Enciclopedia de la Literatura en México

El despertar de la lingüística y la filología mesoamericanas: gramáticas, diccionarios y libros religiosos del siglo XVI


1900 / 19 sep 2017 08:21

mostrar [Introducción]

El año en que Antonio de Nebrija publicó su famosa Gramática castellana, que revolucionó la lingüística del Renacimiento, un acontecimiento trascendental cambió la historia del hombre; me refiero al encuentro de un orbe nuevo en el que existía un universo lingüístico inconmensurable. Nunca los gramáticos grecolatinos ni los lingüistas escolásticos medievales hubieran podido imaginar aquella riqueza y diversidad de lenguas, donde el relato de la Torre de Babel se quedaba pequeño ante la tangible realidad. El propio Nebrija, quien al redactar el prólogo de su citada Gramática castellana, definió a ésta como "lengua compañera del imperio", seguramente no imaginó que la lengua que él por primera vez acababa de reducir "debaxo de arte", se extendería por el mundo recién descubierto. Menos aún pudo pensar que muchas de las lenguas de aquel nuevo universo vivirían para siempre y que muy pronto serían codificadas con la ayuda de sus trabajos gramaticales y lexicográficos. Si hubiera imaginado el porvenir de las nuevas lenguas; si hubiera intuido que sus ideas lingüísticas servirían de puente de comprensión entre las lenguas amerindias y el español, quizá hubiese escrito en su famoso prólogo no ya sólo que la lengua, sino que "las lenguas serían compañeras del imperio".

Para nuestra mirada, dueña de una visión retrospectiva de centurias, la codificación gramatical y léxica iniciada en el siglo xvi reviste un significado excepcional. Con ella se inició el estudio de las principales lenguas mesoamericanas y la salvaguarda de sus textos. Este hecho marcó el inicio de un capítulo único en la historia de la lingüística, comparable al que por los mismos años se realizaba en la Europa del Renacimiento. El centro de la Nueva España fue el foco vanguardista, el núcleo donde comenzaron a redactarse las primeras gramáticas y vocabularios de la lengua náhuatl, en aquel momento la lingua franca de Mesoamérica. Pronto surgieron otros focos donde confluyeron gramáticas y vocabularios de muchas lenguas.

Pero, cabe preguntarse: ¿cómo fue posible la redacción de tantas obras en lenguas indígenas en un momento en que el latín, la lengua culta, acaparaba la redacción de los libros académicos y de los tratados religiosos? ¿Qué factor o factores propiciaron el interés por el cultivo de las lenguas mesoamericanas en una época en que el español era lengua imperial en Europa y gozaba de una situación privilegiada para imponerse en América?

Las páginas que siguen son un intento de responder a estas dos preguntas partiendo del estudio de los impresos que han llegado hasta nosotros en lenguas mesomericanas.[1] El análisis de estos impresos nos facilitará la compresión del proceso de preservación e incluso de fortalecimiento de algunas de estas lenguas, hoy plasmado en un renacer literario que Miguel León-Portilla ha llamado yancuic tlahtolli,[2] la nueva palabra. Este renacer hunde sus raíces en las lenguas que hace siglos fueron codificadas y quedaron plasmadas en un cúmulo de textos que hoy son objeto de estudio y de interés insaciable. Veamos pues, el momento en que esto sucedió, es decir el despertar de la lingüística y la filología mesoamericanas en el siglo xvi.

 

Ascensión H. de León Portilla

 

 

 

mostrar La perduración de las lenguas mesoamericanas, condición primordial para la elaboración de trabajos lingüísticos y religiosos

Retomemos la segunda de las preguntas con las que se abre este trabajo, la referente al factor o factores que propiciaron la perduración de los idiomas de que venimos hablando, en un gran espacio desquiciado por la conquista y frente a una lengua en plena expansión. Un estudio a fondo nos mostraría hechos y procesos histórico-lingüísticos muy significativos. Aquí pondré mi atención en cinco factores que sin duda coadyuvaron a la preservación de muchas lenguas mesoamericanas.[3]

El primer factor era el estatus sociolingüístico propio de muchas de estas lenguas, hablada por pueblos que habían alcanzado una floreciente unidad política. Tal hecho favoreció su cohesión social y su fortaleza idiomática. Es el caso, entre otros, de mayas, zapotecos, mixtecos, purépechas, huastecos y, sobre todo, mexicas. Estos últimos fueron los que llegaron a consolidar un enorme imperio; el náhuatl los acompañó en sus conquistas y pronto llegó a ser lengua franca en el ámbito mesoamericano. Semejante realidad justifica el gran número de impresos, manuscritos y, en general, papeles de toda índole que hoy tenemos en esta lengua.

En muchos pueblos mesoamericanos existía una conciencia de cultivo del lenguaje, de búsqueda y conservación del purismo. Entre los nahuas, este cultivo se realizaba en los calmecac; en ellos se estudiaba y transmitía el tecpillatolli, el lenguaje noble, culto, refinado. Esto implicaba la enseñanza formal de la lengua en sí misma y como vínculo de cohesión del habla. Parte importante de esta enseñanza era la conservación de la tradición oral en forma sistemática. De esta manera, el purismo de la lengua quedó plasmado para siempre en textos como los huehuehtlatolli. Al igual que los nahuas, los ya citados mayas, mixtecos y purépechas, entre otros, tuvieron escuelas parecidas. En síntesis, a la llegada de los españoles existía un buen número de lenguas consolidadas como idiomas en cierta forma "académicos", con su propia literatura y con gran vitalidad, hecho que les daba fortaleza y resistencia.

Cabe señalar también que en el ámbito mesoamericano existían lenguas habladas por grupos menos relevantes desde una perspectiva política pero que, por circunstancias históricas especiales, han llegado hasta nosotros. Pensemos, por ejemplo, en las múltiples lenguas de Oaxaca, habladas por poblaciones aisladas en intrincadas serranías de muy difícil acceso; o en el otomí, extendido entre comunidades que siempre vivieron marginadas y sometidas a los pueblos nahuas, pero que por razones que ahora sería largo describir, se habla en nuestros días.

El segundo factor que contribuyó a la pervivencia de las lenguas en la época novohispana fue la conciencia de pluralidad lingüística de los que llegaron. Los españoles del xvi estaban acostumbrados a escuchar varios idiomas, los que aún hoy se hablan en la península ibérica. Si a ello sumamos la diversidad de lenguas y naciones que integraron la monarquía católica bajo la corona del emperador Carlos, comprenderemos la apertura lingüística de los españoles del xvi. No es extraño que los reyes de la casa de Habsburgo, los Austrias, no sintieran un gran choque al legislar como lo hicieron, en materia de lenguas americanas.[4]

Incluso entre los que llegaron, muchos provenían de comunidades idiomáticas diferentes al castellano y las mismas órdenes religiosas contaban con miembros no españoles. Además, en las mentes de casi todos prevalecía la tesis hebraísta; perduraba el relato de la Torre de Babel y la dispersión de hombres y lenguas. Todo esto hacía que el nuevo conjunto de culturas e idiomas, aunque impactante, era totalmente comprensible, dada la vastedad de este orbe nuevo, tan lejano y diferente del viejo.

Explicados los dos primeros factores es fácil percibir el tercero: la actitud de los misioneros, lingüistas y filólogos improvisados. Desde el principio, el único camino para evangelizar era aprender a hablar con los hasta entonces paganos. Ante esta necesidad, las diversas órdenes religiosas no dudaron en aceptar el reto que suponía aprender tantas lenguas nuevas. "La Iglesia se hizo políglota", afirma Ignacio Guzmán Betancourt, al analizar este proceso en el que siguió al pie de la letra el mandato evangélico linguis loquentur novis, hablaréis lenguas nuevas.[5]

Ahora bien, para verter en ellas el contenido evangélico era necesario conocerlas y "reducirlas en artificio gramatical", como decía Nebrija;[6] es decir, se necesitaba la redacción de gramáticas y vocabularios, lo que a su vez reforzó el proceso ya comentado de cultivo del lenguaje y de preocupación por el purismo.

El cuarto factor que hay que destacar fue la introducción de la escritura alfabética y la imprenta. La escritura alfabética fue la compañera inseparable de las escuelas que desde época muy temprana empezaron a funcionar en México y Tezcoco.[7] De paso, es importante destacar que la antigua escritura de códices, a veces con glosas marginales, continuó por mucho tiempo. Pero, volviendo a la escritura alfabética, ésta fue muy bien recibida, como lo demuestra el hecho de que en 1528 un autor tlatelolca escribiera su versión de la conquista. Me refiero al Manuscrito de 1528, que se conserva en la Biblioteca Nacional de París y que ha sido publicado en nuestro siglo con los títulos de Unos annales históricos de la nación mexicana y Anales de Tlatelolco.[8] El autor de este documento, cuyo nombre no conocemos, ha dejado un testimonio de enorme valor histórico y lingüístico; en él sorprende el grado de soltura en el manejo de la escritura alfabética y la capacidad de correspondencia de fonemas y grafemas.

El tlahcuilo tlatelolca que redactó los Annales históricos de la nación mexicana no estaba solo en su tarea. Tenemos un precioso testimonio de 1531 en el que se relata con escritura mixta (texto alfabético náhuatl y pinturas tradicionales) el momento en que los nuevos escribanos, como grupo, consiguen que su trabajo sea remunerado, con la ayuda nada menos que de fray Martín de Valencia. El documento en cuestión, de gran belleza, se conoce con el nombre de Códice de Cuetlaxcohuapan o Códice de la introducción de la justicia en Tlaxcala.[9] Su valor histórico es inestimable pues en él se recoge el inicio del proceso de dominio de la escritura alfabética por parte de los tlahcuiloques, escribanos indígenas.

Respecto de la imprenta, su implantación en México fue trascendental para las lenguas indígenas. 1539, fecha de la edición del primer impreso en una lengua americana, la Breve y más compendiosa doctrina cristiana en lengua mexicana y castellana de fray Juan de Zumárraga,[10] marca una nueva etapa en la vida de las lenguas mesoamericanas como lo fue la de 1456, año de la Biblia de Gutenberg, para la vida de las lenguas europeas. Es cierto que la simple escritura y la tradición oral sistemática pueden ayudar a fijar, preservar y vitalizar cualquier lengua. Pero el texto impreso, además de lograr estos tres propósitos, ofrece la posibilidad de ser compartido por muchos al mismo tiempo y en espacios alejados. De aquí que los impresos referentes a artes, vocabularios y libros religiosos fueron no sólo instrumentos de aprendizaje gramatical y doctrinal sino también ayudas importantes para codificar las lenguas y registrar sus variantes, regionales y locales. Fueron también las imágenes donde se plasmó el purismo y desde luego, los caminos de entrada para los que, como decía Nebrija, "de estrañaa lengua querrán deprender".[11]

Al hablar de Nebrija, encontramos el quinto y último factor que ayudó a la perduración de las lenguas mesoamericanas. Varias de sus obras, especialmente las Introducciones latinas y el Vocabulario español-latino,[12] fueron instrumentos fundamentales de aprendizaje gramatical para los hombres del Renacimiento. Por otra parte, su logro de codificar y reducir a artificio gramatical la primera lengua vulgar plasmado en su Gramática castellana, de 1492, sirvió de inspiración para el estudio de muchas de las lenguas de Europa y América. De ahora en adelante, las lenguas "peregrinas", tendrían "casa donde morar" y como veremos, pronto se cumplió esto en las lenguas mesoamericanas.

Sobre la gran difusión de las obras nebrisenses en el Nuevo Mundo, en especial las Introducciones latinas, tenemos varios testimonios. El conocido bibliográfo José Torre Revello afirma que Nebrija fue el escritor español que tuvo más lectores en la colonia. Señala que desde muy temprana época se registran envíos de bastantes ejemplares de las Introducciones. Sirva de ejemplo el de 1513, destinado a fray Pedro de Córdoba, en La Española, en el que venían "treinta artes de gramática de Lebrixa".[13]

Otro testimonio lo ofrece Ignacio Osorio, quien al describir la importancia del Arte de Nebrija como libro de texto de las aulas novohispanas, registra un dato revelador y es que en 1584 llegaron trescientos cincuenta y seis ejemplares del citado Arte para ser vendidos en las librerías de la ciudad de México.[14]

A los testimonios citados podemos añadir otro más, entresacado de los inventarios del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco, que, como pronto veremos, fue la institución pionera en la elaboración de artes y vocabularios del Nuevo Mundo. Allí existían varios ejemplares de dos obras de Nebrija, concretamente del Vocabulario y del Arte. A este último se le nombra "Arte de comento de Antonio de Librija",[15] lo cual permite afirmar que se refiere a las Introducciones. En efecto la palabra "comento" la encontramos al final de los libros tercero y cuarto de esta obra con la acepción de notas. En ellas hace Nebrija un alarde de conocimientos acerca del latín y sus gramáticos y retóricos.

En resumen, estos cinco factores propiciaron la perviviencia de las lenguas y su codificación y aprendizaje. Pero así y todo, para los que llegaron, la nueva tarea no era fácil; ella implicaba un cambio de destino en aquellos que venían a evangelizar y que ahora tenían que hacerse lingüistas. Brevemente recordemos cómo se logró.

 

mostrar Las primeras tareas lingüísticas: trabajos y logros

En 1523 se asentaron los primeros misioneros en la región central de México, decididos a ganar estas tierras para la cristiandad. En ese mismo año, fray Pedro de Gante funda las primeras escuelas de Tezcoco y México. Al año siguiente llegan los famoso "doce", aquellos que, salidos de la reforma de fray Juan de Guadalupe, quisieron echar los cimientos de una nueva cristiandad inmaculada. Venían animados por una idea casi mística: la de hacer posible la utopía soñada por el cisterciense Joaquín de Fiore, asimilada por el propio san Francisco y más tarde por el ya citado fray Juan de Guadalupe. La esencia de tal utopía era el fundar, con los futuros conversos, el Milenio, el reino en el que la pobreza y la caridad darían al evangelio su verdadera dimensión y a los hombres su sentido trascendente.[16] Después de los doce no dejaron de llegar "barcadas" de franciscanos, dominicos, agustinos, carmelitas y, ya muy entrado el siglo, jesuitas.

Detrás quedaba la trágica experiencia de las islas donde la destrucción fue de tal magnitud que abrió una herida profunda en el encuentro de gentes y culturas del Viejo y Nuevo mundos. Esta triste experiencia tenía que pesar en las mentes de los evangelizadores. Ahora, en tierra firme, se anunciaba un inmenso espacio en el que algunos de los pueblos que lo habitaban habían alcanzado un desarrollo político y cultural comparable al de "griegos y romanos", como nos dicen las fuentes. En este ámbito existía un universo lingüístico que no pudieron imaginar los que decidieron cruzar el Atlántico pero que, una vez aquí, no dudaron en adentrarse en él. Y lo hicieron con dos herramientas eficaces: su mística y su preparación humanística, la cual incluía un profundo conocimiento de su propia lengua y del latín, y en algunos casos, del griego.

Aun así, el reto era difícil porque la naturaleza de estas lenguas mesoamericanas era radicalmente distinta de las hasta entonces estudiadas, del tronco indoeuropeo. O como decía fray Andrés de Olmos: "una tan extraña lengua y tan abundosa en su manera, e intrincada".[17] Los trabajos y sufrimientos de los primeros años han quedado magistralmente relatados por fray Jerónimo de Mendieta en su Historia eclesiástica indiana. Poco a poco, y con ayuda de los niños que tenían en las escuelas, jugando con ellos y anotando vocablo tras vocablo, lograron redactar sencillas gramáticas y breves glosarios.

Para 1531 el panorama era alentador. En un documento que se guarda en el archivo de Indias y que recientemente ha sido publicado por Francisco Morales O.F.M., tenemos ya una evidencia reveladora de las tareas y logros de los hermanos menores.[18] El documento, de 1531, es una probanza en defensa de la labor de Zumárraga y de sus hermanos de orden difamados por las acusaciones de la Primera Audiencia, encabezada por Nuño Beltrán de Guzmán. En él se recoge la opinión de 38 testigos, entre los que se contaban personas tan destacadas como el comendador Leonel de Cervantes, el alcalde García Olguín, los religiosos fray Domingo de Betanzos, fray Pedro de Gante y fray Julián Garcés, obispo de Tlaxcala. Interesa en particular la pregunta número tres sobre si "los dichos relygiosos an trabajado de aprender la lengua de la tierra y an fecho arte en ella". Todos los testigos declararon a favor de la tarea de los franciscanos y coinciden en la opinión de que "los franciscanos han aprendido su lengua, han fecho arte, interpretan el sentir de los indios y esto trae mucho provecho y servicio a Dios".

Al reflexionar sobre esta actitud de los franciscanos, Francisco Morales destaca el hecho de que "los idiomas que los frailes aprenden como parte de su tarea evangelizadora, formarán muy pronto parte de su saber cotidiano".[19] Es decir, que el aprendizaje que ellos hacían de las lenguas va más allá del objetivo de lo religioso, de lo divino, y se convierte en un interés sustancial por lo humano, por la palabra y la cultura del hombre que iba a ser evangelizado. Es importante subrayar esta actitud para poder calibrar el grado de penetración que lograron en su nueva tarea los improvisados lingüistas y comprender que lo que les faltó de preparación gramatical lo suplieron, y con creces, con su mística y entrega. Ejemplo de este nuevo misionero que penetra pronto y hondo en la palabra mesoamericana es fray Pedro de Gante, quien en 1529 escribe a sus hermanos de Flandes y se despide de ellos en náhuatl, tras afirmar que habla mejor esta lengua que el flamenco.[20]

Con estas premisas no es extraño que en fecha temprana se formaran los primeros centros de estudio e investigación donde se elaboraron artes, vocabularios y, al mismo tiempo libros de contenido religioso. Fue en Tlatelolco, en el Colegio de la Santa Cruz, donde empezó a funcionar el primero de estos centros en 1536. Allí se inició un proyecto comunitario de docencia e investigación en el que maestros y alumnos dialogaron en tres lenguas; náhuatl, español y latín.

Muy temprano el corazón de la Nueva España se convirtió en un foco vanguardista en la producción de obras lingüísticas, a tal grado que para fines del siglo xvi, un buen número de lenguas mesoamericanas estaban "debaxo de arte". Como pronto veremos, varias lenguas de la región central contaron con artes, vocabularios y doctrinas cristianas. Yucatán fue otro gran foco en el que varios franciscanos trabajaron para codificar el maya yucateco y el tzeltal. Mas allá de Yucatán, en lo que hoy es Guatemala, el quiché (utlateco) o cakchiquel también era ya una lengua que estaba en letra impresa.

A fines del xvi, la chispa se había prendido y su luz aumentó en los siglos siguientes. Más artes y vocabularios, hechos desde diversas perspectivas enriquecieron el conocimiento de las lenguas ya estudiadas. En los siglos siguientes, a medida que la expansión misionera avanzaba, eran elaboradas nuevas artes, vocabularios y doctrinas en lenguas tan lejanas al centro de la Nueva España como la timuquana hablada en Florida y hoy extinta; la cahita, tarahumara, heve, etc., que serán objeto de estudio en otros volúmenes de esta serie. En resumen, el difícil reto del nuevo universo lingüístico, tenía la mejor respuesta posible: la codificación de las lenguas mesoamericanas plasmada en artes, gramáticas, libros religiosos, crónicas históricas, códices pictográfico-alfabéticos y una gran copia de papeles de diversa índole que hoy son objetivo primordial de lingüistas y filólogos abiertos a las culturas.

¿Cómo se hizo esta codificación de lenguas tan radicalmente diferentes a las indoeuropeas? Veamos algunos aspectos de este logro.

 

mostrar Las lenguas mesoamericanas frente a las categorías grecolatinas

Así como Nebrija partió del latín para cimentar la gramática del romance, estos misioneros protolingüistas partieron de Nebrija para cimentar el estudio de las lenguas amerindias. No pudieron elegir mejor modelo que los escritos de su predecesor, quien había abierto la primera y más profunda senda en los estudios gramaticales. Ahora bien, aunque las artes y vocabularios de estas lenguas mesoamericanas están inspirados e incluso asentados en Nebrija, no son copias ni imitaciones serviles. Sus autores supieron hacer suya la modernidad nebrisense con las salvedades adecuadas. Veamos, para comprobarlo, dos pareceres, uno de Olmos y otro de Rincón. 
 
Creo que la mejor manera y orden que se ha tenido es la que Antonio de Lebrixa sigue en la suya [...]. Pero porque en esta lengua no cuadra la orden que él lleva por faltar muchas cosas de las cuales en el arte de la gramática se hace gran caudal como son declinaciones, supinos y las especies de los verbos para denotar la diversidad dellos y lo que en el libro quinto se trata de acentos y otras materias que en esta lengua [el náhuatl] no se tocan, por tanto no seré reprehensible si en todo no siguiere la orden del arte de Antonio.[21]

 

El parecer de Antonio del Rincón, no es menos elocuente. En su prólogo al Arte de la lengua mexicana, México, 1595, afirma que la "uniformidad [entre la lengua latina y mexicana] sería gran disformidad".

A las opiniones de Olmos y de Rincón podríamos añadir las de otros gramáticos de la época que participan del mismo sentir. Sin embargo hay que señalar que lo que hoy vemos como positivo y admirable no siempre fue visto así y tanto Nebrija como los frailes de quienes venimos hablando tuvieron que soportar el rigor de críticos severísimos. En vida de Nebrija, bien sabido es, no faltó quien consideró inapropiado el estudio de una lengua vulgar apegado a los moldes de la gramática grecolatina. Siglos después los autores de artes y vocabularios de lenguas mesoamericanas también fueron tildados del mismo pecado por algunos pensadores positivistas como Rémi Siméon y Francisco Pimentel.[22] Curiosamente unos y otros críticos, aunque tuvieron el genio de delatar, les faltó el ingenio para imaginar una gramática con fundamentos totalmente nuevos, sin las categorías grecolatinas. Quizá las críticas se debieron a un espíritu de perfección pues todo es perfectible; sin embargo, al leerlas, no podemos olvidar una muy atinada reflexión de Jerónimo de Mendieta dirigida a los detractores del Colegio de la Santa Cruz de Tlatelolco: "ninguna cosa hay en este mundo, por buena y provechosa que sea que deje de tener contradicciones, porque según son diversos los gustos de los hombres, lo que a unos contenta, a otros desagrada".[23]

Por fortuna los lingüistas de hoy día son menos exigentes que los del siglo pasado. Como muestra recordaré dos elogios acerca de la capacidad de los gramáticos del xvi. El primero de ellos se debe a Leonardo Manrique quien al reflexionar sobre la obra de Olmos opina que "quizá esta primera descripción de la lengua mexicana es más aguda que las modernas".[24] El otro, a Michel Launey, el cual, después de ponderar la percepción lingüística de Olmos confiesa que "sería de desearse que todos los detractores de la lingüística de los misioneros pudieran darnos obras de esta calidad acerca de lenguas hasta hoy no descritas".[25]

Con estas premisas, pasemos a ver algunas innovaciones gramaticales que nos muestran la fina percepción que los autores de que venimos hablando tuvieron de la naturaleza de las nuevas lenguas. La primera de ellas fue la adaptación que hicieron de la estructura de las Introducciones de Nebrija.[26] Como es bien sabido, este importante tratado del gramático está dividido en cinco libros: los tres primeros se refieren al estudio de las ocho partes de la oración, el cuarto, trata de la sintaxis, y, el quinto, de la cantidad de las sílabas, el acento y la ortografía. La respuesta de los misioneros es tajante: Olmos divide su Arte en tres partes. Uniendo morfología y sintaxis reduce a tres los cuatro primeros libros de Nebrija y suprime el quinto ya que consideró que la prosodia, es decir la fonología, no requería demasiadas disertaciones para los que venían del castellano. Ahora bien, incluyó consideraciones muy apropiadas sobre la pronunciación en el capítulo 6° del Libro iii.

En cambio, los gramáticos del purépecha fray Maturino Gilberti y sobre todo fray Bautista Bravo de Lagunas, ofrecen en sus artes abundantes avisos y consideraciones originales sobre pronunciación y correspondencia de fonemas-grafemas.[27] Ambos gramáticos tampoco siguen el esquema de Nebrija y estructuran su obra en tres partes; en cada una de ellas organizan los conceptos gramaticales de forma diversa a como lo hace Nebrija. Se podrían aducir otros nombres que confirman esta innovación que nos ocupa, entre los cuales sólo citaré el de fray Alonso de Molina. En su Arte de la lengua mexicana y castellana, en México, en casa de Pedro Ocharte 1571, fray Alonso dispone su gramática en dos partes. La primera, más extensa, está dedicada a la morfología. La segunda trata de la "phrasis y maneras de hablar que esta lengua tiene".[28]

Una segunda innovación importante de los gramáticos mesoamericanos la encontramos en su acercamiento a la morfología y a la sintaxis. En casi todos –los ya citados del náhuatl y el tarasco y otros del mixteco y zapoteco–[29] morfología y sintaxis forman un todo inseparable, una estructura única. De hecho ninguno de ellos dedica un capítulo a la sintaxis sino que ésta se estudia en íntima comunión con la morfología. Es más, no usan el término clásico de sintaxis, sino el mucho más apropiado de "composición". En resumen, este acierto de unir morfología y composición nos muestra que, sin desechar las categorías clásicas, supieron introducir una nueva perspectiva de índole morfosintáctica avant la lettre.

Tercera innovación: el tratamiento de las categorías gramaticales. Aunque aceptan las ocho partes de la oración como Nebrija, difieren en el tratamiento de algunas de ellas, en especial el nombre, pronombre y verbo. Por ejemplo, Olmos y Molina esbozan una nueva doctrina al hablar de estas tres partes de la oración. Olmos, cuando trata de la naturaleza y función del sustantivo, expresa claramente que rara vez se encuentra en estado absoluto y que aparece en íntima comunión con afijos indicadores de una amplia gama de relaciones. Por consiguiente, en vez de enmarcarlo en las declinaciones latinas, lo hace considerándolo como una estructura en sí misma, dentro de un complejo sistema de formación y derivación y detectando los cambios morfofonémicos que sufre al entrar en composición. Otro tanto expresa del pronombre: su múltiple función, sus cambios morfofonémicos, su doble naturaleza de "primitivos y ayuntados".

Molina, en su Arte ya citada, tampoco sigue en esto a Nebrija. Al estudiar el sustantivo, en el primer capítulo de su libro, no acepta el concepto de declinación como en la lengua latina, aunque reconoce la existencia de vocativo y genitivo, este último formado de pronombre + nombre. Pero más adelante, en la página primera de la segunda parte, habla exclusivamente de nombres "primitivos y derivados".

Respecto del verbo encontramos ideas totalmente nuevas, Olmos expresa con precisión su originalidad: "se porná [dice] la conjugación no como en la gramática [se refiere a las Introducciones] sino como la lengua lo pide y lo demanda".[30] En verdad, la lectura de los capítulos correspondientes a la segunda parte de su Arte dedicados todos ellos al verbo, constituye un penetrante descubrimiento de los matices del "artificio verbal" propio del náhuatl, artificio plasmado en un sistema de composición formado por pronombre o pronombres + raíz verbal + flexiones verbales. Asimismo pondera fray Andrés, al describir los verbos, su rico sistema de articulación y su versatilidad para cambiar, para pasar de activos a neutros, para convertirse en reverenciales, causativos, aplicativos y hasta sustantivos.

Molina es también ejemplo de novedad respecto del verbo. En su Vocabulario en la lengua castellana y mexicana, publicado en 1555, logra un gran acierto. Éste consiste en la forma de marcar los verbos, acompañados siempre del pronombre y partículas que le pertenecen: ni - yo; nino - yo a mi; nitla - yo a algo; nite - yo a alguien; nitetla - yo a algo y alguien; nic - yo a algo; nicno - yo en algo a mí mismo; nicte - yo en algo a alguien o a algunos. En virtud de tal forma de registrar el verbo, la naturaleza de esta parte de la oración queda plenamente al descubierto.

Otros ejemplos podrían aducirse en los cuales afloran conceptos lingüísticos muy acertados sobre la esencia de la frasis, sobre el ornato y propiedad de la lengua, sobre el modus dicendi, como escribe Gilberti. Digna de recordarse es, también, la captación de una incipiente dialectología por parte de fray Antonio de los Reyes al indagar en la lengua mixteca.

Por último, no podemos olvidar otra innovación fundamental: el descubrimiento de la relación lengua-cultura, como se verá en el capítulo final de este trabajo.

En resumen, al leer las artes y vocabularios vemos que, más allá de una burda imposición de las categorías grecolatinas, existe una profunda percepción de la naturaleza de las lenguas nuevas. En realidad, sería fascinante para cualquier lingüista el estudio comparativo del arte de la conjunción y articulación entre las estructuras propias de las lenguas mesoamericanas y aquellas otras tan absolutamente distintas de las lenguas indoeuropeas. Ello nos llevaría a comprender cómo los misioneros del xvi, por vez primera en la historia, pudieron integrar dos sistemas lingüísticos tan esencialmente diferentes. Nunca se había logrado un hecho tal. Objeto de este trabajo es, precisamente destacar los momentos principales de tal logro. Pero, dado que los tratados lingüísticos y religiosos nacieron juntos y en relación íntima, vale la pena presentarlos en su contexto natural. De manera que, antes de describir los focos vanguardistas de las obras lingüísticas y religiosas, es necesario anteponer unas páginas sobre la génesis y naturaleza de los libros de evangelización.

 

mostrar Evangelización y lingüística: modelos europeos y sensiblidad mesoamericanas

Tarea primordial de los que se embarcaron hacia el Nuevo Mundo era, como ya se ha dicho, la de predicar el evangelio con la mística de lograr la utopía del Milenio, la ciudad de Dios en la Tierra. Esta tarea era impensable sin un conocimiento a fondo de las nuevas lenguas. Tal es la razón fundamental por la cual los libros de lingüística y los de religión nacen de los mismos progenitores. Al tiempo que se recogían los primeros glosarios y se redactaban los primeros rudimentos gramaticales, se hacían también traducciones incipientes de las oraciones y preceptos de la fe cristiana. Cuando las gramáticas y los glosarios elementales culminaron en artes y vocabularios, las páginas con las primeras oraciones cristalizaron en verdaderos tratados religiosos en los que se profundizaba en la espiritualidad cristiana. Con frecuencia unos y otros libros salían de las mismas manos: es importante tener presente este dato para valorar la dimensión lingüística de los libros de evangelización.

La tarea fue difícil y lenta, como en el caso de los primeros logros gramaticales. Pero ante la dificultad, pronto se gestó una eficaz respuesta. Mendieta es quien nos relata los hechos, protagonizados por fray Jacobo de Testera, franciscano francés quien se las ingenió para divulgar el evangelio entre pueblos de lenguas muy diferentes con el método ideado por fray Pedro de Gante. Tal método es descrito por Mendieta en el capítulo dedicado a la vida de Testera. "Como no pudiese tomar tan en breve como él quisiera la lengua de los indios para predicar en ella [...] dióse a otro modo de predicar por intérprete trayendo consigo en un lienzo pintados todos los misterios de nuestra santa fe católica y un indio hábil que, en su lengua, les declaraba a los demás todo lo que el siervo de Dios decía."[31]

Lo que Gante ideó y Testera aprovechó con gran éxito fue un imaginativo puente de comunicación entre culturas: por una parte, ambos echaron mano del recurso universal del intérprete; y, por la otra, de la propia tradición de los naturales, de sus libros de pintura, los códices, que eran los textos utilizados en los calmecac. Surgieron así los primeros catecismos que hoy llamamos testerianos, varios de los cuales han llegado hasta nosotros.[32]

Son libros pequeños en los que con pinturas y pictoglifos se representan los principales dogmas y oraciones del cristianismo. En algunos casos tiene glosas en náhuatl o en otras lenguas como el mazahua. Prototipo de ellos es el de fray Pedro de Gante, fechado entre 1527 y 1529. Existen otros más tardíos, incluso de principios del xvii.[33]

Como en el caso de las obras lingüísticas, fue entre los franciscanos de Tlatelolco donde se elaboraron las primeras obras religiosas. Ya hemos aludido a la Breve y más compendiosa doctrina christiana en lengua castellana y mexicana de 1539, hoy perdida. En Tlatelolco, un año después, fray Bernardino de Sahagún empezó a componer el primer sermonario conocido en lengua mexicana, y por esos mismos años Molina escribía su Doctrina christiana breve, publicada en 1546.

En resumen, hacia 1540 el proceso de elaboración de tratados de contenido religioso ya empezaba a dar frutos en verdaderos libros: primero fueron las doctrinas y sermonarios seguidos inmediatamente por epistolarios, evangelarios, confesionarios, vidas de santos, salmodias, tratados de teología y autos sacramentales. Claro que no todos estos textos pasaron a la letra impresa; muchos de ellos, manuscritos, circularon, en una o varias copias, por conventos y escuelas.

Al llegar a este punto, vale la pena hacer algunas consideraciones sobre la naturaleza de estos nuevos textos religiosos. En líneas generales podríamos señalar que, como en el caso de los tratados de índole lingüística, en los que se logra el arte de la conjunción y articulación entre las estructuras propias de las lenguas mesoamericanas y las categorías gramaticales grecolatinas, también en los textos de que venimos hablando es palpable un engranaje entre el pensamiento religioso europeo y la sensibilidad mesoamericana. Es decir, el contenido del mensaje cristiano se cimentó en un sustrato indígena cuyo soporte principal fue el lenguaje. Veamos brevemente cómo se lograron integrar dos formas de pensamiento religioso tan diferentes.

Respecto del pensamiento cristiano vale la pena recordar que en la elaboración de los nuevos textos influyeron dos factores. El primero de ellos es el representado por el contenido de determinados libros religioso que circulaban en Europa en el siglo xvi. Así, los catecismos están inspirados en los de Juan de Ávila, Gaspar Astete y Jerónimo de Ripalda.[34] Las vidas de santos son casi siempre versiones de las que circulaban entre los cristianos de Europa, muchas veces escritas en latín. Podrían aducirse más ejemplos pero sólo recordaré el de los autos sacramentales, recreación, con originalidad propia, del teatro religioso europeo medieval y renacentista.

El segundo factor es el referente a la presencia del erasmismo entre los primeros franciscanos del xvi. Bien conocida es la influencia que la obra de Erasmo de Rotterdam tuvo en España. De España pasó a México en la persona de fray Juan de Zumárraga, "lector empedernido de Erasmo",[35] y promotor de la publicación de las primeras doctrinas. Aunque no ha llegado hasta nosotros la ya citada de 1539 en lengua mexicana, sí han llegado otras que nos muestran el erasmismo del primer arzobispo de México. Así, por ejemplo, la Doctrina breve muy provechosa de las cosas que pertenecen a la fe católica, de 1543, en la que están presentes muchos conceptos de la Paráclesis y el Enchiridion. Otra más, la Doctrina cristiana en que en suma se contiene todo lo principal y necesario que el cristiano debe saber, México, 1545 o 1546, en su primera parte sigue fielmente la Suma de la doctrina cristiana del erasmista sevillano Constantino Ponce de la Fuente.[36]

Incluso en una época tan tardía como 1584 y a pesar de la persecución de los erasmistas a raíz del Concilio de Trento, se encuentran obras de Erasmo en los inventarios del Colegio de Tlatelolco.[37] Esto nos indica que la mayor parte de los franciscanos del xvi, con su obispo Zumárraga al frente, no se resignaba a dejar de leer las obras del famoso humanista holandés que habían conmovido a la cristiandad en el temprano Renacimiento.

Respecto del pensamiento mesoamericano, es visible su perduración. Si observamos los textos cristianos en náhuatl, hasta ahora los más estudiados, encontraremos que en ellos está presente la lengua con todos sus artificios gramaticales y estilísticos. Allí están los paralelismos, las figuras retóricas y metafóricas, las formas de expresión de la literatura tradicional prehispánica; en una palabra, el habla y el sentimiento de un pueblo. De esta manera la nueva espiritualidad, tan ajena a los conversos, al vestirse con el ropaje de la lengua se hizo de un rostro asequible, asimilable, más cálido, menos distante. La antigua sensibilidad está presente en la forma de preguntar de los confesionarios, en la manera suave de exponer las vidas de los santos, en el lenguaje de los sermones y, en algunos casos, en la pervivencia de lo que Miguel León-Portilla describe como la Teo-matiliztli, sabiduría de los dioses.[38] Sin duda aflora con más fuerza en textos religiosos no doctrinales como en los Colloquios de la paz y tranquilidad christiana en lengua mexicana de fray Juan de Gaona, 1582, y en la Psalmodia de fray Bernardino de Sahagún, 1585. La realización más perfecta, momento clímax de convergencia entre la expresión mesoamericana y el contenido cristiano es quizá el Hueytlamahuiçoltica más conocida como Nican mopohua, publicado en 1649; en él se narra, en mexicano, el milagro del Tepeyac.

El tema es un campo de estudio atrayente y el camino ha sido abierto por Charles E. Dibble en su ensayo "The nahuatlization of christianity".[39] En este ensayo, Dibble trata de definir el grado de penetración de la lengua náhuatl al ser presentado el mensaje cristiano a los nuevos fieles. Escoge Dibble dos escritos de Sahagún, el Sermonario, de 1540, y los Coloquios, de 1564, y uno de Gaona, Miscelánea sagrada, manuscrito inédito en la Biblioteca Nacional de México. Concluye que el estilo literario náhuatl, con sus difrasismos, metáforas, paralelismos y lenguaje florido, reaparece poco a poco en los textos cristianos.

Como vemos, en la génesis de los tratados religiosos del siglo xvi confluyen muchos factores: la mística misionera, el humanismo renacentista, la asimilación del lenguaje de la tierra y de la sensibilidad de sus hablantes, factores todos ellos que hicieron posible el enlace de dos pensamientos religiosos tan radicalmente diferentes. Este hecho favoreció el impresionante número de textos de evangelización. Al finalizar el siglo xvi existía ya en la Nueva España todo un corpus de obras religiosas. Impresas unas, manuscritas otras, son testimonio de una empresa en la que había participado gente de muchas lenguas y culturas.

En un estudio como el presente es difícil hacer una tipología de estos tratados. Pero al menos cabe señalar que mientras unos responden al programa de catequesis, de enseñanza doctrinal, otros están concebidos desde una perspectiva muy abierta, como lecturas para estimular la vida espiritual. Entre los primeros tenemos catecismos, doctrinas, confesionarios, manuales de sacramentos y sermonarios. Entre los segundos, epistolarios, evangelarios, manuales del cristiano, libros de teología y de mística, autos sacramentales y vidas de santos.

El atractivo de esta rica literatura de evangelización sobrepasa lo puramente religioso. Desde una perspectiva lingüística en ella se guarda la esencia de las principales lenguas mesoamericanas según la norma de siglo xvi. Por medio de los textos que la integran se puede calibrar el esfuerzo realizado por los autores para penetrar en uno de los ámbitos más recónditos de la lengua y el pensamiento, el de las cosas divinas, espirituales. En tal esfuerzo cobra especial relevancia el nada fácil trasvase de conceptos religiosos y teológicos, que implica imaginación para crear un nuevo léxico y mantener así el purismo de la lengua. Esto se logra a través de diversos mecanismos lingüísticos como son la adaptación de vocablos ya existentes, la creación de neologismos, la perífrasis y la incorporación de préstamos debidamente adaptados.[40] Estos tratados son también instrumento de fijación y codificación de las lenguas y registros de las diferentes hablas.

Desde una perspectiva histórico-antropológica, los textos religiosos del xvi son documentos en los que han quedado plasmadas las antiguallas, en los que perviven reliquias de las creencias y sentimientos prehispánicos que explican la sensibilidad religiosa mestiza palpable en la actualidad.

Todas estas consideraciones nos llevan ya al siguiente paso, el de describir los textos de que venimos hablando, es decir, los tratados de índole lingüístico-filológica y los de contenido religioso.[41] La descripción será breve, ya que un estudio detallado requeriría un volumen y no un ensayo en un libro. Tómense pues estas páginas como introducción al tema. Ahora bien, con objeto de facilitar la descripción que nos ocupa, vale la pena diferenciar cuatro focos tempranos en cuatro regiones importantes de lo que fue el México antiguo. Fueron los de México-Tenochtitlan y sus alrededores, Michoacán, Oaxaca y Yucatán. Hay que advertir, sin embargo, que se dieron pasos importantes en la codificación de otras lenguas como, por ejemplo, la huasteca y la totonaca. Sabemos que fray Andrés de Olmos hizo arte y vocabulario en las dos lenguas citadas, aunque tales escritos no han llegado hasta nosotros. Lo mismo podría decirse del matlatzinca o del tzotzil, que fueron estudiados desde el xvi pero no fue hasta el siglo siguiente cuando aparecieron sus primeras gramáticas.

 

mostrar Tratados lingüístico-religiosos en náhuatl

Como ya hemos visto, fue en Santa Cruz de Tlatelolco donde se redactaron las primeras obras en mexicano. De hecho, hasta 1551, año de la fundación de la universidad, Santa Cruz era el centro académico más importante de la Nueva España. Ensalzado por los más y atacados por unos pocos, el colegio sobrepasó los fines para los que fue creado, el de escuela de humanidades para el estudio del trivium y el quatrivium y para la preparación de un clero indígena. Por una serie de circunstancias que aquí no es posible analizar, en Santa Cruz se logró crear un ambiente de colaboración entre maestros y alumnos que pronto cristalizó en un núcleo de investigación de alto nivel, único en el siglo xvi americano. Hombres de dos culturas dialogaron en tres lenguas –latín, náhuatl y castellano– y dieron vida a un encuentro integrador entre la sabiduría mesoamericana y el humanismo renacentista.[42]

Dos de las tres Artes del xvi en lengua mexicana allí se gestaron, las ya citadas de Olmos y Molina. La primera de ellas, la de Olmos, Arte de la lengua mexicana, fue terminada en 1547, en Hueytlalpan, en tierra totonaca. Aunque no se publicó hasta 1875, esta obra corrió manuscrita y de ella quedan seis copias.[43] Sin duda Olmos tuvo dos logros capitales, ya comentados en páginas anteriores: primero, el de armonizar las categorías grecolatinas con las estructuras morfosintácticas del náhuatl; segundo, el de haber penetrado en la esencia de la lengua hasta describir sus rasgos más íntimos. Molina, por su parte, en el Arte de la lengua mexicana y castellana, de 1571,[44] alcanzó también una meta importante: la de mostrar las estructuras peculiares de la phrasis del mexicano a través de una gramática sencilla, fácil de estudiar. En realidad, el texto de Molina venía a llenar un vacío: el de servir de aprendizaje a los incipientes, pues la de Olmos, como acabamos de ver, está diseñada para proficientes.

Una tercera gramática completa el panorama del xvi: la del jesuita Antonio del Rincón, de 1595.[45] Es ella una arte más compendiosa que las de sus predecesores, Olmos y Molina. Aunque apegada a las Introducciones de Nebrija, su autor no olvidó destacar las peculiaridades del náhuatl y dedicó el capítulo quinto a la pronunciación y acento de la sílaba, lo cual es una novedad respecto de las artes precedentes. Fue libro de texto entre los jesuitas hasta 1645, año en que Horacio Carochi, discípulo de Rincón, publicó su Arte de la lengua mexicana.

Los primeros diccionarios se gestaron al mismo tiempo que las gramáticas. El de Olmos es el más antiguo que tenemos, adosado al manuscrito de su Arte que se conserva en la Biblioteca de la Universidad de Tulane.[46] Concebido como complemento del Arte, tiene la particularidad de que al registrar solamente verbos, acopia mayor número de ellos que el propio Molina.

El Vocabulario grande de fray Alonso es sin duda el más importante en lengua mexicana. Al decir grande, que es como vulgarmente se le llamaba, me refiero a la edición de 1571, mucho más completa que la primera de 1555.[47] Ya en esta primera, Vocabulario en lengua castellana y mexicana, Molina logra el comentado acierto de registrar los verbos acompañados del pronombre y partículas que le pertenecen. En la edición de 1571, Vocabulario en lengua castellana y mexicana con una segunda parte mexicana-castellana, Molina reúne un verdadero tesoro léxico que sólo un profundo conocedor de la lengua puede alcanzar. No hay tiempo de analizar el significado del Vocabulario en el contexto lexicográfico del xvi; pero sí destacaré el gran número de neologismos que fray Alonso incluyó en él, que lo colocan entre los grandes puristas de todos los tiempo. En esta magna empresa contó con la ayuda del tezcocano Hernando de Ribas, uno de los mejores trilingües de Santa Cruz de Tlatelolco.

Un último diccionario completa la lexicografía náhuatl del xvi, el del también franciscano fray Alonso Urbano. Es muy completo; en él se manejan tres lenguas y además está precedido de una gramática. Su título, Arte breve de la lengua otomí y vocabulario trilingüe español, náhuatl y otomí. Muy cercano al de Nebrija y al de Molina, el de Urbano constituye un gran aporte para la lengua y la cultura ñahñú.[48]

Estas primeras gramáticas y diccionarios fueron las piedras miliares, las herramientas indispensables para la redacción de cuantos trabajos filológicos se hicieron en el siglo xvi, que no fueron pocos. Integran ellos un enorme corpus, del cual recordaré solamente unos cuantos escritos a modo de ejemplo.[49] Así, los de índole literaria como los Cantares mexicanos; los de contenido histórico, como el ya citado Manuscrito de 1528, la Historia tolteca-chichimeca, los Anales de Cuauhtitlan; los de carácter etnográfico, como los huehuetlahtolli recogidos por Olmos y publicados por Juan Bautista; y en lugar muy especial la magna enciclopedia de Sahagún. También hay que traer a la memoria los miles de papeles de toda índole redactados por escribanos de poblaciones aisladas y que nos revelan la historia cotidiana, callada, íntima de las comunidades nahuas. Sin artes y vocabularios estos escritos no existirían, o si existieran, no serían como son, es decir no estarían redactados con soltura y conocimiento de la lengua. Artes y vocabularios fueron también las herramientas esenciales para la elaboración de numerosos textos religiosos, el cimiento donde se sustentó el lenguaje del mundo espiritual. No fueron pocos estos libros, aunque hay que advertir que, como en el caso de gramáticas y diccionarios, muchos de ellos tardaron en ser publicados, otros se han perdido o permanecen aún en espera de ser impresos. Pero también es verdad que un buen número de ellos pasaron a la imprenta. Brevemente veamos cuáles fueron.

Entre todos, los primeros que salieron a la luz fueron las doctrinas. Y de éstas tiene la primacía la ya citada de Zumárraga, en castellano y mexicano, de 1539, hoy perdida. Así pues, la primera que conocemos es la Doctrina christiana breve traducida en lengua mexicana, 1546, de fray Alonso de Molina. Como otras obras de este autor, tuvo mucha aceptación, nueve ediciones, además de la primera, hoy perdida.[50] En ella fray Alonso muestra ya su capacidad lingüística al evitar el abuso de los préstamos castellanos para introducir los nuevos conceptos cristianos. Tales conceptos son expresados con términos nahuas, ahora con una nueva carga semántica.[51] Obra sencilla, está pensada para incipientes, como correspondía a las necesidades del momento de evangelizar a las "nuevas plantas en la fe" con un texto fácil y asequible a las mayorías.

No tardó en aparecer el texto adecuado para proficientes, la Doctrina christiana en lengua española y mexicana hecha por los religiosos de la Orden de Santo Domingo, en México, en casa de Juan Pablos, 1548.[52] Muy copiosa, está diseñada en forma de sermones, noventa en total y sigue muy de cerca la del dominico fray Pedro de Córdoba. Ambas doctrinas, una para incipientes y otra para proficientes, tenían su razón de ser. Garibay destaca en la de Molina su estilo sencillo y lacónico; en la de los dominicos el estilo grandilocuente, aunque sin llegar a la exageración.[53]

Por estos mismos años, fray Pedro de Gante publicó también dos doctrinas, una breve, otra copiosa. La breve, Doctrina christiana en lengua mexicana, ca. 1547, nos ha llegado incompleta. La copiosa, Doctrina christiana en lengua mexicana, en México, en casa de Juan Pablos, 1553 es un completo manual del cristiano; en ella Gante incluyó una "Doctrina tepiton", un breve confesionario e incluso un libro de horas.[54] Una tercera doctrina, diferente a las anteriores, integra la trilogía doctrinal de Gante. Su título, Cartilla para enseñar a leer nuevamente emmendada y quitadas todas las abreviaturas que antes tenía, en México, en casa de Pedro Ocharte, 1569. Emilio Valtón, quien encontró razones para atribuir este escrito a fray Pedro, considera que es el primer libro de alfabetización impreso en América.[55] Es una cartilla breve, de contenido similar a las que circulaban en Europa: alfabeto, ejercicios gramaticales y oraciones fundamentales del cristiano. Es importante destacar que en esta Cartilla se plasman las dos preocupaciones mayores de Gante, la pedagógica y la doctrinal.

Un poco más avanzado el siglo, otro dominico, fray Domingo de la Anunciación, publicó una doctrina en forma de preguntas y respuestas, Doctrina christiana breve y compendiosa por vía de diálogo entre un maestro y un discípulo, de 1567. El nuevo método fue secundado por un franciscano, Juan de Pareja, en su Doctrina christiana muy útil y necesaria, en México, en casa de Pedro de Balli, 1578.[56] De este fraile hay que resaltar que a fines del siglo xvi pasó a la Florida y aprendió a la perfección la lengua timuquana. En ella escribió varios tratados que salieron a la luz a principios del siglo xvii.

Además de los franciscanos y dominicos, los agustinos también elaboraron sus propias doctrinas. Una de ellas es la Doctrina christiana muy cumplida, en México, en casa de Pedro Balli, 1575, de fray Juan de la Anunciación –incluye un manual de sacramentos con extensos comentarios sobre la confesión– y la Doctrina christiana muy útil y necesaria en castellano, mexicano y otomí, en México, en casa de Pedro Balli, 1576, de fray Melchor de Vargas. Ésta tiene la singularidad de que en ella se guarda el único texto impreso en otomí en el siglo xvi.

En estrecha relación con las doctrinas, fueron elaborados los manuales de sacramentos. Era natural, ya que inmediatamente después de adoctrinado, el converso empezaba recibir los sacramentos. Esto explica el que algunos autores de doctrinas incluyeran en ellas algunas normas para administrarlos. Es el caso de fray Pedro de Gante –Doctrina, de 1553– y del agustino, recientemente citado, fray Domingo de la Anunciación.

Ahora bien, correspondió a Alonso de Molina publicar el primer texto sobre los sacramentos, en dos versiones. La primera, Confessionario mayor en lengua mexicana y castellana, extensa, profunda; la segunda, Confessionario breve en lengua mexicana y castellana, muy abreviada. Los dos libros salieron en 1565, en casa de Antonio de Espinosa.[57] Vale la pena describir brevemente Confessionario mayor, dado que puede ser considerado un modelo en su género. En él, a través de las preguntas que se deben hacer al confesando, Molina pasa revista a otros sacramentos, especialmente bautismo, confirmación y matrimonio. Revisa además importantes temas de la fe, como son los diez mandamientos, los pecados mortales, las obras de misericordia, virtudes, etc. Incluye también un capítulo sobre cómo hacer testamento y presenta el modelo a seguir. El contenido del Confessionario nos presenta todo un mundo de creencias y costumbres, incluyendo las mesoamericanas, y al mismo tiempo deja ver las nuevas normas morales que rigen las relaciones de los españoles con los nahuas, en especial con los macehuales.

Desde un punto de vista lingüístico, el Confessionario es un ejemplo del purismo de Molina. Poquísimos son los préstamos del español y muchas son las adaptaciones de vocablos nahuas a los nuevos conceptos. Como ejemplo sirva la palabra neyolmelaualiztli, "acción de enderezar el corazón", confesión, muy usada entre los nahuas para referirse a la confesión que harían a la diosa Tlazolteotl. Una última observación: en la primera página Molina usa la denominación de "lengua de los nahuas" para el idioma que aparece en los textos del xvi con el nombre de "mexicano".

Además del de Molina, dos importantes tratados sobre la confesión fueron publicados a fines del xvi. Ambos se deben al mismo autor, fray Juan Bautista. Este franciscano, excelente nahuatlato y escritor prolífico, llena, con su equipo de trilingües, la vida académica de Santa Cruz de Tlatelolco en sus últimos años.[58] La primera de sus obras es el Confessionario en lengua mexicana y castellana, con muchas advertencias muy necesarias para los confesores, en Santiago Tlatelolco, por Melchor Ocharte, 1594, que constituye un detallado análisis sobre el valor de la confesión. El otro tratado lleva por título Advertencias para los confesores de los naturales, también en Santiago Tlatelolco, por Melchor Ocharte, 1600; obra singular en la que el autor expone una complicada teoría acerca de la casuística de la confesión. En ambos tratados, dignos de un estudio especial, se refleja la preocupación del autor por el escrúpulo con que los confesores deben administrar este sacramento. Importante es señalar que en las Advertencias, las dos páginas finales del primer volumen son una interesante descripción de las abluciones idolátricas con sus nombres en mexicano.

En la vida del cristiano, complemento importante de doctrinas y manuales de sacramentos son los libros de lecturas y comentarios bíblicos, es decir, los sermonarios, epistolarios y evangelarios. Desde temprana época tenemos muestras de su existencia, ya que eran indispensables para la predicación. El tener a la mano un buen tratado de esta índole era disponer de un manantial inagotable para la plática de las domínicas y fiestas de guardar. Recordaré aquí unos cuantos títulos: dos del ya citado agustino fray Juan de la Anunciación y otro de un carmelita, fray Elías de San Juan Bautista.[59]

Por último, el tantas veces recordado de fray Juan Bautista, que apareció ya en el xvii, cuyo título es A Jesu Christo, Nuestro Señor, ofrece este sermonario su indigno siervo..., 1606. En su prólogo, el franciscano nos ha dejado un documento valioso para conocer la tarea que frailes y nahuas trilingües desarrollaron comunitariamente en el Colegio de la Santa Cruz.

Además de sermonarios se conservan varios epistolarios y evangelarios inéditos en diversos repositorios.[60] Entre éstos, vale la pena citar dos de Sahagún que tardaron siglos en ser publicados. El primero es el que Bernardino Biondelli imprimió en Milán en 1858: Evangeliarium, epistolarium et lectionarium aztecum, sive mexicanum ex antiquo codice mexicano nuper reperto. Contiene las epístolas y evangelios de todo el año en náhuatl, traducidos al latín por Biondelli. El segundo lleva por título Adiciones, apéndice a la postilla y ejercicio cotidiano. Ha sido traducido por Arthur J. O. Anderson en edición facsimilar con traducción al castellano, publicado por la UNAM, en 1993. El contenido de este texto versa sobre las virtudes, amonestaciones y meditaciones devotas y, en buena manera, es complemento del texto editado por Biondelli.

Como se anticipó, parte importante de la literatura de evangelización, doctrinas, manuales de sacramentos y textos bíblicos es el integrado por un conjunto de libros concebidos desde una perspectiva religiosa abierta con objeto de que la nueva cristiandad pudiera recrearse en lecturas estimulantes de la vida espiritual. En la mayoría de los casos eran textos similares a los que corrían entre las gentes piadosas de Europa; trataban sobre temas que iban desde sencillas vidas de santos hasta profundos tratados de teología y mística. Cabe advertir, sin exagerar, que casi todos se redactaron en Tlatelolco, en el Colegio de la Santa Cruz.

Un primer grupo de estos libros es el integrado por las vidas de santos. Sabemos que hubo varias aunque del xvi sólo nos ha llegado la Vida del bienaventurado Sant Francisco... agora nuevamente traducida en lengua mexicana, 1577, obra de Molina y de su colaborador el tezcocano Hernando de Ribas.[61] Sabemos, también, que fray Bernardino de Sahagún escribió una de san Bernardino de Sena, hoy perdida. En cambio, conocemos la de fray Juan Bautista, Vida y milagros del bienaventurado Sanct Antonio de Padua... que se publicó ya en 1605.

Una segunda categoría de libros religiosos es la de los manuales del cristiano, tan en boga en el xvi, quizá desde que se hizo tan popular el de Erasmo de Rotterdam. Conocemos dos: el ya citado de Gante incluido en su Doctrina, de 1553 y el de Sahagún, que ha sido publicado recientemente por Arthur J.O. Anderson y Wayne Ruwet con el título de Sahagun's Manual del cristiano.[62]

Un tercer grupo dentro de la literatura piadosa será el formado por libros de esparcimiento e incluso, a veces, lúdicos, aunque siempre estimulantes de la piedad cristiana. Aquí entraría en primer lugar el teatro de evangelización que tuvo importancia capital en el ritual de los nahuas cristianizados. Se sabe que, desde fecha muy temprana, los franciscanos propiciaron la representación de piezas religiosas en náhuatl como parte de su tarea catequística. El contenido literario y la plasticidad que se logra en el teatro eran factores estimulantes del sentimiento religioso. Prueba de ello es que existe un verdadero corpus de obras de este género, de las cuales Fernando Horcasitas nos ha dejado un completo estudio. Como ejemplo de ellas recordaré solamente dos: El juicio final, atribuida a Olmos, la primera que fue representada y, la Comedia de los Reyes, obra de fray Juan Bautista y su colaborador Agustín de la Fuente, la última redactada en el siglo xvi.[63]

Digna de ser recordada en este contexto es la Psalmodia christiana y sermonario de los sanctos del año en lengua mexicana, 1585, de fray Bernardino de Sahagún, la única obra que él vio impresa. En ella se guarda un rico y bello florilegio de cantares para todas las fiestas del año, muchos de los cuales nos hacen sentir la presencia de la palabra antigua. Recientemente ha sido publicada en inglés por Arthur J. O. Anderson.[64]

Por último, un cuarto género de libros religiosos sería el formado por tratados de meditación teológico-filosófica. Sabemos que en Santa Cruz se vertieron al náhuatl algunos de los que se leían en la Europa renacentista como la Imitación de Cristo, de fray Tomás de Kempis; De consolatione philosophiae, de Boecio y De la vanidad del mundo, de fray Diego de Estella. Ninguno de ellos ha llegado hasta nosotros. Pero sí tenemos ejemplares de los Colloquios de la paz y tranquilidad christiana en lengua mexicana, 1582, de fray Juan de Gaona. Gaona, estudiante famoso de la Sorbona, pasó su vida en México como predicador, escritor y maestro en Santa Cruz. Sus Colloquios representan un momento clímax en la literatura teológico-filosófica en náhuatl clásico.

He dejado, para cerrar este capítulo de tratados lingüísticos y religiosos en lengua náhuatl, un texto singular del siempre presente fray Bernardino de Sahagún. Me refiero a los Colloquios y doctrina christiana con que los doce frayles de san Francisco enviados por el papa Adriano sesto y por el emperador Carlos quinto convirtieron a los indios de la Nueva España. Hasta muy recientemente ha sido publicado por Miguel León-Portilla.[65] Texto en apariencia sólo religioso, es, en realidad, susceptible de múltiples lecturas. Aquí resaltaré que, más allá de su significado lingüístico-religioso, aflora una lectura histórico-filosófica válida para la historia universal. En él ha quedado plasmado con intensa vitalidad el momento del encuentro, choque dramático y diálogo profundo de hombres y culturas radicalmente diferentes.

Artes, diccionarios, textos religiosos de toda índole, relatos históricos y literarios, forman un corpus gigantesco de escritos en náhuatl del cual aquí se ha hecho una breve descripción. Sin duda estos primeros escritos son el despertar que da título a este trabajo. Pero este despertar tuvo un eco inmediato en otras regiones de México. Veamos cómo fue en Michoacán.

 

mostrar Los primeros escritos en purépecha

Cuenta fray Jerónimo de Mendieta en su ya citada Historia eclesiástica indiana, cómo el propio rey de Michoacán, Caltzontzi, pidió a los franciscanos que enviasen evangelizadores a su reino.[66] Esto explica por qué en muy temprana fecha varios franciscanos aprendieron el purépecha en las escuelas de los conventos recién fundados. Uno de ellos, Jerónimo de Alcalá redujo la lengua al alfabeto latino y recogió relatos de la tradición oral que se conservan en la Relación de las ceremonias y ritos y población y gobierno de la provincia de Michoacán, elaborada hacia 1540.

Sin duda, los primeros pasos dados por estos evangelizadores abrieron el camino a dos gramáticos y filólogos, fray Maturino Gilberti y fray Juan Bautista Bravo de Lagunas. Gilberti había estudiado "artes y teología" en la universidad de su ciudad natal, Toulouse de Aquitania. Sabemos que llegó a México en 1542 y que 16 años después, en 1558, publicaba sus dos primeras obras en tarasco. Este solo hecho nos confirma lo que de él dicen sus biógrafos, que fue hombre de gran capacidad lingüística.[67] Pero además, un año después, es decir, en 1559, publicaba otras dos obras en la lengua de Michoacán y una Gramática latina para los estudiantes de Santa Cruz de Tlatelolco.

Su primera obra, Arte de la lengua de Michoacán,[68] fue, de hecho, la primera gramática que se imprimió en una lengua del Nuevo Mundo. Distribuida en tres libros, el primero funciona como una visión general de la estructura de la lengua. Los dos restantes están dedicados al análisis de las ocho partes de la oración y a la composición. En el libro tercero, Gilberti aporta consideraciones de gran interés sobre la grafía, frasis y ornato, modo de contar y modus dicendi. Al tratar de la composición explica cómo los elementos que se intercalan dan vida y matizan con exactitud la oración. En resumen, Gilberti logró captar la esencia de una lengua tan difícil para cualquier lingüista formado en el ámbito de los idiomas indoeuropeos.

Doce días después de que el Arte saliera, fray Maturino lograba ver impresa su segunda obra en tarasco, Thesoro espiritual en lengua de Mechuacán, en el qual se contiene la doctrina christiana y oraciones para cada día, y el examen de conciencia y declaración de la misa. Era ésta también la primera obra de evangelización en purépecha con textos apropiados para los recién conversos. Sin embargo, las inquietudes de Gilberti no pararon ahí y al año siguiente, 1559, sacaba a luz su famoso Diálogo de doctrina christiana en la lengua de Mechuacan. Es famoso por varias razones: en primer lugar, por ser un tratado muy amplio, el libro de más páginas que salió de las prensas de Juan Pablos; en segundo lugar, porque en el contexto evangelizador del xvi es una obra maestra. En él, Gilberti explicó la doctrina cristiana en función de las virtudes teologales, lo cual ya es originalidad. Incluyó, además, los principales textos religiosos que debe saber el cristiano, epístolas y evangelios de las domínicas de todo el año y remató su obra con varias vidas de santos. En tercer lugar, es famoso porque desató una gran disputa teológica entre su autor y el obispo Vasco de Quiroga. No es posible entrar aquí en la descripción de esta controversia, verdadero calvario para Gilberti, que le entorpeció su quehacer filológico y lingüístico.[69]

Pero volviendo a 1559, en ese mismo año aparecería la que posiblemente sea su obra maestra, el Vocabulario en lengua de Mechuacan.[70] Al publicarlo, Gilberti no quedaba atrás de su hermano de orden Alonso de Molina, autor, como ya hemos visto, del primer diccionario de una lengua del Nuevo Mundo. El de Gilberti, además de ser copiosísimo, tenía la novedad de incluir dos partes, una tarasco-castellano y otra castellano-tarasco. Un análisis del Vocabulario nos llevaría a descubrir muchos rasgos que lo singularizan en el campo de la lexicografía. Destacaré solamente su glosario intercalado entre las dos partes, en el que registra "ciertos verbos a los cuales algunos quieren llamar raíces porque parece que, apartados los miembros [...], quedará la raíz sin significar nada como el tronco sin ramas".

En síntesis, estas cuatro obras hacen de fray Maturino el gran filólogo y lingüista del purépecha; con él se consolida uno de los focos vanguardistas de la lingüística del Nuevo Mundo. Hoy día, después de más de cuatro siglos, el Arte y el Vocabulario siguen siendo libros vivos, de consulta obligada. Este hecho es muy significativo para valorar la obra de Gilberti; obra que se completa con un libro más, el Thesoro spiritual de pobres... en lenguas de Michuacán, 1574. Con él culminaba una vida de intensa labor pastoral, de profunda reflexión lingüística y de "lucha acérrima", como decía Sahagún. Nada le fue fácil a fray Maturino, pero en todo lo que hizo alcanzó logros envidiables.

Su tarea fue continuada por su hermano de orden, Juan Bautista Bravo de Lagunas. Buen conocedor de la lengua tarasca, Lagunas publicó en 1574 los dos libros que de él conocemos. El primero es de índole religiosa y su contenido está explicitado en el título: Confessionario; preparativos para bien morir; explicación del salmo Miserere; explicación del salmo "Beati qui audiunt"; explicación de las letanías en el idioma de Michoacán. El segundo es de índole lingüística: Arte y dictionario: con otras obras en lengua michuacana.[71] Aunque inspirado en Nebrija y Gilberti, de los cuales el autor se confiesa deudor, el Arte aporta datos originales, tales como reglas de elegancia y figuras de dicción. Muy interesantes son las páginas dedicadas al ablativo en tarasco. Observa él que propiamente no existe tal caso y en su lugar está el "caso efectivo", formado con el nominativo más la partícula himbo.

Respecto del Dictionario, aunque breve y compendioso, tiene la originalidad de que todas las entradas son verbos bien explicados y acompañados de sus derivados. Según el propio autor, en él está "copia verborum de los más principales verbos con sus etimologías, casi al modo que lleva el Ambrosio Calepino". En conjunto, el Arte de Laguna está pensado desde una perspectiva pedagógica, como instrumento de evangelización. Por ello termina su obra con una doctrina cristiana y una instrucción para confesar.

En conclusión, la obra de Gilberti y, en menor grado, la de Lagunas, constituyen un aporte sobresaliente en el contexto lingüístico-filológico de la segunda mitad del xvi. Ambos franciscanos fueron los pilares donde se sustentaron los estudios de la lengua purépecha en los siglos siguientes. Ahora bien, mientras ellos trabajaban en las tierras tarascas, un grupo de dominicos laboraba en Oaxaca con brillantes resultados.

 

mostrar La codificación de las lenguas de Oaxaca

Por los mismos años en que se lograban los primeros textos en las lenguas náhuatl, purépecha y, en menor grado, otomí, los dominicos realizaban una fecunda labor entre las lenguas de Oaxaca, en especial la zapoteca, mixteca y chuchona.[72] No hay espacio aquí para analizar los pasos que llevaron a la fundación de conventos y escuelas entre zapotecos y mixtecos, quienes desde antiguo habían logrado importantes logros culturales. Pero sí podemos dar una fecha clave, la de 1567, año en que se publicaron dos doctrinas, una en lengua mixteca y otra en zapoteca. La primera de ellas, de fray Pedro de Feria, lleva por título Doctrina christiana en lengua castellana y çapoteca, en México, en casa de Pedro Ocharte. La segunda, de fray Benito Fernández, es la Doctrina en lengua misteca,[73] en México, también en casa de Pedro Ocharte. Ambas obras abrieron el camino en la escritura de dos lenguas muy diferentes de las codificadas hasta entonces. Las tareas de estos dos dominicos fueron continuadas por otros más, quienes lograron artes y vocabularios comparables a los ya existentes del náhuatl y del purépecha.

Empecemos por el zapoteco. Correspondió a fray Juan de Córdoba redactar una gramática y un diccionario en esta lengua. Córdoba pasó muchos años en los conventos de Oaxaca, principalmente en el de Tlacuechahuaya, cercano a Tlacolula. Pudo así conocer a fondo la lengua y publicar en 1578 su gramática y su diccionario. La primera lleva por título Arte en lengua zapoteca, en México, en casa de Pedro Balli.[74] Como en otras gramáticas de sus coetáneos, Córdoba concede mucha atención a la morfología, sobre todo al nombre y al verbo. Aunque admite declinaciones, lo hace con muchas salvedades, y siempre destaca las particularidades del sustantivo zapoteco. Al tratar del verbo, avisa que en el modo de proceder no llevará el orden de Antonio y así lo hace adaptando el estudio de las diversas clases de verbos a lo que la lengua pide. Importante es señalar que la última parte del Arte está dedicada a estudiar las "particularidades notables y modos de hablar de los yndios dignos de saber". Es en realidad una minigramática, en la que Córdoba analiza los verbos según el uso del habla.

El mismo año en que Córdoba imprimió el Arte, publicó, como ya se ha dicho, su Vocabulario en lengua çapoteca, en México, por Pedro Ocharte y Antonio Ricardo.[75] Aunque sólo abarca castellano zapoteco, es un diccionario copiosísimo en el que las entradas aparecen en forma de frases múltiples. Otro rasgo que lo hace particularmente interesante es el conjunto de 13 "avisos notables" de que va precedido. En ellos Córdoba abunda en detalles acerca de la pronunciación, aspecto de la lengua que no trata en el Arte; asimismo explica la razón de las diferentes maneras de escritura y hace notar la riqueza léxica de la lengua.

Muy pocos años después de que el zapoteco contara con Arte y Vocabulario, el idioma mixteco también contó con tratados similares. Fue en 1593, año en que Pedro Balli imprimió dos obras acerca de esta lengua. La primera de ellas es el Arte en lengua mixteca, compuesta por fray Antonio de los Reyes.[76] Fue fray Antonio vicario del convento de Teposcolula y conoció muy bien las variantes del mixteco, como se puede ver en su prólogo. Su arte está redactada conforme a la norma de Teposcolula, según él, la más pura y la mejor entendida por todos. Aunque breve, es muy completa, particularmente en lo que se refiere al verbo. Como otros gramáticos, rompe con el esquema de Nebrija, y distribuye su obra en 28 capítulos. Rasgo esencial del Arte es, por una parte, que no utiliza el concepto de declinación y aborda el estudio del sustantivo con criterios tales como el de la derivación; por la otra, su penetración en lo que se refiere a la naturaleza de los verbos, sobre todo de los reverenciales y derivativos. Como final incluye tres capítulos de interés: "de las partes del cuerpo humano"; "de los nombres de parentesco", y "de los nombres de los pueblos". En este último da un glosario de topónimos en náhuatl-mixteco.

Complemento del Arte de De los Reyes es el Vocabulario de su hermano de orden, el dominico fray Francisco de Alvarado. Su título es Vocabulario en lengua mixteca hecho por los padres de la Orden de los Predicadores... y últimamente recopilado y acabado por el padre fray Francisco de Alvarado, en México, en casa de Pedro Balli, 1593.[77] Claramente se ve que Alvarado aprovechó varios trabajos sus cofrades y esto se refrenda si leemos el preámbulo del ya descrito Arte De los Reyes. En él, al tratar del modo de hablar y de la ortografía, fray Antonio no profundiza en el tema pero afirma que "lo que se podía poner por reglas y avisos de pronunciación de esta lengua está puesto curiosamente en el vocabulario con los acentos y ortografía..."; no cabe duda de que se refería al Vocabulario de Alvarado; en él se usan determinados signos encima de las vocales que no aparecen en otros diccionarios de los ya descritos. Además, en el "Prólogo al lector", Alvarado advierte que la lengua mixteca tiene "circunstancias de mucho cuidado y estudio" y especifica que en el "acento [tono] varían muchas palabras su significación". Explica además, a su manera, la existencia de fonemas nasales: "llega a tanto esta lengua que no se contenta con la que nos dio naturaleza para pronunciar sino que sube a las narizes: y della se vale en algunas pronunciaciones".

Además de estas consideraciones tan interesantes de índole fonética, el Vocabulario de Alvarado es un diccionario muy completo castellano-mixteco. Similar al zapoteco de Córdoba en tamaño y en disposición de los vocablos, ambos siguen siendo obras vivas, de uso indispensable después de cuatro siglos. Este hecho es bastante elocuente para entender la dimensión que tuvieron y tienen en la lexicografía del xvi. Desde nuestra perspectiva, estos dos Vocabularios y las ya citadas gramáticas de Córdoba y de De los Reyes constituyen un logro en la codificación de las dos lenguas de Oaxaca más extendidas, habladas por pueblos que habían creado dos de las más brillantes culturas del México antiguo.

A estas cuatro obras hay que añadir, aunque sólo sea en forma de breve alusión, la existencia de un impreso en lengua chuchona o chocho-popoloca. Es la "Cartilla y doctrina christiana breve y compendiosa... traduzida, compuesta, ordenada y romançada en la lengua chuchona del pueblo de Tepexic de la seda por el... padre fray Bartholomé Roldán, de la orden del glorioso padre Santo Domingo", en México, en casa de Pedro Ocharte, 1580. En dos columnas, una en español y otra en chuchón, sigue el modelo de Cartilla frecuente en el xvi para alfabetizar y evangelizar. Señala García Icazbalceta que el texto chuchón lleva diversos tipos de acentos, agudos, graves y circunflejos.[78] Este dato es de gran interés, como lo son los signos que aparecen sobre las vocales en los Vocabularios de Alvarado y Córdoba. Tomando como base estos signos y los comentarios sobre pronunciación de los autores de las obras aquí descritas, se podía elaborar un estudio acerca de la forma en que los misioneros lingüistas adaptaron el sistema fonético de las lenguas de Oaxaca, algunas tonales, al alfabeto latino.

Tres doctrinas y cuatro tratados de índole lingüística representan un despertar de los estudios gramaticales y filológicos de las lenguas de Oaxaca, despertar que se consolidó en los siglos siguientes.[79] Veamos ya el cuarto foco del quehacer lingüístico filológico novohispano, el que surgió en torno a las lenguas mayenses.

 

mostrar Los primeros trabajos en lenguas mayenses

Desde muy temprana fecha, las lenguas mayenses atrajeron en alto grado la atención de los misioneros lingüistas, en especial de franciscanos y dominicos. Este hecho corrobora algo que es bien sabido gracias a la arqueología: que varios pueblos hablantes de dichas lenguas habían logrado crear civilizaciones que alcanzaron enorme esplendor en el mundo mesoamericano.

Si nos atenemos a la lingüística y a la filología, se pueden delimitar claramente el nacimiento de tres focos importantes hacia mediados del siglo xvi: el maya yucateco, el tzeltal y el quiché. En estas tres lenguas fue donde se empezaron a redactar las primeras gramáticas y glosarios que rápidamente abrieron camino a importantes textos de índole variada, algunos de ellos tan famosos como el Popol Vuh o los Chilam Balam, entre otros muchos. Estos textos son buena prueba de que en los pueblos de Yucatán, Chiapas y el reino quiché existió desde muy pronto un número elevado de escribanos que dominaron el alfabeto latino y que se interesaron por escribir el pasado y el presente de sus comunidades.

Franciscanos y dominicos compartieron, desde el decenio de 1540, la construcción de conventos y escuelas, es decir las tareas evangélicas y pedagógicas. En Yucatán las crónicas señalan a fray Luis de Villalpando y fray Diego de Landa como los primeros que supieron la lengua. Landa contó con la ayuda de un maya de noble linaje que desde niño fue educado por los hermanos menores: Gaspar Antonio Chi.[80] Intérprete de dos lenguas y culturas, Antonio Chi fue una figura crucial para el entendimiento y la convivencia de franciscanos y mayas. Esta convivencia contribuyó a crear una atmósfera propicia para la elaboración de obras lingüísticas.

Correspondió al franciscano fray Antonio de Ciudad Real componer la primera obra lingüística de envergadura que nos ha llegado sobre el maya: un copioso vocabulario. Fray Antonio pasó gran parte de su vida en Motul; allí redactó su texto, que estuvo perdido durante siglos. Sin embargo, su fama de lexicógrafo pervivió entre historiadores y bibliógrafos. En nuestro siglo el erudito Juan Martínez Hernández lo imprimió junto a otro texto bajo el título de Diccionario de Motul maya-español y Arte de la lengua maya por fray Juan de Coronel, Mérida, Talleres de la Compañía Tipográfica Yucateca, S.A., 1930, XXI + 935 pp. Aparte del Arte de Coronel, terminado en 1620, hay que resaltar que el Diccionario de Antonio de Ciudad Real es en verdad riquísimo: 28 000 voces mayas, según René Acuña, quien lo ha vuelto a editar recientemente.[81]

Ya el cronista franciscano fray Bernardo de Lizana en su Historia de Yucatán afirmaba que "Ciudad Real hizo Calepino tan grande que [...] ocupó cuarenta años en esta obra que es tan buena y de tanto peso y utilidad que no tiene otro defecto que ser para esta tierra solamente; que a correr esta lengua por el mundo, solas estas obras bastaban para dar luz y claridad a todos los que aprendiesen."[82]

Este juicio de Lizana es eloeuente para calificar la obra de Ciudad Real. Sabemos que era buen latinista, dotado de una capacidad de trabajo excepcional: su diccionario así lo confirma. Es uno de los repositorios más ricos de cuantos se hicieron en el siglo xvi. Cabe pensar que su texto, en copias totales o parciales, corriera entre los conventos yucatecos y facilitara no sólo el conocimiento de la lengua sino la redacción de escritos religiosos y filológicos.

Al mismo tiempo que Ciudad Real trabajaba en Motul y elaboraba su obra, un dominico, fray Domingo de Ara, hacía lo propio entre los tzeltales de Copanabastla. Autor prolífico, conocemos su talento lingüístico gracias a la edición facsimilar de una de sus obras, la titulada Vocabulario de lengua tzeldal según el orden de Copanabastla, edición de Mario Ruz, México, UNAM, Instituto de Investigaciones Filológicas, 1986.[83] En realidad el texto incluye un Ars tzeldaica en latín y "Apuntaciones de los milagros del rosario", en español. El Ars es breve; su finalidad es la de servir de introducción al tzeltal. No así el Vocabulario, que es nutrido y de contenido muy variado, a pesar de que sólo está publicada la parte tzeltal-castellano. Mario Ruz, quien lo ha estudiado a fondo, señala que Ara incluyó en él no sólo los términos comunes que aparecen en todos los diccionarios sino otros muchos relativos a la vida espiritual, al comercio, flora y fauna de la región, relaciones de parentesco, etc. Señala también Ruz que en muchos vocablos no sólo se da la traducción al español, sino que también se hacen precisiones acerca de la naturaleza lingüística del término.

No conocemos una obra impresa de contenido lingüístico en lengua quiché como las mencionadas de Antonio de Ciudad Real y Ara. Ahora bien, se conservan artes, diccionarios y doctrinas manuscritos de gran valor originales de dos dominicos, fray Francisco Ximénez y fray Domingo de Vico. Muy temprano en 1556, se imprimió el Catecismo y doctrina cristiana en idioma utlateco, por el "Ilmo. Sr. Don Francisco Marroquín, obispo de Guatemala", en México, por Juan Pablos.[84] Estas artes manuscritas y la doctrina de Marroquín, nos indican que en lo que había sido el reino quiché, se formó muy pronto una generación de escribanos que manejaron con soltura la escritura alfabética. A todos ellos se debe la pronta labor de rescate de textos tan valiosos como el Popol Vuh, el Memorial de Sololá o Anales de los cakchiqueles y el Rabinal Achí. Estos textos, con sus homólogos en maya yucateco –libros de Chilam Balam, Códice Pérez, Crónica de Yaxkukul–[85] todos de la segunda mitad del siglo xvi, integran un corpus excepcional dentro de la naciente filología mesoamericana. En ellos se funden los relatos cosmogónicos, los hechos históricos y la creación literaria; en todos se refleja la lengua y el habla de la época, raíz y cimiento de nuevas y fuertes ramas que están plasmadas en el renacer literario de nuestros días.

En resumen, misioneros lingüistas y escribanos indígenas realizaron una empresa singular: la de codificar un buen número de lenguas mesoamericanas y comenzar una tarea ininterrumpida de creación de textos de toda índole. En ellos no solamente rescataron su pasado, sino que registraron el presente que les tocó vivir. En conjunto, lo realizado en el siglo xvi fue el despertar de un capítulo singular en la historia de la lingüística de todos los tiempos.

 

mostrar Reflexiones finales: lengua, lenguaje y pensamiento, tres aportaciones de la naciente lingüística

Tras este análisis del despertar de la lingüística y la filología de las lenguas mesoamericanas, se impone una pregunta: ¿cuál es el significado de este cúmulo de artes y diccionarios que abrieron las puertas a la codificación de tantas lenguas y a la pronta escritura de sus textos? En un marco lingüístico amplio, el significado de estas artes y diccionarios puede ser valorado como una inapreciable aportación en tres campos: el de la lingüística descriptiva, el de la lingüística general y el de la lingüística antropológica, es decir, el de la relación lengua-pensamiento.

Comencemos por la primera, la aportación a la lingüística descriptiva: en este campo cada una de las gramáticas y diccionarios es el fruto de un gran esfuerzo por penetrar y explicar un nuevo idioma. En cada una de las gramáticas hay un acercamiento a las realizaciones fonológicas; a la naturaleza de las categorías gramaticales; a la sintaxis, o por mejor decir, composición; a la penetración en el étimo de las palabras; a las formas complejas propias de la estructura de las lenguas mesoamericanas tan diferentes de las indoeuropeas. En resumen, es posible afirmar que la codificación de las nuevas lenguas significó un enriquecimiento de la lingüística descriptiva y un paso firme en la tarea de conocer y valorar la rica gama de la comunicación humana en el mundo.

La segunda aportación, es decir, la relacionada con la lingüística general, con el lenguaje, es consecuencia de la primera. En efecto, al ahondar en la descripción de las lenguas, a veces los autores no pueden aplicar la categorías grecolatinas; es entonces cuando responden con "nuevas reglas y nuevo estilo", como decía Antonio del Rincón. Ello es visible cuando rompen con el concepto de declinación y presentan al sustantivo en íntima relación con afijos indicadores de una amplia gama de vínculos o cuando explican el verbo, dotado de función gramatical propia, articulado con diversas partes de la oración, y acompañado del pronombre y partículas que le pertenecen.

Muy perspicaces fueron esos protolingüistas al abordar el estudio de la sintaxis y percatarse del nuevo artificio gramatical. Prueba de ello es que olvidan la palabra clásica griega y explican el orden de la oración con el término ya citado de composición. Es más, descubren la nueva estructura de la palabra-frase y aplican una respuesta que mucho tiene que ver con el concepto moderno de morfosintaxis. Podrían aducirse otras muestras en las que aflora la fina percepción de los autores ante la naturaleza de las nuevas lenguas: así, la propiedad de la frasis, el modus dicendi como lo llama fray Maturino; los matices dialectales, de los que tanto nos habla fray Antonio de los Reyes; las precisiones acerca de las diferentes hablas dentro de una misma lengua, es decir, las incipientes ideas sociolingüísticas. Y siempre, en todos ellos, está presente el gusto por la belleza del idioma que describen. Recordaré unos ejemplos referentes al náhuatl: Molina habla "del artificio y primor de sus metáforas"; Sahagún, de "los primores de la lengua mexicana"; fray Juan Bautista la califica "de elegante, copiosa y abundante" y Mendieta afirma que "no es menos galana y curiosa que la latina y aún más artizada en composición y derivación de vocablos y en metáforas".[86] Este gusto por la belleza, además de ser un elemento importante para perfilar mejor los idiomas, es también un rasgo común en muchos escritores del Renacimiento. Los misioneros lingüistas, consciente o inconscientemente, participaron de este sentir y enriquecieron la corriente de los laudes a las lenguas vernáculas, corriente que tuvo su origen en Dante y que Erasmo cultivó y extendió.

En resumen, al hacer lingüística descriptiva, los gramáticos y lexicógrafos aportan muchas reflexiones propias del campo de la lingüística general; al ofrecer nuevas respuestas al estudio de las categorías grecolatinas, crean una nueva doctrina respecto de sus homólogos europeos; en una palabra, introducen innovaciones que enriquecen el saber lingüístico del siglo xvi. Es éste un aporte significativo a la teoría lingüística, al conocimiento del lenguaje como facultad del hombre para hacer surgir numerosas y diferentes lenguas.

El tercer elemento, de no menor importancia que los dos anteriores, es el que tiene que ver con la relación pensamiento-cultura, el que atañe al campo de la lingüística antropológica. Esta aportación, aunque está implícita a lo largo de la exposición gramatical, se hace explícita en los textos que los gramáticos adosaron a sus artes, como complemento para el conocimiento integral del idioma estudiado. En ellos, además de la lengua, queda atrapada el habla, y con ella la cultura y el pensamiento de sus gentes.

Cuatro autores bastan para ejemplificar lo que venimos diciendo, aunque podrían recordarse otros más. El primero, fray Andrés de Olmos, quien termina su Arte con un capítulo "acerca de las maneras que tenían los viejos en sus pláticas antiguas"; en estas maneras están presentes las metáforas y toda clase de figuras sutiles del náhuatl. Además de este capítulo, Olmos adosa un huehuetlahtolli, probablemente el primero recogido por un misionero. En éste de Olmos, como en otros muchos, la vieja palabra se desliza a través del habla para mostrar el interior del hombre en los momentos trascendentes de su vida. Lengua y pensamiento se funden en un armonioso equilibrio gracias al habla.

Molina también complementa su Arte con un texto, en este caso su traducción del Padrenuestro comentado palabra por palabra. Y termina su libro con unas bellas consideraciones acerca de las dos formas de hablar el mexicano: la vulgar, propia de las gentes sencillas y poco refinadas; y la culta, hablada por personas ilustres y curiosas.

Otro ejemplo de este entendimiento entre lengua y cultura es el prólogo de fray Antonio de los Reyes a su Arte en lengua mixteca. A diferencia de los prólogos de sus coetáneos, el de fray Antonio es un relato de contenido etnográfico. En él recoge la leyenda del árbol de Apoala y la creación y dispersión de los señores mixtecos. Narra también, de paso, la historia de cuicatecos y chuchones; pero en realidad todo este cuadro etnohistórico está diseñado para explicar las variantes lingüísticas del mixteco. De ellas hace una descripción clara y precisa con énfasis en la fonología, la frasis y el léxico. Historia y lengua forman un todo inseparable para fray Antonio; sus reflexiones son, sin duda, de gran valor para los estudiosos de esta lengua.

El cuarto de los autores escogido es fray Juan de Córdoba. Al final de su Arte de la lengua zapoteca incluye "la quenta o kalendario de los días, meses y años que tengan los indios en su antigüedad", importante para el conocimiento y correlación del calendario mesoamericano. Después del kalendario, fray Juan anexa unas páginas sobre costumbres, agüeros, ritos y sortilegios de los zapotecos. Son páginas particularmente atractivas para penetrar en la cultura de los creadores de Monte Albán.

Estos cuatro ejemplos son suficientes para mostrar cómo los misioneros lingüistas captaron la relación lengua-pensamiento. De una manera magistral lo expresó Juan Bautista Bravo de Lagunas en su ya citada Arte y diccionario [...] en lengua michoacana. 1574. En el "Prólogo al benévolo y pío lector", escribe: "sirve pues la boz (la lengua), de ser vestidura del pensamiento; y la escritura sirve de cambio de la boz pronunciada". Esta reflexión de Lagunas contrasta con una del famoso Ferdinand de Saussure. En el capítulo vi del Curso de lingüística general, al explicar Saussure las dificultades de la representación de la lengua por la escritura, concluye que "la escritura vela y empaña la vida de las lenguas: no es un vestido, es un disfraz".[87] Ante semejante conclusión cabe pensar que si Saussure hubiera incluido entre sus ejemplos lenguas como el purépecha y hubiese leído el prólogo de Lagunas, tal vez hubiera optado por una conclusión muy diferente.