Enciclopedia de la Literatura en México

Victoriano Agüeros

Ángel Muñoz Fernández 1995 / 27 jul 2017 16:35

Nació en Tlalachapa, Guerrero, en 1854 y murió en París el año de 1911. Escritor, crítico, editor y periodista. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Católico y conservador a ultranza. Editó en 78 volúmenes la Biblioteca de Autores Mexicanos. Colaboró en La Iberia, El Siglo Diez y Nueve, La Ilustración Española y Mexicana. Dirigió El Imperial y fundó El Tiempo y El Tiempo Ilustrado.

Victoriano Agüeros nació en Tlalchapa, Guerrero, el 4 de septiembre de 1854, y murió en París, el 8 de octubre de 1911. Escritor, periodista, abogado y editor. En 1866 al llegar a la capital de la República hizo sus primeros estudios en el Ateneo Mexicano, que dirigía el ingeniero Celso Acosta. En 1870 obtuvo el título de profesor de instrucción primaria expedido por el Ayuntamiento de la Ciudad de México. Ingresó a la Escuela Nacional de Jurisprudencia en 1877, donde se recibió de abogado el 18 de diciembre de 1881.

Desde joven incursionó en el periodismo con el seudónimo bíblico de José. Publicó sus primeros escritos literarios en 1874 volumen que tituló Ensayos de José. Desde 1878 comenzó a colaborar en La Ilustración Española y Americana, de Madrid, con una serie de artículos biográficos y críticos sobre autores mexicanos. Para el año 1882, ocupó la dirección del diario capitalino El Imparcial. De espíritu religioso y tendencia conservadora, fundó el diario de filiación católica El Tiempo, que salió a la luz pública el 1º de julio 1883, del que fue director hasta su muerte. Estuvo preso en la Cárcel de Belén por sus críticas al gobierno de Manuel González.

Inclinado a la crítica literaria dentro de la corriente academicista de entonces, publicó Cartas literarias (1877), prologado por el periodista español, radicado en México, Anselmo de la Portilla; y unos años después dio a la imprenta Escritores mexicanos contemporáneos (1880). Escribió Dos leyendas (1877): una titulada “Páginas íntimas”, y otra sobre la Navidad, esta última tiene por escenario el estado de Guerrero; sus tipos son campesinos y su ambiente romántico popular. En el periódico El Siglo XIX escribió en el folletín Confidencias y recuerdos. Leyendas (1879).

Resulta interesante reconocer en la obra ensayística e histórico-literaria de Agüeros la predilección y la fascinación por una corriente neocatólica y romántica que recuperó a autores como René de Chateaubriand, Alphonse de Lamartine, José Selgas, Pedro Antonio de Alarcón, y que no dejó de suscribirse a los parámetros del Neoclasicismo.

En su afán de dar a conocer, desde joven, la literatura mexicana en España y en Sudamérica, elaboró una serie de ensayos biográficos que difundió con el título de “Correspondencia literaria de Méjico”, en La Ilustración Española y Americana, a partir del 8 de junio de 1878. Muy pronto Agüeros recibió respuesta a sus trabajos: el poeta Gaspar Núñez de Arce le escribió en diciembre de 1879, para decirle que había leído sus textos y que gracias a ellos podía apreciarse mejor la literatura mexicana. Dentro de la misma correspondencia aparecieron fragmentos de lo que conformaría más tarde su libro Escritores mexicanos contemporáneos (1880). Otros de sus corresponsales, en este sentido, fueron Juan Valera y Marcelino Menéndez y Pelayo.

Dentro de este mismo propósito y empresa de divulgar la literatura mexicana, y disponiendo de los materiales tipográficos de El Tiempo, creó la Biblioteca de Autores Mexicanos, colección que albergó escritos de Joaquín García Icazbalceta, José Fernando Ramírez, Santiago Revilla y José Bernardo Couto (historiadores del arte); de Lucas Alamán, Joaquín Baranda, Fernando Calderón, Manuel Ramírez de Aparicio, Manuel Payno e Ignacio Manuel Altamirano, entre otros. Se trata del proyecto editorial más ambicioso del siglo XIX respecto a la publicación de un conjunto de autores mexicanos destacados en una biblioteca que contó con 78 volúmenes publicados entre 1896 y 1912. Sin embargo, como director del más importante diario católico de la nación, mostró desde un principio inclinación hacia sus correligionarios y amigos de corte conservador, lo cual impidió que dicha colección fuera realmente representativa de las corrientes literarias del México de entonces.

Al año siguiente de su fallecimiento, Alfonso Reyes opinó sobre Agüeros: “En tanto que la Academia Mexicana de la Lengua, por persona más adecuada, hace el obligado elogio de este escritor, digamos sobre él la verdad, que es la más noble oración para los muertos. Agüeros representaba con mucho a nuestro hombre de letras de otro tiempo, aun por la lentitud, aun por la escasez final de su producción literaria. Su vida, por otra parte, fue siempre opaca literariamente, y apenas la iluminó, a los principios, un fulgor un tanto ficticio, como el único que puede dar a los jóvenes la acogida benévola de los viejos. Antes de acercarse a esta sombra amable y buena, conviene abandonar ciertas exigencias de literatura profesional y no olvidar nunca, junto al escritor, al hombre, para quien el escritor no fue, propiamente, sino un ornamento sobrio y distinguido. Como en la mayoría de nuestros precursores” (Revista de América, 1912). Estas palabras de Reyes han sido decisivas en la recepción de la obra de Agüeros, y en buena medida representan el distanciamiento definitivo de una generación nueva, la del Ateneo de la Juventud, que se desmarcó de una sensibilidad y prácticas literarias finiseculares, frente a la visión de un nuevo humanismo. Con todo, vale la pena destacar el carácter de este escritor cuya escasa y pobre producción de invención fue desplazada por una verdadera vocación de historiador de la literatura, que se afanó por recuperar un segmento de escritores de la tradición de la literatura mexicana asociada con la facción conservadora.

Victoriano Agüeros también publicó algunos cuentos o leyendas que se incluyeron en el tomo que preparó dentro de la Biblioteca de Escritores Mexicanos (Obras literarias, México, Victoriano Agüeros, 1897), además de ensayos, artículos periodísticos, novelas cortas y biografías, entre otros. Fue el mismo Alfonso Reyes quien reconoció la “leyenda” como una forma de adoptar lo que también se pudo llamar “novela corta”. En 1902 fue individuo correspondiente de la Academia Mexicana de la Lengua y en 1909, miembro de número. Al estallido de la Revolución Mexicana, Agüeros se encontraba en Europa.

Seudónimos:

  • Fernando