La poesía épica en la Nueva España (siglo XVI)

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Los siglos XVI, XVII y XVIII en Hispanoamérica van a presenciar el florecimiento de un género: la poesía épica que, como la crónica y el teatro misionero, es el producto literario del encuentro entre el Viejo y el Nuevo Mundo. A las pretensiones artísticas, el poema épico va a sumar frecuentemente, en el XVI y el XVII, la intención pragmática que lo convertirá, llegado el caso, en una larga relación de méritos del autor, o de sus amigos. Como la crónica, la épica dejará constancia del asombro del conquistador ante las maravillas de las nuevas tierras. Y a diferencia de la crónica, el poema épico organizará sus estrofas de ocho versos endecasílabos, en torno a lo individual, el héroe: Hernán Cortés, García Hurtado de Mendoza, o Francisco Pizarro. O lo colectivo: araucanos y españoles en Alonso de Ercilla y Zúñiga; españoles, en Juan de Castellanos. La épica colonial es, en estos siglos, el género que corresponde a un momento histórico en que España dominaba al mundo, y sus capitanes encarnaban el ideal del caballero heroico. Las pervivencias dieciochescas del género serán el esfuerzo desesperado por mantener viva esa imagen.

La poesía épica se cultiva en España desde el siglo V, a partir de la conquista de los visigodos. Los autores anónimos abordaban, dentro de una narración heroica en verso, el tema de la "persecución del honor a través del riesgo". Dos vertientes van a distinguirse: épica heroica, dirigida a un público popular (Cantar de Mío Cid, Siete infantes de Lara, Poema de Fernán González), y épica culta (Libro de Alexandre), destinada a un público restringido e inspirada en Virgilio. El género —poemas anónimos, posiblemente obra de juglares que escribían en el momento de suceder los acontecimientos narrados— tiende a decaer en el siglo XV (Deyermond, pp. 65-101).

Será la épica italiana representada por las obras de Ludovico Ariosto (Orlando furioso, publicada en 1516), Matteo Boyardo (Orlando enamorado, traducido al castellano en 1555), y Torcuato Tasso (La Jerusalén libertada, traducida hacia 1585), la que en España va a dar lugar a una épica culta nueva, más acorde con las tendencias renacentistas y los preceptos clásicos de Aristóteles, Homero, Horacio y Virgilio, que con la tradición medieval. Las diecinueve ediciones del Orlando furioso, traducido por Jerónimo de Urrea en 1549, debieron ser leídas con la misma avidez que la versión al castellano de La Eneida de Virgilio, de Gregorio Hernández de Velasco (catorce ediciones a partir de 1555) por hombres cultos y medianamente letrados. Se ha hablado de reminiscencias ariostescas en las Églogas de Garcilaso, ya entre 1533 y 1536 (Chevalier, pp. 61-70). Y la publicación de La segunda parte de Orlando de Nicolás Espinosa, aparecida en 1555, vendrá a confirmar la popularidad en España del poema de Ariosto. Al Orlando furioso, la épica hispánica (y por extensión la colonial) debe el elemento caballeresco maravilloso, el retrato femenino idealizado, y ocasionalmente, el tema pastoril. La Farsalia de Lucano, traducida al castellano tempranamente, en 1520, dejará igualmente su impronta en la épica en lengua española.

Parafraseando la definición de Frank Pierce, cabría decir que los poemas épicos son obras narrativas, con uno o varios héroes, distribuidas en más de un canto, que desarrollan sus temas con los procedimientos de la épica antigua o la contemporánea italiana (p. 264). Se escriben en "ottava rima" (octavas reales con versos de once sílabas), el metro de Ariosto y Boyardo, que inauguraron en España Juan Boscán y Garcilaso de la Vega. De acuerdo con los preceptos de Aristóteles, el poema épico representará una acción heroica; el argumento deberá girar en torno a un solo hombre; deberá dejar campo a lo maravilloso sin apartarse del principio de verosimilitud; retratará el triunfo final del héroe, y deberá, a un tiempo, divertir e instruir (Pierce, pp. 13-14).

Paralelamente a una épica en la que el héroe es un personaje histórico, que asume como tema un episodio de la conquista de América, existirá la épica de asunto religioso, o épica sagrada. Cristo, la virgen María o algún santo, ocuparán el lugar que en la épica profana corresponde al conquistador valeroso, al capitán esforzado. Existirá, igualmente, una épica en latín que, tanto en la península como en América, se desarrollará paralelamente a la épica en castellano, y cuyo argumento será, ya la vida de un santo famoso, ya algún hecho histórico sobresaliente.

La épica colonial es aquella que por tratar el tema de la conquista, por el lugar de nacimiento del autor, el lugar de redacción, o el de publicación de la obra, está vinculada a América en los siglos de la dominación española, del XVI al XVIII.

En la segunda mitad del siglo XVI se escribe en México el primer poema de los que constituirán el llamado "ciclo cortesiano". Integrado en torno a la figura carismática de Hernán Cortés, el ciclo encontrará sus mejores exponentes en esa centuria y la siguiente. Francisco de Terrazas, hijo del mayordomo de Cortés, nacido antes de 1550, perteneciente a la primera generación criolla, y poeta al itálico modo, celebrado por Miguel de Cervantes Saavedra en El canto de Calíope, redactó un poema épico que se titularía Nuevo Mundo y conquista. Aparentemente no logró concluirlo, y los fragmentos que conocemos provienen de la obra de otro criollo ilustre, Baltasar Dorantes de Carranza, quien los reprodujo en su Sumaria relación de las cosas de la Nueva España (México, 1612). Carentes de una secuencia predeterminada, los cantos del poema, que no llevan título o numeración, relatan episodios del inicio de la conquista de México. El escenario es la costa sur del Golfo de México; los personajes, Quetzal, Huitzel, Jerónimo de Aguilar, el cacique Canetabo, el propio Cortés y otros muchos. No hay exordio formal con invocación a las musas o a la virgen, como en otros poemas. Tan sólo una lacónica declaración: "sólo diré de paso lo forzoso". Carente de la grandilocuencia enfática característica de la épica, el poema posee, en cambio, un lirismo tierno, una suavidad expresiva que revela al autor de excelentes sonetos al modo petrarquista del cancionero Flores de baria poesía. A lo largo de veintiún cantos se configura la imagen contradictoria del conquistador, a quien Terrazas acusa de haber sido poco favorable hacia sus soldados. Se escucha la voz del criollo resentido que también increpará a su tierra, México: "madrastra nos has sido rigurosa/ y dulce madre pía a los extraños...". El tono reclamatorio alterna con la añoranza de los tiempos idos (que recuerda al Jorge Manrique de las Coplas), y con un sentido mesiánico de la conquista, patente en los cantos ocho y nueve. En conjunto, el poema da la impresión de una narración desordenada, inconexa, por lo que pensamos que Dorantes de Carranza pudo haber publicado solamente aquellos cantos que sirvieran a sus propósitos personales de reivindicación criolla, dejando en el tintero, quizá, otros que no cuadraban a sus intenciones del momento y que, por ello, se han perdido. Wogan ha señalado parentescos temáticos y textuales entre Terrazas y Ercilla, del cual el poeta novohispano parece haber sido lector asiduo (p. 371). Se desconoce la fecha exacta de la muerte de Terrazas, que debió ocurrir en los primeros años del siglo XVII, ya que en su Relación... Dorantes lo menciona como vivo.

Ejemplo de poema épico dentro del ciclo cortesiano, escrito por encargo, es el Cortés valeroso, redactado entre 1582 y 1584 por Gabriel Lobo Lasso de la Vega a instancias de Martín Cortés, segundo marqués del Valle de Oaxaca, e hijo del conquistador. Lasso de la Vega había nacido alrededor de 1558, en Madrid, y morirá en 1615. Señala José Amor y Vázquez que pudo haberle servido de estímulo el borrador inédito del Nuevo Mundo y conquista, de Terrazas (p. XVII). Contiene en total 1 115 octavas repartidas en doce cantos que van de la relación del linaje de Cortés y la llegada de éste a Cozumel, hasta la entrada de Cortés en Cholula, el episodio de Gualca y Alvarado, y el recibimiento de Cortés por Moctezuma. Las fuentes históricas del poema son varias: Francisco López de Gómara, Luis de Zapata, en algunos cantos de su poema épico Carlo famoso (1569); Ercilla, Jerónimo de Zurita, Pedro Mexía, Gonzalo Fernández de Oviedo, entre otras.

Al querer enaltecer al conquistador, Lasso de la Vega configura un Cortés magnánimo, ecuánime, esforzado, hábil y persuasivo. Llega incluso a justificar los fraudes que se achacaron a Cortés en versos que traducen la exagerada lealtad del autor hacia su mecenas, Martín Cortés. Como en otros poemas épicos, las largas listas de nombres de soldados y la mención de sus hazañas responden a la intención de lograr el reconocimiento de servicios por la corona. Por otro lado, son importantes los episodios novelescos, en los que aparece la bella indígena Claudina, y el de la apoteosis de Cortés, en el canto X, así como el XII, en que el dios Tezcatlipoca visita la casa de la Envidia.

Ocho años después, en 1594, Lasso de la Vega publicó la Mexicana. Dedicada a Fernando Cortés, hijo de don Martín, y nieto del conquistador, cubre los mismos hechos y el mismo lapso que el Cortés valeroso. Tiene 1 682 octavas, repartidas en veinticinco cantos y entre las aprobaciones figura la de Ercilla, y un soneto de Francisco de Aldana. Se puede detectar la influencia de Luis de Camoens, cuyo poema épico Los Lusiadas había sido traducido al castellano en 1580 en dos versiones, la de Benito Caldera, publicada en Alcalá de Henares, y la de Luis Gómez de Tapia, impresa en Salamanca, y que como los autores épicos italianos, era ávidamente leído por los españoles. El canto XI "Sueño de Cortés sobre la batalla en el río Tabasco" parece conjugar la mencionada influencia de Camoens, la de algún pasaje de la Diana enamorada de Gaspar Gil Polo, y más atrás, de La Eneida de Virgilio. Vale la pena destacar dentro del conjunto de la obra el canto XXIV, una briosa y colorida descripción de la retirada de los españoles en la "Noche Triste". Revela las fuertes dotes imaginativas del autor, que describe la refriega como testigo presencial. Hasta donde se sabe, Lasso de la Vega no viajó a América. Compuso también Primera parte del romancero y tragedias (1587) y Manojuelo de romances nuevos... (1601; 1603).

En 1599, aparecía en Madrid la cuarta obra del ciclo cortesiano perteneciente al siglo XVI. Ésta es El peregrino indiano de Antonio de Saavedra y Guzmán. Sabemos que el autor fue bisnieto del conde de Castelar, y que nació en México. Baltasar Dorantes de Carranza lo menciona en varias partes de su Sumaria relación... junto con Terrazas, y el sevillano Mateo Rosas de Oquendo, por lo que pensamos que participaría en alguna eventual tertulia literaria, y que muy posiblemente formaría parte del grupo de criollos resentidos con la corona española. Así permite hacerlo suponer el que haya escogido la figura de Cortés como protagonista de su poema. Cortés podía fácilmente constituirse en el baluarte que amparaba a una generación criolla deseosa de "alzarse con la tierra", y a la cual su hijo Martín pretendió acaudillar durante su estancia en la Nueva España mediante una conjura fallida, en la segunda mitad del XVI. De Saavedra y Guzmán dice el bibliógrafo Beristáin de Souza:


Se dedicó al estudio de las bellas letras, especialmente de la poesía e historia, y en la de su país añadió el auxilio de la lengua mexicana, que supo con perfección. Estuvo casado con una hija de Jorge de Alvarado, otro de los capitanes de Cortés y hermano del famoso Pedro, fundador de Guatemala. Pasóse a España a fines del siglo XVI, y en setenta días de su navegación compuso con los materiales que había acopiado en siete años, la siguiente obra: El peregrino indiano... (p. 325).


Además de las aprobaciones y licencias de rigor, la obra lleva sonetos laudatorios de Vicente Espinel, Juan de Tarsis y Peralta, Conde de Villamediana; Lope de Vega, y Miguel Iranzo, emparentado quizás con el Iranzo, poeta de las Flores de baria poesía. El poema se desarrolla en veinte cantos de los cuales el primero trata de la salida de Cortés de Cuba con su armada, y vicisitudes del viaje, y concluye con el sitio de Tenochtitlan y prisión de Cuauhtémoc. En el canto III cuenta lo que sucedió a Jerónimo de Aguilar, cautivo de los naturales desde mucho antes de la llegada de Cortés; en el X describe México, la entrada de Cortés a Tenochtitlan y la prisión de Moctezuma; en el XIII se refiere a diversas batallas, y el elemento maravilloso se insinúa en un sueño de Cortés; y en el XV relata el episodio de la Noche Triste, la batalla de Otumba y la llegada de los españoles a Tlaxcala. Wogan ha señalado la influencia de Ercilla en el elogio de los indios; en la repetición de personajes arquetípicos (el sabio viejo, el caudillo, el joven belicoso), y en el manejo del retrato femenino (pp. 372-373). Importante por configurar un eslabón más de la cadena de poemas sobre el conquistador de México, la obra de Saavedra y Guzmán ha sido reeditada modernamente. Un ejemplar de esta curiosidad bibliográfica se halla en la New York Public Library.

Autor de un poema épico, Historia de la Nueva México, Gaspar Pérez de Villagrá, nace en Puebla de los Ángeles en 1555, se gradúa de bachiller en la Universidad de Salamanca y es nombrado, en 1596, procurador general del ejército que había de intentar la conquista de la Nueva México. Sirvió al rey durante treinta años, y José Toribio Medina resume su biografía diciendo:


En 1605 rindió información de sus servicios en Guadalajara, en Nueva España. De allí se vino a la península hallándose cinco años de pretendiente en la corte, y hubo de regresar a México para responder a la acusación que se le hizo de haber dado muerte al capitán Pablo de Aguilar... Volvió otra vez a España con su mujer, Catalina de Sotomayor, y cinco hijos... Obtuvo en 1619 que se le hiciese merced de la Alcaldía de los Suchitepequis, a cuyo efecto se embarcó nuevamente, pero falleció a bordo durante la travesía, el 20 de septiembre de 1620 (II, p. 107).


Dos cartas, exhumadas por Ernesto Mejía Sánchez, en las que Villagrá acusa ante el Tribunal del Santo Oficio a Francisco de Porres Farfán, cura de Sombrerete, en Zacatecas, lo muestran como hombre instruido; pero ambicioso y arrogante, dado a la delación y a la intriga, exigente en cuestiones de pureza de sangre, y obsesionado por dar caza a la herejía y al judaísmo, a los que en alguna parte de su poema califica de "peste y cáncer". En resumen, un típico exponente de la intolerancia de la época (pp. 7-21). El reverso de esta personalidad poco simpática se proyecta en su poema Historia de la Nueva México (History of New Mexico, Los Ángeles, 1933), impreso en Alcalá en 1610, y dedicado a Felipe III, que lo resarce como poeta de mérito, conocedor de las modas y los metros italianos, y amigo de escritores conocidos: el maestro Espinel, el doctor Cetina (diferente de Gutierre de Cetina, poeta al itálico modo), Luis Tribaldos de Toledo, y doña Bernarda Liñán. La mayor parte de los poemas laudatorios están dirigidos conjuntamente a Villagrá y a Juan de Oñate, conquistador de Nuevo México y protagonista del poema. Compuesto por 34 cantos, en el primero, dentro del exordio, el autor declara el argumento del poema. A lo largo de la obra se referirá al descubrimiento de los territorios que se llamarían luego Nuevo México; a la exploración del Río del Norte; a escaramuzas con los indios; a vicisitudes que ocurrieron a Polca, Milco y Mompel, indios bárbaros; a las penalidades que pasan los soldados españoles y la mala correspondencia por sus servicios; las discordias entre los indios acomeses; la muerte de los guerreros Zutacapan, Tempal y Cotumbo, y la victoria final del gobernador Juan de Oñate. Los paralelismos con La Araucana (una retórica rimbombante, historias de los amantes indígenas, idealización de la mujer) han sido señalados por Wogan (p. 374), así como el presunto parentesco de Villagrá con el Villagrán, personaje de Ercilla.

En un género como el de la poesía épica, en el que la vida del autor y su obra están íntimamente entremezclados al punto de ser casi uno y lo mismo (Ercilla, Castellanos, Pérez de Villagrá, Barco Centenera) parecería que un poema de carácter fantástico, en el que el héroe es un caballero andante, y el escenario, el amplísimo trasmundo de las novelas de caballería, poca relación guarda con su autor, un doctor en teología, clérigo en la provincia mexicana, abad y arzobispo en las islas del Caribe. Sin embargo, El Bernardo, poema épico de Bernardo de Balbuena tendrá más coincidencias con éste de las que se podría pensar.

Noticias sobre Balbuena proporcionó Quintana en la introducción a su Musa épica, y en la advertencia al tomo XVII de la Colección de Autores Españoles de Rivadeneira, en el cual se reprodujo El Bernardo. Se ocuparon también de él Gallardo, Beristáin y Souza, y Medina. Las biografías más completas de Balbuena se deben a John van Horne y José Rojas Garcidueñas en 1940 y 1958, respectivamente, aunque el segundo incorpore escasos datos sobre el poeta en Puerto Rico. Según Rojas Garcidueñas puede afirmarse que Bernardo de Balbuena nació en Valdepeñas (España) hacia 1562, de la unión libre de Bernardo de Balbuena con Francisca Sánchez de Velasco. Llega a la Nueva España a los dos años de edad, llevado por su padre, miembro de la Audiencia de Nueva Galicia. Hacia 1580 estudia en la ciudad de México, hasta donde se sabe, teología en la Universidad. En 1585, 1586 y 1590 es premiado en certámenes literarios convocados por motivos religiosos o para celebrar la llegada a México de virreyes.

De capellán de la Audiencia de Nueva Galicia pasa, en 1592, a ocupar el curato de San Pedro Lagunillas. Se ha dicho que los diez años siguientes serán los más fructíferos en cuanto a su carrera literaria. Es posible que entonces haya corregido y pulido Siglos de Oro en las selvas de Erifile, escrito con anterioridad, y haya compuesto El Bernardo. En 1603 redacta la Grandeza mexicana, a petición de doña Isabel de Tobar y Guzmán, amiga de juventud, quien quería saber cómo era la ciudad de México. Deseoso de hacer carrera eclesiástica, y al no obtener respuesta a su solicitud insistente de una canonjía en México o Tlaxcala, decide ir a solicitarla directamente a la metrópoli. A mediados de 1601 se embarca para España. Allí obtendrá el grado de doctor en la Universidad de Sigüenza, verá publicada su novela pastoril Siglos de Oro..., y se dedicará a "pretender" un puesto de importancia. En 1608 es electo abad de Jamaica, hacia donde partirá en 1610. Diez años permanecerá en esta isla, solicitando siempre ser trasladado, con una más alta dignidad, a México o a Lima. En 1619 se le confiere el obispado de Puerto Rico. En 1622 deja la abadía de Jamaica, viaja hasta Santo Domingo para asistir al Concilio Provincial, y permanece allí cerca de diez meses. En 1623 se traslada a Puerto Rico, en donde permanecerá hasta su muerte, el 11 de octubre de 1627. En 1624 había aparecido publicada, finalmente, su obra preferida, El Bernardo, o Victoria de Roncesvalles. Y en 1625 había sufrido uno de los contratiempos más grandes de su vida: la devastación del palacio arzobispal y la quema de su biblioteca por los corsarios holandeses comandados por Bodouyno Enrico. Se perdieron quizá también en el saqueo varias obras inéditas, de las que no se ha encontrado huella.

Junto a la ambición evidente de Balbuena hay que destacar su "mucha cristiandad, virtud y letras". Sus comentarios respecto a Puerto Rico dan impresión de magnanimidad. De los caballeros opinaba:


Los ciudadanos del estado de caballeros que en esta ciudad hay, muchos son de calidad conocida aunque pobres, por no ser la tierra de más substancia. Se tratan con superflua pompa, con buen lustre y autoridad en sus personas, acuden bien a sus obligaciones, y en las del divino culto se extreman notablemente... (Antonio Cuesta Mendoza, pp. 115-116).


Y aunque se le atribuye una décima punzante: "Aquí están los blasones de Castilla/ —en pocas casas muchos caballeros,/ todos tratantes en gengibre y cueros—/ los Mendozas, Guzmanes y el Padilla" (p. 116), su juicio respecto al gobernador Juan de Vargas, refleja benevolencia: "El caso de Juan de Vargas es típico. Constantemente preocupado por la suerte de los puertorriqueños [...] no dudó en defraudar a la real hacienda y meter en la isla más esclavos de los permitidos, cuando hacían verdadera falta. ¿Debemos censurarlo?" (VilaVilar, p. 79).

Por lo que toca a El Bernardo, si es que Balbuena lo compuso hacia 1595, se convirtió en una especie de bitácora de vida, que al no ser publicado en los dos primeros intentos, en 1608 y 1615, fue incorporando en sucesivos retoques los avatares del autor. Mucho de él hay en el poema épico. Proyección personal al escoger a un personaje legendario —Bernardo del Carpio— que lleva su nombre y el de su padre, y que como él, era bastardo. Presencia de México en alusiones al paisaje ("El gran volcán de Xala, monstruo horrible,/ [...] de clara antorcha sirve a lo que escribo.") Retrato de los marineros de la flota que lo lleva a España en 1606. Transfiguración de Viso del Marqués, lugar donde nació su padre cercano a Sierra Morena, en el paisaje heroico del mago Malgesí, en el canto XVI. Y algunos episodios de la vida de Balbuena parecerán corresponder a un contexto fantástico. Por ejemplo, los viajes alucinantes que realiza entre Santo Domingo y Puerto Rico, con un séquito de cinco personas, la biblioteca a cuestas, por pantanos insalubres y montañas ignotas. O la reclusión forzada durante diez años en una isla remota, y la noción de ser víctima de una voluntad mágica, que se hace explícita en la dedicatoria de El Bernardo: "Ahora su autor, que puede decir que ha salido de nuevo al mundo de las soledades de Jamaica, donde este tiempo estuvo como encantado..." Y más biografía entrelazada con la literatura se encontraría en el poema si alguien se propusiera rastrearla. Pareciera que el sino de El Bernardo fue el de convertirse en libro tutelar del autor, que lo acompaña inédito casi durante toda su vida, y llega a la imprenta en 1624, justo a tiempo para no desaparecer en manos del vandálico Boudoyno Enrico. Una obra itinerante, como su autor, a lo largo de la geografía maravillosa de México, España y el Caribe.

Dedicado a don Francisco Fernández de Castro, conde de Lemos, el poema contiene 24 libros, cada uno de los cuales va rematado por una alegoría. Epopeya fantástica, en términos de Marcelino Menéndez y Pelayo, recrea, a través de una multitud de personajes, el mundo de la épica tradicional (Bernardo del Carpio, Carlomagno, Don Gayferos, Conde de Saldaña), de la novela de caballería (Hada Alcina, Morgante, Malgesí), e introduce lo propiamente mexicano en el libro decimonono al relatar el sabio TIascalán las hazañas de Hernán Cortés en el Nuevo Mundo. Hay idealización del paisaje, cosificación de la naturaleza: "Árboles rojos de coral preciado" y alternancia de paradigmas femeninos: hermosas doncellas (Angélica y Florinda), y arpías repugnantes (Arleta), más el consabido séquito de hadas y encantadoras: Alcina, Morgana, Iberia. No faltan, por supuesto, las armas mágicas (espada Belisarda), y el agua milagrosa que proviene de la Fuente de las Maravillas. La imaginería del trasmundo que campeaba en la épica italiana del Renacimiento, que pasa a la novela pastoril peninsular, se va a fusionar con las reminiscencias de Virgilio y las presencias caballerescas para hacer de este poema heroico, en opinión de Menéndez y Pelayo, la principal epopeya fantástica compuesta en suelo americano.

Contemplada a la distancia de cuatro siglos, la poesía épica novohispana en el siglo XVI se percibe articulada sobre dos ejes. Uno, el de las influencias: la épica renacentista italiana (Ariosto, Boyardo, Tasso), y la épica castellana, evidentes en el Bernardo. Otro, el eje propiamente histórico, determinado por la conquista y sus personajes, que se expresa en las obras cortesianas de Terrazas, Saavedra y Guzmán, Lobo Lasso de la Vega, y Pérez de Villagrá. El segundo encontrará su prolongación en los autores épicos del siglo XVII: Francisco Ruiz de León, mexicano, y su Hernandía ( 1755); Juan de Escoiquiz, español, y México conquistada (1798). Una veta de poesía épica sagrada se desprenderá del poema ignaciano de Luis de Belmonte Bermúdez, Vida del Padre Ignacio de Loyola, publicado en México en 1609, para continuar en el Oriental planeta evangélico (1700) epopeya sacropanegírica dedicada al apóstol de las Indias, san Francisco Javier, de Carlos de Sigüenza y Góngora, y rematar en la épica sagrada, hagiográfica y mariana, de Miguel Reyna Zevallos (La elocuencia del silencio, 1738), y Antonio de Escobar y Mendoza (Nueva Jerusalén María Señora, reimpreso en 1759), entre otros. La poesía épica del XVI quedará así como el tronco del cual brotarán las ramas que proyectarán su sombra sobre tres siglos de vida, y literatura, novohispanas.


Margarita Peña

Universidad Nacional Autónoma de México


 

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Fuentes primarias


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Escobar y Mendoza, Antonio, Nueva Jerusalén María Señora, poema heroyco. Parte, segunda, México, Imprenta de la Biblioteca Mexicana, 1759. Relación de la vida, virtudes y prodigios de la virgen María. En Lilly Library, Indiana University; JCBL/BU. Microfilm en Biblioteca Regional del Caribe, Universidad de Puerto Rico, Río Piedras.

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Rojas Garcidueñas, José, Bernardo de Balbuena. La vida y la obra, Instituto de Investigaciones Estéticas, México, Universidad Nacional Autónoma de México, 1958 (Estudios de Literatura). Biografía de Balbuena y análisis crítico de sus obras.

Vila Vilar, Enriqueta, Historia de Puerto Rico (1600-1650), Francisco Morales Padrón (prol.), Sevilla, Escuela de Estudios Hispanoamericanos, 1974. Contiene referencias a B. de Balbuena.

Wogan, Daniel, "Ercilla y la poesía mexicana", en Revista Iberoamericana, vol. III, núm. 6, 1941. Rastrea influencias ercilianas en la épica mexicana de los siglos XVI a XIX.

 

Estética
La poesía épica en la Nueva España (siglo XVI)

BIBLIOGRAFÍA RELACIONADA