La ciudad que Édgar Velasco construye a través de sus cuentos, es una urbe sin concesiones para sus lectores y sin piedad para sus protagonistas. ¿O será acaso que la clemencia se ha escurrido tras la ironía y el humor negro que uno encuentra entre las líneas de cada relato? Más nocturna que diurna, esta ciudad es habitada por los más variados personajes, todos atrapados entre los muros y trampas —visibles o invisibles— que ellos mismos se han construido. Son estos edificios individuales los que dan forma a la protagonista de este libro, esa urbe donde de vez en cuando la suerte se manifiesta, aunque se ignore si es porque ha reservado un final aún más desesperanzador.
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