Revista Moderna. Literaria y artística [en 1898], Revista Moderna. Arte y ciencia [de 1899 a 1903]

mostrarIntroducción

Fundada por Bernardo Couto Castillo (1880-1901) y Jesús E. Valenzuela (1856-1911), la Revista Moderna apareció quincenal y luego mensualmente entre 1898 y 1903 en la Ciudad de México, aunque tuvo distribución en diversos estados de la República y, esporádicamente, en el extranjero. Sus contenidos, aunque en su mayoría literarios, también aceptaban los artículos de divulgación científica, las notas de actualidad y, sobre todo, la participación de artistas plásticos —el principal ilustrador fue Julio Ruelas—. Incluían también traducciones de escritores extranjeros (franceses, japoneses e ingleses mayoritariamente) y obras de autores hispanoamericanos como Leopoldo Lugones, Rubén Darío, José Santos Chocano o José Asunción Silva. Entre las plumas nacionales que publicaron en ella destacan las de José Juan Tablada, Amado Nervo, Bernardo Couto Castillo, Balbino Dávalos, Salvador Díaz Mirón y Rubén M. Campos.

La Revista se convertiría en el principal órgano de divulgación del modernismo hispanoamericano, siendo a su vez una de las primeras publicaciones mexicanas que tuvieron impacto internacional. Se le considera la sucesora de la Revista Azul (1894-1896), de Manuel Gutiérrez Nájera y Carlos Díaz Dufóo y de la Revista América (1894), de Rubén Darío y Jaimes Freyre.

En su primer año se publicó quincenalmente y llevó el subtítulo de Literaria y Artística; posteriormente, de 1899 a 1903 pasaría a ser la Revista Moderna. Arte y Ciencia con una periodicidad mensual durante el año II (1899) y volviendo a publicarse cada quince días a partir de 1900 y hasta septiembre de 1903, cuando termina su primera época y se convierte en la Revista Moderna de México que dejará de publicarse en 1911.

 

 

mostrarLa era de una revista

Según recuerda Rubén M. Campos en sus memorias, la vida literaria de México para finales del XIX era un calvario en el que los escritores no veían recompensado su esfuerzo, y donde los más jóvenes se conformaban con que sus obras aparecieran al lado de firmas consagradas sin recibir compensación económica alguna. No obstante, con el gobierno de Porfirio Díaz —y pasando por el cuatrienio de Manuel González— nuestro país comenzó a desarrollar un proyecto modernizador de modelo liberal, tanto en lo político como en lo económico, que tendría amplias consecuencias en la cultura y especialmente en el ámbito de lo literario.

De las labores más importantes en este ámbito destaca la de Justo Sierra Méndez (1848-1912), quien como Subsecretario de Justicia e Instrucción Pública, y luego desempeñándose en el cargo de Ministro de Instrucción Pública y Bellas Artes, promovió el intercambio cultural con Europa, especialmente Francia; asimismo la Escuela Nacional Preparatoria, fundada en 1867 por Gabino Barreda (1818-1881), siguió siendo la palestra del positivismo en la educación mexicana. Es así que en los últimos años del siglo apareció en la República una serie de revistas literarias que consolidaron, al brindar los espacios de divulgación y soportes necesarios, la revolución modernista.

Para Belem Clark y Fernando Curiel fueron cinco los órganos que trazaron la historia del modernismo en México: Revista Azul (1894-1896), Revista Moderna (1898-1903), Revista Moderna de México (1903-1911), Savia Moderna (1906) y la segunda Revista Azul (1907). De éstas, la Revista Moderna y después la Revista Moderna de México, fueron las de mayor envergadura editorial y, por lo tanto, las que dieron una difusión más amplia al modernismo hispanoamericano, particularmente al de América Latina.

Siguiendo la visión de Iván Schulman y de otros estudiosos, el inicio del modernismo en México puede remitirse a Manuel Gutiérrez Nájera y particularmente a la publicación de “El arte y el materialismo” en 1876, lo que, para Clark, “fractura la tradición de la escuela nacionalista de Ignacio Manuel Altamirano” proclamando la libertad del arte y su aspiración a la belleza. Para los modernistas, esto, en primer término, supuso atentar contra la hegemonía literaria de los modelos castizos defendidos por José Primitivo Rivera, José López Portillo y Rojas o Victoriano Salado Álvarez, entre otros; y en segundo, implicó una serie de estrategias anticanónicas con las que intentaron abrirse paso en el horizonte de la literatura de fin de siglo. Por último, es importante señalar que en enero de 1893 se entabló una polémica en torno a los nuevos procedimientos literarios de los modernistas que terminó con el anuncio de José Juan Tablada de la aparición “en breves días” de la Revista Moderna. Hay que aclarar que durante este tiempo los términos modernismo y decadentismo se confundieron y usaron indistintamente para denominar a aquella avanzada de escritores.

El quince de ese mes en el periódico El País, donde era jefe de redacción Tablada, apareció un carta titulada “Decadentismo. Cuestión literaria [a los señores Balbino Dávalos, Jesús Urueta, José Peón del Valle, Alberto Leduc y Francisco M. de Olaguíbel]” en la que éste, ofendido por la censura que había recibido un poema suyo por parte del mismo periódico, presentaba su renuncia y prometía la creación de la Revista Moderna. El poema era “Misa negra”:


¡Noche de sábado! En tu alcoba

flota un perfume de incensario,

el oro brilla y la caoba

tiene penumbras de santuario.

(...)

Toma el aspecto triste y frío

de la enlutada religiosa

y con el traje más sombrío

viste tu carne voluptuosa.

(...)

Quiero en las gradas de tu lecho

doblar temblando la rodilla...


Y hacer el ara de tu pecho

y de tu alcoba la capilla.

Y celebrar ferviente y mudo,

sobre tu cuerpo seductor

¡lleno de esencias y desnudo,

la Misa Negra de mi amor!


(vv. 13-16, 21-24, 34-40)


El texto había originado la indignación de buena parte de los lectores del diario y de la misma Carmen Romero Rubio, esposa del general Díaz. Sin embargo, como “misa” —confiesa el propio Tablada— produjo “la comunión de fervientes espíritus” en lo que se llamó Revista Moderna —y con ello la nueva etapa del modernismo en México—, y como “negra”, acarreó una “sombra adversa” en su vida. A continuación, parte del alegato desarrollado por Tablada:


Muy queridos amigos y compañeros: La última vez que estuvimos reunidos en la capilla de nuestras confidencias artísticas, enlazados fraternalmente por una perfecta comunión de ideas, identificadas en absoluto por la afinidad de nuestros temperamentos, resolvimos unir nuestras fuerzas para luchar e impulsar lo más alto que nos fuera dado un principio artístico, un dogma estético que, por lo mucho que sentimos, es el más propio para reunir en una sola idea nuestros cerebros y en un solo latido nuestros corazones. (...) Y hoy que se fundan clubes para andar en bicicleta y para jugar football, ¿qué tiene de reprochable que nosotros, en vez de desarrollarnos las pantorrillas y adiestrarnos los pies, fundemos un cenáculo para procurar el adelanto del arte y nuestra propia cultura intelectual? (...) Y a todos ustedes aseguro, que si la Revista Moderna fue antes un proyecto, es hoy un hecho, y que su publicación se verá realizada en breves días.


Sin embargo, su aparición se dilataría casi cinco años más. Los factores que propiciaron el que se publicara hasta después fueron múltiples, entre ellos el económico. Lo que sí ocurrió fue que el 6 de mayo de 1894, Gutiérrez Nájera y Carlos Díaz Dufóo sacaron al público la Revista Azul que era “subtancialmente moderna” pues “buscaba las expresiones de la vida moderna donde más acentuadas y coloridas aparecen”. Esta publicación, que estuvo vigente hasta 1896, un año después de la muerte del Duque Job, es el antecedente directo de la Revista Moderna. En parte porque sus aspiraciones estéticas eran similares, incluyendo la idea de cruzamiento literario proclamada por Gutiérrez Nájera, y porque, además, la mayoría de la nómina que publicaba allí continuó colaborando con su sucesora, aunque destacan por su exclusión escritores tan importantes como Ángel de Campo y Luis G. Urbina.

Otro antecedente importante para completar el panorama, en tanto grupo, es el hecho de que en 1897, El Nacional comenzó la publicación de un cuento diario en la primera sección de su periódico, donde aparecieron títulos de Amado Nervo, Rafael Delgado, José Ferrel, Ciro B. Ceballos, Alberto Leduc, Couto Castillo, entre otros. Para Rubén M. Campos, esta primicia se adelantaría al florecimiento de la Revista Moderna. Por su parte, Ana Laura Zavala considera que la aparición de estos textos —que después conformarían la antología Cuentos mexicanos, actualmente no recuperada—, aunados a la publicación Oro y negro de Francisco M. de Olaguíbel o Asfódelos de Couto Castillo, pondría en marcha un proceso de expansión que se coronaría con “la concreción de uno de los mayores proyectos editoriales mexicanos decimonónicos, la fundación de la Revista Moderna”.

 

mostrarEl arranque del proyecto

El primer día de julio de 1898 salió el número uno de la Revista Moderna bajo la dirección de Valenzuela. La nómina quedó fijada del siguiente modo: Jesús Valenzuela como director y Guillermo de la Peña como administrador; para 1900 Jesús Urueta será jefe de redacción. Rubén M. Campos, Balbino Dávalos, Rafael Delgado, Alberto Leduc, José I. Novelo, Francisco M. de Olaguíbel, Manuel José Othón y José Juan Tablada aparecen en créditos como los redactores. Posteriormente Jesús Luján, empresario chihuahuense, se convertiría en patrocinador del proyecto, al grado de sufragar los gastos para que Tablada se fuera como corresponsal de la revista a Japón, así como permitir que se imprimiera en papel cuché.

Sobre el inicio del proyecto, recuerda Rubén M. Campos que Bernardo Couto Castillo —entonces de 17 años— llegó corriendo a ver a Jesús Valenzuela con un primer número que, sin embargo, no trascendería; no sabía qué hacer con ella, le pidió al norteño que aceptara ser el director y éste inmediatamente se convirtió en mecenas de la publicación; se pusieron entonces en marcha las máquinas y sacó el resto del tiraje de los rodillos; también se decidió que cada número viniera ilustrado por un dibujo de Julio Ruelas y se alquiló un entresuelo en la esquina de las calles Plateros y Bolívar en el centro de la ciudad que Jesús Valenzuela comenzó a decorar con muebles, tapices, mármoles y bronces. Así, continúa Campos, en cosa de días apareció instalada la revista en una “espléndida casa señorial”.

Otra versión, ciertamente distinta, es la que cuenta el propio Jesús en sus memorias: fue un amigo suyo a verle y decirle que Couto quería hacer un periódico, a lo que contestó que si Couto quería, él lo ayudaría. Bernardo aseguraba tener el suficiente dinero en el banco para hacerlo, sin embargo, una vez que publicó el primer número ya no se le encontró: “nos echamos mi amigo y yo a buscar a Couto en todas las cantinas”; cuando lo encontraron, Valenzuela le preguntó: “¿Qué sucede con el periódico? Nada. ¿Y qué piensa usted? Nada. ¿Estoy autorizado para hacer lo que me parezca? Sí, me contestó.” Fue entonces cuando Valenzuela se dirigió con el impresor y pagó la deuda que se tenía para poder sacar la revista de las máquinas. Desde ese momento se hizo cargo de la publicación.

 

mostrarEl primer número

En la portada del primer número aparece un grabado de Julio Ruelas, “Centauro en agonía”, que anuncia de una manera u otra la temática de la revista. La imagen, que por su semblante juvenil bien se puede asimilar con el mismo Ruelas —o cualquier otro de los muchachos de la redacción—, presenta a un centauro que yace moribundo sobre sus extremidades y con una herida abierta en el pecho. Este símbolo será una constante en el trabajo del ilustrador, en el que la dualidad hombre-bestia representará el ánimo espiritual del modernismo.

En la página uno aparecieron a manera de credo, dos poemas: “Hostias negras. VI”, de José Juan Tablada y “El Arte”, traducción de Téophile Gautier por Balbino Dávalos. El del francés encierra, en gran medida, parte de la verdad formal de estos poetas: el parnasianismo, estética desarrollada en el país galo durante la segunda mitad del siglo antepasado que suponía la preeminencia de la forma y donde se concebía al poeta como un artífice, un artesano de la palabra:


Sí; la obra es más radiante

si el pulimento es terso:

diamante,

mármol, esmalte, verso.


(...) Cincela, esculpe lima;

que tu flotante ensueño

imprima

su poderoso empeño. (vv. 1-4, 53-56)


Mientras que el poema de Tablada traza en líneas generales el tono y ánimo de su poesía:


Murió bajo el negro pavor de las frondas

la luz argentada de los plenilunios...

y por la obsidiana de las yertas ondas

van —cisnes fantasmas— nuestros infortunios... (vv. 1-4)


A esta declaración de principios se suma el texto “Exempli gratia. O fábula de los siete trovadores y de la Revista Moderna”, también de Tablada, que remata así: “¡Oh, público de la Revista Moderna obra a tu guisa, y si sólo tu indiferencia hemos de merecer, seguiremos con gusto la suerte de aquellos nuestros precursores, los siete trovadores medioevales”: ser convertidos en “adamantinas estatuas de nieve” ante la obstinación de un público incapaz de apreciar su arte.

También colaboraron en aquel primer número Jesús Urueta, quien publica “Armonías trágicas”, Jesús E. Valenzuela, con “Ave Imperatrix”; José Ferrel y “La consulta de Pedro”; Rubén M. Campos con su cuento “Karakowiak”; Antenor Lescano y el poema “Oración”; Ciro B. Ceballos, quien lanza sus defensas literarias con “Seis apologías. Balbino Dávalos”; Alberto Leduc y el cuento “Verdades eternas” y René Maizeroy con sus “Flores de tilo”. Además, aparecen un artículo sin firma titulado “Notas y ecos de arte”, en el que se afirma que “El poeta es el artista soberano”, y una sección de “Notas de Actualidad”, que diserta sobre la guerra hispano-estadounidense.

 

mostrarLas veladas y las artes

Una vez instalada la Revista Moderna, un rasgo distintivo de su ánimo fue la interacción con la vida cultural. Es decir que como órgano del modernismo no fue sólo una empresa editorial, sino que se convirtió en el centro de la vida artística finisecular del país. Las artes plásticas, la música, el teatro y la ópera eran consideradas como expresiones que debían de ser integradas a la poesía o la escritura, y de las que en muchos casos se hacía crítica. José Juan Tablada puede verse como un caso paradigmático, pues fue uno de los críticos de arte mexicano más importantes de su época, además de un gran impulsor y difusor de la cultura.

Consecuentemente, las oficinas de la Revista siempre estaban regaladas con la presencia de artistas de todas las disciplinas: escultores, cantantes, músicos, pintores, etc. Según Rubén M. Campos, la personalidad más distinguida fue el compositor Ernesto Elorduy, recién llegado de Europa donde había tomado clases con Georges Mathías, alumno de Chopin. Recuerda también a la cantante Ángela Peralta que había tenido el privilegio de ser llamada el “Ruiseñor Mexicano” o Fanny Anitúa que hasta ese momento había sido la “única mexicana que ha cantado en los teatros europeos o sudamericanos”. Felipe Villanueva, Alberto Villaseñor, Julio Ituarte, Tomás León, entre otros, eran algunos de los cantantes que acudían a las veladas literarias de la redacción. “El propósito de la Revista Moderna —continúa Campos—, sin embargo, no era más que el de reunir a los amantes de las letras y de las bellas artes en una reunión en la que hubiera intimidad y cordialidad”. En estas reuniones era común que hubiera ejecuciones de piano, se dictaran conferencias o recitaran poemas.

 

mostrarUna revista ilustrada: Julio Ruelas y sus grabados

El diseño y perfil editorial de la revista estuvo inspirado en publicaciones francesas de la época como El Mercurio de Francia o El Fígaro. Héctor Valdés, pionero en el estudio de la revista, señala en su fundamental trabajo Índice de la Revista Moderna, que los primeros números no alcanzaban todavía la calidad artística que conseguirían después. Durante el primer año de vida, fue impresa a dos columnas y, salvo el dibujo de Ruelas en hoja brillante que incluía, el resto de la publicación estaba hecha en papel mate. Sus medidas estándar eran de 30 cm. de alto por 21 cm. de ancho. Para 1903 —registra el consabido autor— el costo de suscripción por semestre adelantado era de $3.00 en la Ciudad de México y de $4.00 para el resto de la república y el extranjero, los números sueltos tenían un valor $0.40 pesos. Su fabricación dependía de la imprenta de Carranza, “Tip. Callejón del 57, número 7”.

Ya en 1899, en su segundo año, colaboran en la ilustración de la revista los pintores Leandro Izaguirre y Germán Gedovius, lo que le da una apariencia más llamativa; deja de publicarse de manera quincenal y se imprime una vez al mes, aumentando asimismo al doble el número de páginas (de dieciséis a treinta y dos). También se comienzan a publicar fotografías, principalmente de personajes de la vida pública de México, y reproducciones de obras del arte mundial. Indiscutiblemente el ilustrador oficial fue Ruelas, de quien, según constata Héctor Valdés, se imprimieron doscientos veintidós grabados. Además de los susodichos Izaguirre y Gedovius —que aportaron veintiocho y diez ilustraciones respectivamente—, José Juan Tablada dio muestra de sus facultades como grabador con la aparición de ocho dibujos. Ángel Zárraga, Ramos Martínez, Murillo o Martín Chávez también colaboraron ocasionalmente. Asimismo, fotografías o retratos de obras de Miguel Ángel, Rafael o Leonardo da Vinci eran publicadas en una sola página para el gusto de los lectores.

Las estancias de Julio Ruelas en Alemania y en París —la primera de 1892 a 1895 y la segunda de 1904 a 1907, cuando muere— pusieron al pintor en contacto, por un lado con la obra de Arnold Böecklin (1827-1901), de tendencia simbolista, y por otro con el art nouveau, estilo que hace uso de motivos naturales, exóticos, mitológicos, la línea curva y la asimetría, así como de la estilización de las figuras, principalmente la femenina. Se puede decir, quizá sin exagerar, que la apariencia artística de la Revista Moderna fue, en todo sentido, la que Ruelas quiso darle; sus dibujos, retratos y viñetas llenan las páginas de sátiros o centauros, cuervos y buitres, alimañas y perros, de mujeres dolientes o demoníacas. Para Valdés, la viñeta que aparece en el primer número del año VI de la publicación condensa la visión decadentista de Ruelas. Se trata de una mujer desnuda y aprisionada por una suerte de alimaña que exhibe mórbidamente las redondeces de sus senos, muslos y caderas.

 

mostrarLos siete trovadores y las “Máscaras” de la Revista Moderna

Aunque no hay nada que lo indique, Héctor Valdés ha conjeturado que los siete trovadores a los que alude Tablada en su “Exempli gratia” son el mismo Tablada, Ceballos, Dávalos, Couto Castillo, Olaguíbel, Valenzuela y Urueta. No obstante, desde los primeros números colaboran Alberto Leduc, Antenor Lescano o Rubén M. Campos. En su nómina la Revista Moderna dio cabida lo mismo a escritores consagrados como Justo Sierra, Manuel José Othón, Salvador Díaz Mirón, Federico Gamboa o Carlos Díaz Dufóo, que a los más jóvenes: Efrén Rebolledo, Rafael López, Roberto Argüelles Bringas, Manuel de la Parra, entre otros. Esta apertura generacional consiguió que la revista se volviera un referente muy completo de la literatura mexicana de fin de siglo.

Pero fue precisamente la generación nacida entre 1866 y 1874 —notables excepciones son las de sus iniciadores, Bernardo Couto, que tenía dieciocho años al momento de fundar la revista y Valenzuela que cumpliría cuarenta y cuatro años— la que se puede vincular directamente con el alma de la Revista Moderna, que, como se ha dicho, siempre aceptó a los maestros y los aprendices. Bajo este tenor, el testimonio más importante para entender la personalidad de los colaboradores es el de las “Máscaras” que se publicaron a partir de 1901 y hasta 1905. Es importante recordar que a partir de 1903 la revista cambia de nombre a Revista Moderna de México.

Se trata de semblanzas bio-bibliográficas críticas, trazadas en lenguaje lírico, que están dedicadas a cada uno de los autores del modernismo y que, precisamente, eran preparadas por cada uno de ellos. A decir de Porfirio Martínez Peñaloza, estas semblanzas encuentran su inspiración en Liver des masque de Remy de Gourmont, que eran, según las define el mismo Gourmont, “Retratos simbolistas. Glosas y documentos de ayer y hoy”, que venían acompañadas de retratos de la autoría de Félix Valloton.

A semejanza de las de Gourmont, las máscaras de la Revista Moderna estaban siempre acompañadas de un retrato del autor en cuestión. Aunque el ilustrador más recurrente fue Julio Ruelas, otros artistas como Alberto Fuster, Germán Gedovius y el mismo Tablada aportaron también uno o dos retratos. En total aparecieron veintiocho máscaras; quince hasta la segunda quincena de agosto de 1903, cuando se convierte en Revista Moderna de México y da un giro al formato del magazine estadounidense donde se incluían, entre otras secciones de interés general, una de moda. Hasta esta fecha de agosto, se publicaron individualmente en la primera página de cada número, salvo en el folio correspondiente al quince de febrero cuando se incluyeron dos.

La primera en aparecer fue la de Justo Sierra —con ilustración de Ruelas y a cargo de Luis G. Urbina—, que es también la más extensa: ocupa seis cuartillas cuando normalmente su tamaño era de una a dos. Luego, en un mismo número, siguen la de Luis Urbina escrita por Victoriano Salado Álvarez y la de José Juan Tablada realizada por Urbina. Posteriormente, Amado Nervo publica la de Joaquín D. Casasús y la de Julio Ruelas; Rubén M. Campos aporta la de Manuel José Othón y Tablada la del pintor Germán Gedovius; de la pluma de Juan Sánchez Azcona nace la de Jesús Valenzuela y el argentino Leopoldo Lugones regala la de Francisco M. de Olaguíbel. La máscara de Amado Nervo es tomada de un texto anónimo aparecido en El Cojo Ilustrado, publicación de Caracas, mientras que la de Carlos Díaz Dufóo es escrita por Salado Álvarez; la de Gaspar Núñez de Arce se toma también de un texto anónimo, la semblanza de Ruben M. Campos queda a cargo de Tablada y la de Rafael Delgado la firma el jalisciense Victoriano Salado Álvarez. El testimonio y la riqueza biográfica y literaria que dejan estas máscaras confirman que la personalidad de los autores moldeó sustancialmente el perfil del modernismo.

Las primicias literarias de buena parte de los colaboradores se dan en la Revista. Efrén Rebolledo, por ejemplo, publica entre 1901 y 1902 muchos de los poemas que luego compondrán su primer libro, Cuarzos (1902); El florilegio (1899) de José Juan Tablada también cuenta con poemas que aparecieron como exclusiva en las páginas de la Moderna. Lo mismo ocurre con textos que figuran en Fresca. Ensayos de arte (1903) de Jesús Urueta o poemas de Místicas y Perlas negras, de Amado Nervo, así como con El donador de almas (1899), novela publicada íntegramente entre marzo y abril de 1899 en la revista. El género más socorrido fue, sin lugar a dudas, la poesía; ensayos, crónicas, cuentos y novelas cortas se disputan del segundo al quinto lugar, mientras que textos dramáticos y discursos quedan relegados a las últimas posiciones.

 

mostrar La Revista Moderna, órgano del modernismo hispanoamericano

Si la Revista Moderna logró ser considerada el órgano más importante del modernismo en México y de Hispanoamérica, fue porque en ella hubo el interés de entablar diálogos con escritores de latitudes diversas, acierto que permitió colocarla en el ámbito transnacional. Aparecieron colaboraciones de hispanoamericanos como Santos Chocano, Rubén Darío, Leopoldo Lugones, Ricardo Jaimes Freyre y José Asunción Silva, entre otros, y de españoles de la talla de Manuel Machado, Eduardo Marquina, Salvador Rueda, Benito Pérez Galdós y Ramón María del Valle-Inclán.

La traducción también fue un mecanismo frecuente para vincularse con otras literaturas. Balbino DávalosBernardo Couto, junto a José Juan Tablada, son quizá los traductores más importantes de la revista. Tan sólo de Francia se vertió al español, de entre los escritores del momento, a Charles Baudelaire, Victor Hugo, Stéphane Mallarmé, Paul Bourget, Anatole France, André Gide, Edmond y Jules Goncourt, Adam Villers de L´Isle, Jean Richepin, Marcel Schwob, Téophile Gautier, Téodore de Banville, Alphonse de Lamartine, Paul Verlaine, Maurice Rollinat, Sully Prudhomme y un largo etcétera. De angloparlantes se hicieron traducciones de Oscar Wilde, Walt Whitman, Edgar Allan Poe, Mark Twain o Rudyard Kipling; italianos como Gabriel D´Annunzio, Giosuè Carducci y Ugo Foscolo, así como León Tolstoi, Aleksander Puschkin de Rusia y la poetisa Komachi, Yoshiki y Tomon-Kodi de Japón, también aparecieron en lengua española. Es esta charla extendida a tan distintas culturas la que le permitió a la revista convertirse en un puente entre las nuevas propuestas mundiales y las autóctonas, abrir los caminos para nutrir y renovar las artes nacionales.

 

mostrarPáginas trascendentes

La importancia y las aportaciones de la Revista Moderna a la literatura de México son indiscutibles, pues, a decir de Vicente Quirarte, llegó al horizonte finisecular mexicano no sólo para modificar la concepción de literatura, sino la relación misma del lector con ella. Su aparición, en palabras de José Luis Martínez, dio cohesión a los escritores, pintores y artistas que compartían las ideas estéticas del modernismo y al mismo tiempo se convirtió, gracias a su apertura, en “un repertorio antológico no sólo del modernismo hispanoamericano sino de las corrientes artísticas universales de la época”.

En este sentido, Ciro B. Ceballos recalcó que la publicación representó una “tribuna para la difusión de nuestros pensamientos, para la producción de nuestra palabra”, y fue la trinchera para el debate ideológico que se desarrolló en torno a los modernistas. Con razón José Juan Tablada aseguró que aquella revista renovó los ideales estéticos de una época, y que “como armonioso esfuerzo colectivo, ni tuvo precedente, ni ha tenido continuación en nuestros anales literarios”.

En cuanto a su importancia en Latinoamérica, Pilar Mandujano, en su artículo “Revista Moderna: consolidación del proyecto del modernismo hispanoamericano”, reúne una serie de juicios que la confirman. Julio Torri en el discurso de ingreso a la Academia Mexicana de la Lengua asegura que desde un inicio la Revista Moderna se convirtió en la “portavoz del modernismo” y Max Henríquez Ureña, en su Breve historia del modernismo, que ésta fue la vocera en todo el continente del modernismo. Por su parte, Héctor Valdés considera que con dicho órgano se continuó la tarea que Rubén Darío y Jaimes Freyre habían iniciado en 1894 con la fundación de la Revista América. Finalmente, un comentario que anota Mandujano, es el de Carlos Alberto Loprete, quien al estudiar el modernismo en Argentina, reconoce que el principal impulso de dicho movimiento estuvo en las revistas mexicanas, Revista Azul y Revista Moderna.

Como juicio sumario, se puede decir que la aparición de la Revista Moderna en el horizonte cultural mexicano posibilitó que nuestras letras emprendieran su camino hacia la universalidad. Todo ello en el marco del proceso de modernización que atravesaba nuestro país con el Porfiriato y debido a la visión editorial que tuvo la revista, el diálogo que entabló con otras literaturas, su cosmopolitismo, la inclusión de otras artes, y el talento indiscutible de sus redactores.


David Alejandro Martínez Rodríguez

Fundación para las Letras Mexicanas

 

mostrarBibliografía

1. Campos, Rubén M. El bar, la vida literaria en México en 1900. Prólogo Serge I. Zaïtzeff. Ida y regreso al siglo XIX. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1996. 35-36, 161, 39, 113-115.

2. Ceballos, Ciro B. Panorama mexicano 1890-1910 (memorias). Edición crítica Luz América Viveros Anaya. Ida y regreso al siglo XIX. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2006. 371.

3. Clark de Lara, Belem y Ana Laura Zavala Díaz. La construcción del modernismo. Biblioteca del Estudiante Universitario. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2002. 107-110.

4. _______________ y Elisa Speckman Guerra. Edición. La República de las Letras. Asomos a la cultura escrita del México decimonónico. Volumen II, publicaciones periódicas y otros impresos. Ida y regreso al siglo XIX. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2005.

5. _______________ y Fernando Curiel Defossé. El modernismo en México a través de cinco revistas. Colección de bolsillo, 16. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2000. 11, 20.

6. Mandujano Jacobo, Pilar. “La Revista Moderna: consolidación del proyecto estético del modernismo hispanoamericano”. Literatura mexicana del otro fin de siglo. Editor Rafael Olea Franco. Serie Literatura Mexicana, VI. México: El Colegio de México, 2001. 595-602.

7. Martínez Peñaloza, Porfirio. Las máscaras de la Revista Moderna 1901-1910. Tezontle. México: Fondo de Cultura Económica, 1968. 9.

8. Martínez, José Luis. “En busca de una expresión nacional”. Historia general de México. Versión 2000. México: El Colegio de México, 2000. 750-51.

9. Olea Franco, Rafael. Editor. Literatura mexicana del otro fin de siglo. Serie Literatura Mexicana, VI. México: El Colegio de México, 2001.

10. Ortiz Gaitán, Julieta. Imágenes del deseo. Arte y publicidad en la prensa ilustrada mexicana (1894-1939). Colección posgrado. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2003. 121-137.

11. Revista Moderna. Literaria y Artística. Año 1, número 1. 1 de julio 1898. Hemeroteca Nacional Digital de México. (Revisado el 30 de enero de 2012).

12. Tablada, José Juan. La feria de la vida. Lecturas Mexicanas Tercera Serie, 22. México: Consejo Nacional Para la Cultura y las Artes, 1991.163, 303.

13. Valdés, Héctor. Índice de la Revista Moderna. Arte y Ciencia (1898-1903). México: Universidad Nacional Autónoma de México, 1967. 19, 27.

14. Valenzuela, Jesús E. Mis recuerdos. Manojo de rimas. Prólogo, edición y notas Vicente Quirarte. Memorias Mexicanas. México: Consejo Nacional para la Cultura y las Artes, 2001. 122-124, 13.

15. Zavala Díaz, Ana Laura. De asfódelos y otras flores del mal mexicanas. Reflexiones sobre el cuento modernista de tendencia decadente (1893-1903). Resurrectio. México: Universidad Nacional Autónoma de México, 2012.

16. _________“‘La blanca lápida de nuestras creencias’: notas sobre el decadentismo mexicano”. Literatura mexicana del otro fin de siglo. Rafael Olea Franco editor. Serie Literatura Mexicana, VI. México: El Colegio de México, 2001. 47-60; 59.

 

mostrarEnlaces externos

1. Hemeroteca Nacional Digital de México.

2. López Velarde Estrada, Mónica. “Julio Ruelas y su savia simbolista: a 108 años de la Revista Moderna” Museo Soumaya. (Revisado el 17 de marzo de 2014).

3. Pineda Franco, Adela.  “Más allá del interior modernista: el rostro porfiriano de la Revista Moderna (1903-1911)”. Revista Iberoamericana.Vol. LXXII, Núm. 214, Enero-Marzo 2006, 155-169. (Consultado el 17 de marzo de 2014).

 


Autores:
Couto Castillo, J. Bernardo
Valenzuela, Jesús E.

Lugar de edición: México
Editorial:
Año de edición: 1898