Enciclopedia de la Literatura en México

Juan de Dios Peza


Nació en 1852 y murió en 1910 en la Ciudad de México. Estudió en la Escuela de Agricultura, la Preparatoria y en la Escuela de Medicina. Amigo de Manuel Acuña. Fue discípulo de Ignacio Manuel Altamirano e Ignacio Ramírez. Conocido como el "Poeta del hogar". Diputado. Miembro de la Academia Mexicana de la Lengua. Colaboró en el Siglo Diez y Nueve y en casi todas las revistas de su época.


Notas: Cantos del hogar fue editada por primera vez con el título de Cantos del corazón, por F. Díaz de León, que en el prólogo declara que los poemas fueron tomados del Álbum de la mujer. La segunda edición, ya más completa, fue la de 1889 por Gallegos Hnos. Siendo secretario de la legación en Madrid publicó la Lira mexicana, dando a conocer a los poetas mexicanos.


José Luis Martínez
1993 / 18 sep 2017 10:45

A cien años de Juan de Dios Peza

El 29 de junio de 1952 se cumplieron cien años del nacimiento de uno de los poetas mexicanos del siglo XIX de más extensa fama popular: Juan de Dios Peza. Su centenario llega escalonado con otros dos recién cumplidos de contemporáneos suyos: el de Justo Sierra, en 1948, y el de Manuel Acuña, en 1949, que merecieron sonadas recordaciones, incluso la publicación, en ambos casos, de sus Obras Completas —aunque las del maestro Sierra colmaran catorce gruesos volúmenes y las de Acuña cupieran en uno. Al autor de Los cantos del hogar se le han deparado homenajes más modestos, acaso concordes con su índole y los merecimientos que hoy le reconocemos. Pero ello es, de todas maneras, una buena oportunidad para intentar, más que un artículo informativo o laudatorio, un balance de lo que Juan de Dios Peza es para nosotros, a cien años de distancia.

Vivió Peza de 1852 a 1910, y la plenitud de su carrera literaria coincidió con la época del magisterio intelectual de Ignacio M. Altamirano, que puede situarse de 1868 a 1885, aproximadamente. Su generación es por ello la de los discípulos del Maestro Altamirano: Justo Sierra, Santiago Sierra, Manuel Acuña, Agustín F. Cuenca, Rafael de Zayas Enríquez, todos nacidos al mediar el siglo. Las primeras apariciones literarias de esta generación tuvieron lugar en las Veladas Literarias, de 1868, y luego en la memorable revista El Renacimiento, de 1869. Y aunque en todos ellos es perceptible la huella del magisterio de Altamirano, sus propios caminos pronto habrían de separarse y sus voces a adquirir un tono personal.

Juan de Dios Peza preferiría, a las rebeldías desmelenadas de Acuña o a las múltiples empresas civilizadoras de Sierra, el tono íntimo del sentimentalismo romántico. Algún antecedente tenía en José Rosas Moreno. Pero la dulce y sencilla melancolía del autor de Ramo de violetas, pronto habría de disolverse en puerilidad. Es sabido que Peza, a causa de un drama familiar, pasó de una fugaz y juvenil poesía cívica y erótica a la hogareña y simple, resignada y bondadosa que le ha ganado una extensa fama popular entre aquellos para quienes la poesía se mide por su capacidad para conmovernos por la vía del sentimiento, es decir por los melodramas. Y es sabido también que, ya desde 1888, aquel prestigio de la poesía de Peza quedó abandonado al más sentimental pueblo, pues en aquel año "Brummel", Manuel Puga y Acal, entonces terror de la crítica, proscribió para siempre las patéticas historias en verso de don Juan de Dios. El juicio de Puga y Acal se ha mantenido, mientras no se pruebe lo contrario, cuando menos para la porción más notoria de los cinco tomos de las Poesías completas (París, 1891-1898) de Peza. Es justo añadir, sin embargo, que entre estos centenares de poesías pueden salvarse, por su vigor narrativo, algunos de los poemas legendarios y tradicionales, como "El indio triste", que revelan una profunda comprensión de la sensibilidad indígena y que hacen de Peza uno de los poetas representativos del tono menor, crepuscular, de nuestra poesía.

Pero si hoy tenemos poca simpatía por la obra lírica de Peza, e incluso por sus dramas, comedias, zarzuelas, diálogos y monólogos —de temas sentimentales, costumbristas e históricos y no vueltos a representar desde principios de este siglo—, creo que algunos de sus escritos en prosa pueden conquistar nuestro aprecio y otros nuestra atención.

Siguiendo la provechosa costumbre, que estableció Altamirano, de revisar periódicamente la situación de las letras del país, Juan de Dios Peza escribió en el primero de los Anuarios Mexicanos que editó Filomeno Mata, en 1878, un panorama intitulado Poetas y escritores mexicanos muy semejante, en algunos aspectos, a El arte literario en México de Olavarría y Ferrari. Como éste, el panorama de Peza no quiso ser un tratado sistemático y crítico sobre un período de la literatura, sino más bien el testimonio que relata un escritor de cuanto pudo observar en las sociedades literarias, en las redacciones de los periódicos y revistas, en los teatros y en la frecuentación cotidiana de los hombres de letras. Después de algunas reflexiones preliminares sobre los recursos con los cuales va a emprender su trabajo y sobre el impulso nacionalista que va madurando en la literatura mexicana, escribe Peza ocho estudios de regular extensión sobre escritores de renombre y 188 apuntes breves sobre escritores de diversa condición y fama. Ni el alfabeto ni las categorías ni los géneros que cultivan los autores ordenan estos últimos apuntes que parecen haber sido escritos conforme iba recordando su autor los personajes a que se refieren. En algunas ocasiones escribe sucintas biografías y exámenes más o menos detenidos de las obras; pero, otras veces, despacha con una sola línea a algún escritor, no por ello oscuro o menospreciado. Al final de su repertorio, reúne Peza a los escritores poblanos —sin que nos explique el motivo de su preferencia—, a los de origen extranjero que escriben en México y a las poetisas. Y no obstante todos estos caprichos, el historiador nunca podrá considerar inútil este panorama. Tiene el mérito de ofrecernos una especie de corte muy conveniente para conocer la situación de la literatura mexicana hacia 1877. La nómina de escritores, a pesar de su desorden, es casi completa y lo que se dice de cada uno de ellos da una idea bastante clara del papel que representaban por entonces. Algunas biografías, como la dedicada a Altamirano, consignan datos originales —que han sido aprovechados por biógrafos posteriores— y multitud de noticias de toda especie, como las muy abundantes que se refieren a sociedades literarias. Por ello, siempre será provechosa la lectura de estas páginas de Juan de Dios Peza.

Además de otro panorama de esta misma índole, publicado en 1883 en la Nueva Revista de Buenos Aires y que no he logrado aún conocer,[1] Peza recogió en un volumen intitulado De la gaveta íntima. Memorias, reliquias y retratos, publicado por primera vez en 1900, una serie de artículos, escritos en diferentes épocas, indispensables para la comprensión de algunas personalidades y acontecimientos literarios. Destácanse, entre ellos, los que cuentan episodios y anécdotas de la vida de Manuel Acuña, gran amigo de Peza, y los dedicados a Olavarría y Ferrari, Esteva, Altamirano, Sosa y otros escritores. La estimación que hoy se le niega a Peza como poeta puede ganarla, en cambio, por su agradable prosa, que revive el tono y el sabor de una época pasada y que no carece de perspicacia crítica, como podrá reconocerlo quien lea, por ejemplo, sus juicios sobre la pintura de José María Velasco, que anticipan las ideas expuestas en los más recientes estudios sobre el pintor del Valle de México.


1.- Logré al fin obtener copia de este largo estudio. Se intitula "La vida intelectual mexicana: poetas y escritores modernos de México. Revista crítica bibliográfica del estado intelectual de la República Mexicana" (1883) y lo daré a conocer cuando encuentre un medio adecuado, 1984.


Seudónimos:

  • Aguacola



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