Enciclopedia de la Literatura en México

Bernal Díaz del Castillo


Uno de los hombres de Hernán Cortés, combatiente en más de cien batallas, y al fin Regidor en Santiago de Guatemala —donde gozosamente cortará un día los frutos de los siete naranjos cuyas semillas trajo de la Península, así como el anciano Andrés de Vega compartirá con sus camaradas los tres primeros espárragos que se dieron en el llano del Cuzco—, escribirá, en la híspida lengua del campamento y con desenfado de soldadón, aquella Historia verdadera de la conquista de la Nueva España, cuyo solo título es ya la respuesta al desafío de Francisco López de Gómara; obra imponderable en su sinceridad y encanto sin afeites, “alarde de memoria,... largo cuento de un viejo que hilvana sus recuerdos junto al fogón”,J. Jiménez Rueda. y que, a la lectura, suelta el olor amargo y salubre del matojo silvestre. Por supuesto que tampoco deja de sentirse en estas páginas —aunque Bernal Díaz “no es latino ni sabe del arte”— aquella impregnación humanística de la época, que le permite aludir muy a propósito a los hechos y figuras de la antigüedad, como no lo harían hoy los escolares.G. Méndez Plancarte, Los fundadores del humanismo mexicano, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1945, p. 21.

Díaz del Castillo afronta la realidad con buen sentido de Juan Español y popular crudeza, reacia a las milagrerías, las intervenciones del Apóstol Santiago y las exageraciones legendarias que ya comenzaba a adulterar la imagen de los paladines de carne y hueso. Allí el valor no se avergüenza de temblar, como en la realidad acontece. La gloria no está hecha de mármol y oro monumentales, sino de miserias y fatigas; “de polvo y sol”, dijo el romántico. Sin asomo de desacato al jefe, siempre lealmente obedecido, pero irritada contra quienes ignoran la verdadera fraternidad del peligro, en que todo se dan la mano, la voz de la tropa reclama allí su puesto en el triunfo y pide un gajo de la guirnalda que sólo se otorga a los capitanes. Entre los dos adoradores del héroe único, Gómara y Solís, se alza la protesta de Bernal Díaz: “bello ejemplo de indignación militar”, nota con justicia Fitzmaurice-Kelly. El cronista recuerda a todos y a cada uno de sus compañeros de armas, y sería capaz de pintarlos, aunque son como unos quinientos y para todos exige, al menos, un tributo de gratitud.

Si Díaz del Castillo no le va en zaga a Cortés como padre de la historia y relator de los sucesos, acaso se le siente más el corazón. Hay en él gritos patéticos y conciencia de las hazañas, propias o enemigas. Es ridículo que los historiadores de gabinete le anden buscando los relieves de vanidad, por acciones y heroicidades de que todavía se espanta el mundo. Su embeleso ante las sorpresas que en nuestro país lo esperaban suelta la rienda y pierde los estribos. No se cansa de ponderar tanta y tan desusada excelencia. En su hipérbole de ingenio lego, compara a los artífices indios (¡oh Marcos de Aquino, Juan de la Cruz, el Crespillo!) con Miguel Ángel y Berruguete. Todo le parece aquí mejor que en parte alguna. Y nada iguala su éxtasis y arrobo a la vista de la Ilión Azteca: obra de encantamiento —dice— y sueño del Libro de Amadís.



1. J. Jiménez Rueda.

2. G. Méndez Plancarte, Los fundadores del humanismo mexicano, Bogotá, Instituto Caro y Cuervo, 1945, p. 21.