueva España. D.R. © UNAM 2009
  • Memorias de un impostor

    Producción:  Radio Educación
    Productor: Alejandro Ortiz Padilla
    Guion: Carmen Limón
    Música: Vicente Morales
    Género: Radionovela
    Temas: Literatura. Novela mexicana. Historia de México. Época colonial.
    Participantes:
    Actuación: Diana Bracho, Jorge Humberto Robles, José Moreno Cacique, Olga Romero, María Elena Mondragón, Violet Gabriel, Ricardo Robles, Fernando Lugo, et al. Efectos Físicos: Manuel Cabrera, Antonio Guadarrama. Dirección artística: Carlos Castaño.
    Fecha de producción: 1981
    Duración de la serie: 09:16 hrs.



 
 
Fondo Casasola ca. 1890
Fondo Casasola ca. 1890

Vicente Riva Palacio

1832
Ciudad de México
1896
Madrid, España

Obra en dominio público
Puede incluir obras con registro de perpetuidad

Derecho de autormostrar

Decreto sobre propiedad literaria del 3 de diciembre de 1846

Código Civil de 1884


OBRA PUBLICADA


BIBLIOGRAFÍA RELACIONADA